Friday, October 24, 2014
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La última tendencia de la economía

La Gran Depresión puso a John Maynard Keynes en el centro del pensamiento económico. La nueva visión "keynesiana" era que el gasto de inversión privada es inherentemente inestable (debido a los caprichos y modas de los inversionistas, o debido a los cambios en los "espíritus animales" de los hombres de negocios, o porque la caída de los precios significa una interrupción del sistema financiero.)

Los keynesianos pensaban que una política monetaria prudente (con los bancos centrales elevando y reduciendo los tipos de interés para disminuir las fluctuaciones en el gasto de inversión privada) haría parte de la tarea de estabilizar la economía. Pero también creían que el gobierno debía tener la voluntar de intervenir directamente, a través de una política fiscal expansiva, para mantener estable el nivel general de gasto en una economía. Una política así, pensaban, haría desaparecer para siempre el espectro del desempleo a gran escala, como se había visto en la Gran Depresión. Más aún, se debería garantizar un empleo casi total.

Los keynesianos previeron que un empleo casi completo aumentaba la amenaza de la inflación. Después de todo, ¿por qué los trabajadores y los sindicatos deberían moderar sus exigencias salariales si los gobiernos aumentarán el gasto cada vez que aparezcan perspectivas de un alto desempleo? Una de las grandes limitantes a las exigencias salariales altas (el temor a ser despedidos cuando aumente el desempleo) había desaparecido. ¿Qué la reemplazaría?

Para la primera generación posterior a 1945, la respuesta predominante era que la socialdemocracia corporativista lo haría. Los sindicatos se someterían a los pedidos del gobierno de moderar sus exigencias de aumentos salariales, y los gobiernos se someterían a las exigencias de los sindicatos de aumentar el gasto público y garantizar beneficios sociales.

En pensamiento keynesiano garantizaba que nunca volvería a ocurrir algo como la Gran Depresión. Pero su solución al problema de la inflación en ciernes era meramente provisoria y se desmoronó completamente en los años 70. Después del estallido inflacionario de esa década en los principales países industriales, el pensamiento económico general del núcleo industrial mundial pasó a un canal "semimonetarista".

La victoria de Milton Friedman nunca fue tan completa como la de los keynesianos. Pero hacia mediados de los 80, quienes estaban a cargo del diseño de políticas en el mundo estaban de acuerdo en las siguientes afirmaciones:

· Los bancos centrales deben hacer que sus compromisos de estabilidad en el largo plazo sean creíbles;

· Los bancos centrales deben aceptar que el nivel promedio de desempleo está determinado no por factores cíclicos, sino por factores "estructurales" que no les corresponde intentar corregir;

· Anunciar y tratar de mantener un objetivo de crecimiento de la oferta de dinero es una manera fácil de que un banco central comunique sus intenciones principales, gane credibilidad y dé a los observadores una manera de comprobar si se están siguiendo políticas realmente sólidas.

El monetarismo era la imagen invertida del keynesianismo. Aparentemente garantizaba que nada parecido a la inflación de los años 70 volvería a ocurrir. Pero no ofrecía soluciones a los problemas del desempleo estructural que surgieron en Europa occidental. Los últimos 15 años demostraron que el monetarismo tiene pocos instrumentos para enfrentar los desafíos de la caída de los precios en el contexto de firmas y bancos fuertemente apalancados, así como la receta keynesiana contaba con pocos medios para enfrentar la inflación

En los años 70 y a comienzos de los 80, muchos (yo era uno de ellos) pensaban que las malas decisiones eran las responsables del colapso de la habilidad de los sistemas socialdemócratas para controlar la inflación. Los políticos no entendieron que ampliar los seguros sociales era el precio inevitable de la limitación de los salarios, mientras que los líderes sindicales no entendieron que si la socialdemocracia corporativista no limitaba la inflación, el poder político pasaría a la derecha y se utilizaría el alto desempleo para hacerlo.

Hoy muchos culpan a otras malas decisiones por las alarmantes condiciones económicas actuales en el núcleo industrial del mundo (más de una década de estancamiento en Japón, deflación allí y en Alemania). Los funcionarios de los bancos centrales de Japón y Europa no bajaron las tasas de interés lo suficiente y con la rapidez necesaria, los reguladores del sector bancario se sintieron intimidados ante el aumento repentino de los préstamos especulativos, y los políticos no tuvieron la voluntad de ampliar las políticas fiscales de manera suficiente.

Pero no siempre se puede esperar que los políticos y los directores de los bancos centrales tomen buenas decisiones: las buenas políticas se deben diseñar para funcionar incluso cuando quienes gobiernan son miopes y tienen malos asesores. La inflación de la década de 1970 fue una insuficiencia natural de la economía política keynesiana. La deflación que amenaza a Japón, Europa y quizás a EEUU, con la perspectiva de un largo periodo de grandes brechas entre la producción potencial y real es una insuficiencia natural de la ortodoxia semimonetarista que rigió la política macroeconómica del núcleo industrial mundial desde comienzos de la década de 1980.

Volvemos al mismo tema. Pero no se trata de un círculo: ningún gobierno permitiría la repetición del colapso de liquidez que se vio en los años 30, o el fracaso de los bancos y compañías a una escala tal que ponga en peligro al sistema financiero completo. Es una espiral ascendente. Los problemas macroeconómicos del mundo son reales, pero no conducirán a otra Gran Depresión (en gran parte debido a quienes diseñan las políticas recuerdan que una vez hubo una Gran Depresión).

Necesitamos otra revolución en las políticas, como la keynesiana y la semimonetarista, una revolución que no pierda de vista (del todo) los logros de sus predecesoras, pero que elimine sus insuficiencias naturales.

¿De dónde podría venir esa revolución? Quizás provenga de la preocupación, sostenida durante toda su carrera, del Gobernador de la Reserva Federal de EEUU, Ben Bernanke, acerca de los precios de las acciones, el papel de una selección adversa en los mercados de crédito, y la necesidad de que los bancos centrales en situaciones difíciles tomen medidas que vayan más alla de meras operaciones de corto plazo en el mercado abierto. Él cree que los bancos deberían intentar cosas como poner un piso bajo los precios de los bonos clave de largo plazo. ¿Bernankeísmo a la vista?

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