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No olvidemos los campos de exterminio de Sri Lanka

NUEVA YORK – Una de las peores atrocidades en décadas recientes ha recibido muy poca atención mundial. Recordamos y reconocemos que los casos de Camboya, Rwanda, Bosnia y Darfur fueron vergonzosos. Nos torturamos por el fracaso de no poder frenar las atrocidades que se cometen casi diariamente en Siria. Sin embargo, al menos hasta ahora, el mundo ha puesto muy poca atención a los crímenes de guerra y los crímenes de lesa humanidad que son comparables en términos de brutalidad a cualquiera de los anteriores: los campos de exterminio de Sri Lanka en 2009.

Hace tres años durante el final sangriento de la guerra del gobierno de Sri Lanka contra el movimiento separatista de los Tigres de Liberación del Ealam Tamil (LTTE), aproximadamente alrededor de 300,000 civiles quedaron atrapados entre el avance del ejército y los últimos combatientes del LTTE en lo que se ha llamado “la jaula” –una pequeña franja de tierra, no mucho más grande que el parque central de Nueva York, entre el mar y la laguna al noreste del país.

Debido a la falta de compasión y moderación de las dos partes, al menos 10,000 civiles –tal vez hasta 40,000– murieron en la masacre que tuvo lugar como resultado de bombardeos indiscriminados del ejército, tiroteos de los rebeldes y privación del suministro de alimentos y medicamentos.

La falta de enojo refleja principalmente el éxito del gobierno de Sri Lanka en inculcar en los responsables del diseño de políticas y el público una narrativa alternativa que tuvo una extraordinaria resonancia mundial después de los ataques terroristas de septiembre de 2001. Lo que pasó en “la jaula”, de acuerdo con esta narrativa, fue la derrota tanto tiempo esperada por medios completamente necesarios y justificables, de una insurrección terrorista asesina que había amenazado la existencia misma del país.