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Una estrategia para la supervivencia saudita

Los bombazos que sacudieron Riad, ¿habrán sacado por fin a la familia real al-Saud de su complacencia? Esta grosera interrupción de la indolencia de sus majestades por parte de sus súbditos generó ira y algo más: miedo. Por supuesto, las alarmas habían sonado con anterioridad en Arabia Saudita, pero la familia reinante se negó a escucharlas. La negación y la represión son las artes políticas en las que sobresalen los al-Saud. Si el régimen quiere diseñar una estrategia para la supervivencia, tiene que reexaminar sus bases.

Hablando de familias reales, los al-Saud son espectacularmente numerosos; son tal vez 22,000. Pero la magnitud de la línea consanguínea no ha evitado el endurecimiento de las arterias. En efecto, los hombres que se esfuerzan en estos momentos por mantener la situación en orden son el inválido rey Fahd (84 años de edad), su medio hermano, el príncipe heredero Abdullah (79 años de edad) y sus hermanos, el ministro de defensa Sultán (78 años de edad) y el ministro del interior Naif (75 años de edad).

No es de sorprender que a los ancianos les resulte difícil adaptarse a la descomposición de los supuestos que han regido sus vidas. Tal vez la ilusión perdida más dolorosa sea el hecho de que los bombazos sucedieron en el corazón de la región de Najdi, de donde provienen los al-Saud, lo que indica que el enemigo interno está más cerca del trono de lo que se creía. Esta admisión es particularmente inquietante porque los al-Saud se han enemistado con todos los grupos menos el suyo. Si ahora hay algunos najdi en los que no se puede confiar, ¿a quién pueden recurrir los al-Saud?

La población de Arabia Saudita se divide en grupos regionales, tribales y sectarios. Al este, en la provincia rica en petróleo, están los chiítas. Envalentonados políticamente desde la caida del régimen de Saddam y el resurgimiento de sus hermanos en Iraq, los chiítas no perdieron tiempo en solicitar al príncipe heredero Abdullah que ponga fin tanto a su exclusión de la política saudita como a la satanización que de ellos hace el régimen religioso wahabita al describirlos como herejes. Su mensaje a los gobernantes es que para la identidad saudita ya no es suficiente ser wahabita najdi.