LONDRES – La semana pasada, los banqueros centrales de todo el mundo se reunieron en Fráncfort para celebrar la gloria de los primeros diez años del euro. Pero para quienes provienen de los países candidatos al euro, el evento fue una ducha fría. Mientras la crisis financiera global hizo que integrar el grupo del euro parezca más urgente y necesario que nunca, los miembros de la eurozona lanzaron propuestas flotantes que no harían más que aumentar las condiciones para el ingreso.
Según la propuesta que se discutió abiertamente en Fráncfort, además de los criterios macroeconómicos de Maastricht que han estado en vigencia desde el lanzamiento del euro, se utilizaría la calidad del sistema bancario de un país como criterio adicional para el ingreso al euro. Dejando de lado la hipocresía de los gobiernos occidentales que dogmatizan sobre este tema mientras están rescatando bancos después de errores regulatorios masivos, la propuesta está plagada de defectos serios.
Para apreciar en su totalidad lo absurdo de la propuesta, consideremos el modelo de crecimiento extraordinariamente exitoso de Europa del este de las últimas dos décadas. El modelo defendido por Europa occidental y abrazado por Europa del este se ha basado en la idea de que el capital debería fluir de los países ricos en capital a los países pobres en capital. Los economistas tienen que regresar a los Estados Unidos del siglo XIX para encontrar un ejemplo de manual de crecimiento exitoso similar a éste, donde los grandes déficits de cuenta corriente se financian principalmente a través de inversión extranjera directa. Los flujos financieros han estado acompañados por una integración financiera sin precedentes, donde la mayoría de los bancos de Europa del este ahora están controlados por sus casas matrices occidentales.
Este modelo ha funcionado notablemente bien no sólo en cuanto a la generación de crecimiento, sino también, como quedó documentado en el Informe de Transición de 2008 del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, al mejorar las instituciones que respaldan los mercados y la democracia en Europa del este. Pero también hizo que estos países resultaran vulnerables a los giros y vueltas de los mercados financieros globales. En el último año y medio, soportaron estas presiones considerablemente bien; pero, a medida que la crisis global los golpea con toda su fuerza, ahora están recurriendo al Fondo Monetario Internacional en busca de ayuda.
La principal vulnerabilidad en la crisis actual ha sido la exposición masiva a los movimientos de los tipos de cambio extranjeros. Los actores en todas las partes de la economía, hogares y empresas por igual, apostaron a que sus monedas locales seguirían apreciándose. Las hipotecas en francos suizos y los créditos para automóviles en yenes japoneses han sido moneda corriente en toda la región. Pero probablemente fue en Hungría, el primer país en buscar un paquete de ayuda del FMI, donde estas prácticas se volvieron más generalizadas.
Sin embargo, esta vulnerabilidad fue principalmente creada, o al menos facilitada, por los bancos occidentales. El financiamiento de las casas matrices de los bancos que en la etapa anterior de la crisis ayudó a proporcionar liquidez a los sistemas bancarios de Europa del este hoy parece más bien un pasivo y una posible fuente de contagio. También fueron los reguladores y supervisores financieros de Europa occidental quienes, bajo el régimen de "autonomía", supuestamente tenían que desalentar estos excesos. La penetración de bancos extranjeros también privó efectivamente a los países en Europa central y del este de políticas monetarias, lo cual les permitió tener un escaso control sobre un crecimiento del crédito extremadamente rápido.
Sumemos a esto el impacto de los actuales paquetes de rescate de bancos de Europa occidental en los sistemas bancarios de Europa del este. Por un lado, estos programas ayudan a promover la estabilidad ya que respaldan a las casas matrices de los bancos activos en la región. Por otro lado, las intervenciones también socavaron los sistemas financieros de Europa del este.
Los gobiernos en Europa del este no pueden igualar, de manera creíble, las amplias garantías de los depósitos emitidas por sus vecinos occidentales, mientras que las generosas recapitalizaciones redujeron los costos de financiamiento relativos de los bancos occidentales, debilitando aún más la competitividad de las instituciones locales. Finalmente, muchos gobiernos, de manera explícita o implícita, redujeron la capacidad de las casas matrices de utilizar fondos del gobierno para respaldar a sus subsidiarias de Europa del este, muchas de las cuales son críticas para la estabilidad de los sistemas financieros locales.
Hacer que la calidad del sistema bancario sea un nuevo criterio para ingresar a la zona del euro no sólo es hipócrita; también es contraproducente. Los niveles relativamente altos de inflación han sido la razón principal por la que pertenecer al euro era percibido como algo cada vez más remoto en la mayoría de los países, y por la cual la perspectiva de ingreso al euro ha tenido un impacto menor en los esfuerzos de reformas domésticos. Una pequeña consolidación en la crisis actual es que las tasas de inflación ahora están bajando. Más importante aún, la crisis demostró el valor para estas economías pequeñas de ser parte de una zona monetaria más amplia.
En lugar de aprovechar la oportunidad actual de un apalancamiento sin precedentes sobre los candidatos al euro para obligarlos a cumplir con los criterios de Maastricht, los miembros de la eurozona están contemplando un criterio novedoso y excesivamente vago basado en la calidad de los sistemas bancarios. ¿Y a quién pertenecen estos bancos? ¿A quién estamos embromando?


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