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Un nuevo modelo para las Naciones Unidas

El que las Naciones Unidas y su Secretario General, Kofi Annan, hayan obtenido el Premio Nóbel de la Paz es motivo de verdadera celebración en todas partes. No obstante, las celebraciones nunca deben convertirse en pretexto para la complacencia. En efecto, la ONU ha logrado mucho bajo el liderazgo del Secretario General Annan; pero el concepto de la ONU como unificadora de naciones sigue siendo, en muchas partes del mundo, y para muchos de los problemas más complejos, más un ideal por alcanzar que una realidad.

Algunas de las naciones más poderosas del mundo todavía no consideran que su cooperación o su participación en los asuntos de la ONU sean de su interés. Más allá de los Estados, muchas ONGs están creciendo con rapidez y multiplicando su influencia, pero sin reglas formales que definan su papel en el sistema internacional. Su poder real, a pesar de los esfuerzos del Secretario General Annan para crear un diálogo con ellas, está fuera del marco de la ONU. De hecho, las ONGs se hacen cargo de tareas para las que la estructura actual de la organización resulta inapropiada o demasiado débil.

Para ayudarlas en su trabajo y para asegurar que los grandes temas globales de la actualidad se traten en un foro que una y no que divida, es necesario fortalecer a la ONU en aquéllos campos en los que las ONGs están trabajando con tanto éxito. Un fortalecimiento así sólo puede alcanzarse mediante la reforma fundamental de la estructura interna de la organización.

Cuando la ONU fue fundada en 1945, el objetivo principal era evitar la tercera guerra mundial. Así, al momento de su creación solamente se diseñó un órgano poderoso: el Consejo de Seguridad, en el que participaban las grandes potencias militares. La agenda del Consejo de Seguridad era y sigue siendo el poder, y hacer frente a las crisis, principalmente con medios militares.