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Una transición transatlántica

AUSTIN – Pese a los muchos llamamientos hechos en pro de un “nuevo atlantismo” o de un “nuevo pacto transatlántico”, la relación americano-europea sigue presa de antiguos hábitos. Al fin y al cabo, constituye una realidad ineludible que casi todas las grandes amenazas actuales son exteriores a la tradicional relación de la OTAN y muchas de ellas corresponden a zonas en las que las concepciones americanas y europeas han diferido desde hace mucho.

Una coincidencia de posturas sobre todas las cuestiones mundiales es pedir demasiado a los EE.UU. y a Europa, pero respecto de muchas cuestiones la convergencia estratégica parece posible y necesaria. Entre ellas figuran la gestión del sistema financiero y comercial mundial, las formas de abordar la seguridad energética y el cambio climático y la remodelación de las instituciones internacionales vigentes para afrontar esos problemas.

Tal vez haya sido necesaria la crisis económica mundial para obligar a los americanos y a los europeos a revitalizar su cooperación. Con el Fondo Monetario Internacional al margen al comienzo, los europeos, encabezados por el Primer Ministro británico, Gordon Brown, pidieron una reunión en la cumbre del G-20 para examinar la posibilidad de una nueva estructura financiera internacional, pasando por alto no sólo el Fondo, sino también el G-7.

Esa iniciativa y las tres cumbres del G-20 que han seguido indican un comienzo prometedor. Con la dirección europea y americana, se adoptaron varias medidas para fortalecer la supervisión y la vigilancia financieras mediante el FMI y la Junta de Estabilidad Financiera que ha substituido al antiguo Foro de Estabilidad Financiera. Los dirigentes del G-20 acordaron también recapitalizar el FMI y los bancos de desarrollo regional con un impresionante plan de medidas por valor de 1,1 billones de dólares para ayudar a los países más pobres.