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Se avecina una crisis con los antidepresivos

La generalizada prescripción de medicamentos para las mentes atribuladas siempre ha acabado mal, desde la época de los opiáceos y la cocaína y pasando por la de los bromuros, los barbitúricos y los tranquilizantes: todos ellos resultaron ser sumamente adictivos, pero sólo después de que durante años los médicos lo negaran. Ahora el problema lo constituyen los antidepresivos: marcas mundiales con nombres familiares en los hogares. En el decenio pasado se han multiplicado por tres las prescripciones. En Inglaterra, ahora la prescripción de antidepresivos iguala a la de Valium en su momento de auge en 1979.

Ahora resulta claro que los antidepresivos de hoy no son los medicamentos milagrosos, tal como se promocionaron. El síndrome de abstinencia, a veces intolerable, que puede hacer difícil y peligroso dejar de tomar los antidepresivos expone también a muchos usuarios a efectos secundarios graves y deprimentes: importante aumento de peso, pérdida de la libido y cambios de humor, por citar sólo las quejas más comunes. Las sospechas sobre esos problemas -en particular, sobre la conducta suicida y la sensibilización a la depresión inducidas por los medicamentos- han existido desde hace años, pero hasta ahora no habían comenzado las investigaciones científicas profundas.

Pronto se conocerán las conclusiones de una importante investigación emprendida por los encargados de la reglamentación relativa a los medicamentos en el Reino Unido a mediados de 2003. No cabe duda de que se las presentará principalmente como recomendaciones para que se hagan cambios con letra pequeña en las advertencias que figuren en el etiquetado de los medicamentos y en las instrucciones para su uso. Puede que ayuden, pero no abordarán la auténtica cuestión planteada: ¿cómo pudieron los encargados de la reglamentación permitir que reapareciera ese problema cuando ya se contaba con tanta y tan dura experiencia y por qué se les debe permitir ahora investigarse a sí mismos?.

En la escala de Richter de los desastres en materia de medicamentos, la crisis de los antidepresivos que se avecina oscila entre los grados 7 y 11, mientras que la talidomida figura en el grado 10. El tiempo lo dirá, pero la cuestión fundamental es la siguiente: el desastre de la talidomida de los decenios de 1950 y 1960 sucedió porque no existía un control independiente de la inocuidad de los medicamentos, mientras que la crisis de los antidepresivos se ha desarrollado con la égida de un sistema de reglamentación detallado, caro y mundial.