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El aislacionismo fiscal de Estados Unidos

DENVER – La paciencia puede ser una virtud, pero no necesariamente cuando se trata de la política exterior estadounidense.

Consideremos "la larga guerra", un concepto contundente adoptado hace unos años para describir la lucha continua contra el terrorismo, el progreso a regañadientes que se podría alcanzar en términos realistas y la enorme carga financiera que esto impondría en los años venideros. También fue un reconocimiento de realpolitik de los obstáculos que se podían encontrar en el camino (el "arduo camino por delante", según el entonces secretario de Defensa Donald Rumsfeld).

Sobre todo, el término fue un esfuerzo por comunicarles a los norteamericanos, acostumbrados a librar una guerra con rapidez y determinación (e insistentes al respecto desde Vietnam), el sacrificio y compromiso a largo plazo necesarios para ganar una guerra de supervivencia. Sus defensores también entendían que la guerra no estaría limitada a las armas, sino que debería ser un esfuerzo sostenido que involucrara, según sus propias palabras, a "todo el gobierno" y en el que las agencias civiles estuvieran al servicio de objetivos militares -o paramilitares.

Por más desalentador que fuera el esfuerzo, sus partidarios daban por sentado que estaría respaldado por un consenso político sostenible. Después de todo, Estados Unidos había sido atacado.