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solana112_AHMAD AL-RUBAYEAFP via Getty Images_iraqprotestwomanflag Ahmad al-Rubaye/AFP via Getty Images

Irak clama por la unidad

MADRID – En una época caracterizada por la aparición de numerosos brotes de descontento popular alrededor del mundo, las manifestaciones que han forzado la caída del Gobierno iraquí están pasando relativamente desapercibidas en Occidente. Aunque se estima que la violencia perpetrada por las fuerzas de seguridad iraquís ha acabado ya con la vida de unas 500 personas, las convulsiones que ha experimentado el país en las últimas décadas han sido de tal calado que muchos parecen haberse insensibilizado a ellas. A esto se le añade otra realidad incómoda: a diferencia de lo que ocurre en Venezuela o en Hong Kong, la indignación social en Irak se dirige hacia un régimen cuyo diseño lleva sello occidental.

Tras la derrota territorial del Estado Islámico, los iraquís retornaron en cierta medida al statu quo que prevalecía con anterioridad, aunque los efectos de la insurgencia salafista todavía se dejan notar a día de hoy. El proceso de rehabilitación en el que se ha embarcado Irak ha sido agridulce, ya que los flagrantes defectos del sistema político del país siguen sin corregirse. En lugar de aspirar a desarrollar una mayor cohesión identitaria, la Constitución iraquí de 2005amparada por Estados Unidos— se contentó con instaurar un sistema de reparto de poder basado en criterios étnicos y religiosos. De este modo, la actual Constitución no logró fomentar la democracia, sino alimentar la espiral de sectarismo que ya afectaba al país, y que terminó conduciendo al surgimiento del Estado Islámico.

Resultaría excesivamente simplista atribuir todos los males de Irak a la invasión estadounidense de 2003, así como a la inacabable lista de despropósitos que la acompañaron. Pero, desde luego, si algo merece el calificativo de simplista es la estrategia de cambio de régimen que trató de implementar Estados Unidos en Irak, obviando de manera negligente que este tipo de políticas cuentan con un historial plagado de fracasos.

Al margen de cuáles fuesen las motivaciones primordiales de la Administración de George W. Bush, lo que es evidente es que Estados Unidos se obcecó en una intervención militar a las bravas que despreció los más básicos principios de la diplomacia. El problema no fue que los iraquís solamente entendieran el lenguaje de la fuerza, como algunos han sugerido de forma peyorativa e interesada, sino que el Gobierno de Estados Unidos no hizo esfuerzos suficientes por entender a los iraquís. De la fallida operación estadounidense tampoco se desprende que la democracia no pueda echar raíces en Irak: ante todo, conviene evitar las lecturas que parten de la estigmatización y el determinismo cultural. Lo que sí ha quedado demostrado de forma fehaciente es que el afán estadounidense por moldear a Irak a su antojo, y de la noche a la mañana, era absolutamente utópico.

El desgobierno que impera hoy en Irak, donde pluralismo equivale en la práctica a clientelismo, es solo una parte del desolador panorama sociopolítico al que sus ciudadanos se encuentran expuestos. Y es que las graves carencias del marco institucional iraquí van de la mano de un muy extendido sentimiento de humillación, provocado por el constante sometimiento del país a los designios de potencias extranjeras. El ejemplo de Estados Unidos es el más palmario, pero ni mucho menos el único. Para Estados Unidos, de hecho, la guerra de Irak tuvo algunas consecuencias nefastas desde un punto de vista geoestratégico, como fue la de abrir las puertas de par en par a la influencia iraní.

Centenares de documentos de los servicios de inteligencia iranís —filtrados recientemente a la prensa— vendrían a confirmar el vasto alcance de esta influencia, cuyos efectos se plasman de manera particularmente nítida en la figura del primer ministro iraquí. Según el sistema de cuotas que se aplica informalmente en Irak, el ocupante del cargo de primer ministro debe ser chií (la confesión mayoritaria en el país), lo cual ha implicado hasta el momento que su designación esté supeditada al beneplácito de Irán. En la evolución de estas dinámicas de subordinación se percibe una doble paradoja: el peso que ha adquirido Irán en la política iraquí no puede entenderse sin los excesos estadounidenses, pero Irán no aprendió la lección, y se enfrenta ahora a las secuelas de sus propias extralimitaciones.

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Los iraquís han dicho basta. La reciente dimisión del primer ministro, Adel Abdul Mahdi, no ha sido suficiente para calmar las aguas: los manifestantes reclaman una enmienda a la totalidad del sistema y el fin de las injerencias extranjeras. Resulta especialmente relevante que hayan sido los chiís —con la aprobación de su líder espiritual, el Gran Ayatolá Ali Sistani— quienes se hayan situado al frente de las protestas, en las que se han presenciado episodios tan chocantes como la quema del consulado iraní en la ciudad sureña de Najaf. Según una encuesta publicada hace unos días, tan solo un 1% de los manifestantes confía en Irán, un 7% confía en Estados Unidos, mientras que un 60% confía en Sistani.

Hasta el momento, las protestas no se han extendido a las regiones de mayoría sunní (incluyendo las kurdas), por razones fundamentalmente estratégicas. Sin embargo, no han sido pocos los miembros de estas comunidades que han apoyado, a título individual, el clamor transversal de sus conciudadanos. Así pues, tal vez nos encontremos ante una nueva paradoja: el sistema de reparto de poder que tanta división fomentó en Irak estaría ahora uniendo a los iraquís, aunque sea en oposición al mismo. Este interesante giro de los acontecimientos cuestiona, por otra parte, los paradigmas culturalistas que han dominado tantos análisis sobre Irak y el resto de la región.

Las movilizaciones en Irak ponen de relieve que, en cualquier sociedad, los impulsos transformadores que albergan un mayor potencial surgen siempre de forma endógena. El mejor papel que puede desempeñar Occidente es el de respaldar el talante de este tipo de movimientos populares, pero sin inmiscuirse en exceso. Estados Unidos, además, debería tomar buena nota de errores pasados y cejar definitivamente en el empeño de suscitar cambios de régimen, ya sea mediante intervenciones militares o mediante asfixia económica. Ni Irak, ni Irán, ni ningún otro país cambiará para bien como fruto de la coerción. Eso solo sucederá como fruto de un proyecto autóctono e integrador que ilusione de veras al grueso de sus ciudadanos.

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