Entre los temas que debatirán los líderes de la OTAN en Turquía la próxima semana se encuentra cómo reformar el mundo islámico. Tanto el Presidente Bush como la Unión Europea han propuesto atrevidas iniciativas de democratización para la región. ¿Pueden tener éxito?
Con frecuencia se supone que el Islam y la democracia son encarnizados antagonistas. Un cuidadoso estudio de los 47 estados que en el mundo tienen mayoría musulmana, sin embargo, muestra que el Islam y la democracia pueden coexistir, y de hecho lo hacen. La brecha real es más estrecha: es el mundo árabe, no el Islam, el que parece estar en malos términos con la democracia.
Esta conclusión se basa en la comparación con los países musulmanes que poseen "competitividad electoral". Si un gobierno surge de elecciones razonablemente limpias y es capaz de ocupar mediante ellas los puestos políticos más importantes, se considera que el país es "electoralmente competitivo".
Los países electoralmente competitivos no necesariamente son democráticos: algunos no controlan completamente el territorio del estado, mientras otros violan sus constituciones y los derechos humanos. Pero la competitividad electoral es siempre una condición necesaria para la democracia y, por tanto, una consideración central a la hora de evaluar las perspectivas de democratización de un país.
Hay dos iniciativas (el Polity Project, fundado por el cientista político Ted Gurr, y los estudios anuales Freedom in the World de la Freedom House) que miden los derechos políticos en casi todos los países. Las diferencias entre los países musulmanes árabes y no árabes son notables. De 29 países musulmanes no árabes evaluados en Polity IV , 11 disfrutaron de derechos políticos significativos por al menos tres años consecutivos en el periodo desde 1972 a 2000, mientras ocho experimentaron al menos cinco años consecutivos de derechos políticos.
Las mediciones de The Freedom House son notablemente similares: 12 de 31 países musulmanes no árabes tuvieron puntuaciones relativamente altas por al menos tres años consecutivos, y 8 por cinco años consecutivos. Ambos equipos de investigación califican a Albania, Bangladesh, Gambia, Malasia, Mali, Níger, Nigeria, Pakistán y Turquía como países que cumplen el criterio de los 3 años, y todos menos Albania y Níger cumplen el criterio de cinco años.
Pero en el lado árabe, sólo el Líbano tuvo tres años consecutivos de derechos políticos relativamente firmes (antes de la guerra civil de 15 años que comenzara en 1975) y ningún país vivió cinco años consecutivos de derechos plenos. En el periodo de 1972 a 2000, un país no árabe tenía cerca de 20 veces más probabilidades de ser electoralmente competitivo que un país árabe de mayoría musulmana.
En el subgrupo no árabe de mayoría musulmana, tanto Polity IV como Freedom House califican a 9 países como naciones que han experimentado al menos tres años consecutivos de derechos políticos sustanciales. Sorprendentemente, siete de ellos logran el objetivo con un mérito adicional, ya que además tienen bajos niveles de PGB per cápita. De hecho, cinco de nueve pueden ser calificados como "países con notable mérito adicional", es decir, derechos políticos significativos a pesar de un ingreso anual per capital inferior a US$1.500.
En contraste, ninguno de los 16 países árabes de mayoría musulmana es un "país con mérito adicional". Siete tuvieron niveles de ingreso per capital superiores a US$5.500 en el periodo desde 1972 a 2000, pero sin derechos políticos significativos durante tres años consecutivos. Estos estados son países que electoralmente no cumplen las expectativas, es decir, tienen derechos políticos débiles a pesar de disfrutar de una relativa riqueza.
En el mundo árabe podemos ver elecciones, pero varían en cuanto a frecuencia e importancia. En las autocracias absolutas (Arabia Saudita, Libia, Siria, Túnez, Iraq bajo Saddam, y los Emiratos Árabes Unidos) no ha habido elecciones de peso para ocupar los cargos más importantes. Los EAU, una federación que en cierto modo es descentralizada y consensual, no es tan dictatorial como los demás países, pero sólo siete electores (los gobernantes tradicionales de los siete emiratos de la federación) eligen al presidente.
Las elecciones han comenzado a jugar un papel más importante en Qatar, Kuwait, Bahrein y Omán, pero ninguno de estos países ocupa sus cargos políticos más importantes y poderosos mediante elecciones limpias y libres. Los monarcas tradicionales todavía tienen amplios poderes de designación y legislación.
Finalmente, algunos países árabes no son en la actualidad electoralmente competitivos, pero alguna vez tuvieron elecciones libres y limpias para llenar los cargos que tienen más poder (Líbano). Otros parecían cerca de hacerlo (Yemen, Marruecos y Jordania) o tuvieron posibilidades de una apertura política, pero hoy se encuentran más lejos de ser electoralmente competitivos (Egipto y, según muchos, Argelia.)
Por intuición y lógica, podemos decir que el Islam no puede por si mismo explicar estas diferencias. Todas las religiones del mundo contienen algunas doctrinas y prácticas que son potencialmente nocivas para el surgimiento de la democracia, y otras que son potencialmente benéficas. Una doctrina islámica beneficiosa es el mandamiento coránico de que "no habrá coacción en materias de religión". Otros son la shura (consulta), la ijtihad (razonamiento independiente), y la ijma (consenso). Quizás los líderes religiosos y políticos y religiosos de los estados que en lo electoral "superan con mucho las expectativas", como Senegal, Malí, Bangladesh e Indonesia, se inspiraron en estos conceptos.
La mayoría de las culturas políticas pueden cambiar y, de hecho, cambian con el tiempo, ya que hasta cierto punto y de modo general se crean socialmente, en base a nuevas oportunidades, amenazas y contextos. Basta ver la transformación del catolicismo a favor de la democracia. A menos que la cultura árabe demuestre ser particular y permanentemente impermeable a la competitividad electoral, tiene más sentido entender la brecha democrática en el mundo musulmán en términos de las particularidades políticas (y no étnicas o religiosas) del Medio Oriente y África del Norte.
Una de esas particularidades es que muchos estados árabes contemporáneos fueron creados con límites relativamente nuevos y arbitrarios, y luego fueron ocupados y muchas veces reconfigurados como colonias europeas. El predominio lingüístico del árabe a lo largo del Medio Oriente y de África del Norte, junto con el panarabismo, ayudó que las identidades nacionales se mantuvieran débiles. Todo aquél que tenga incluso una remota familiaridad con la región sabe cuán común es la frase "la nación árabe" ( watan ).
Más aún, a diferencia de América Latina, África y las demás regiones del mundo, los demócratas del Medio Oriente no se han beneficiado con el fin de la Guerra Fría. EE.UU. continúa subsidiando regímenes árabes autoritarios como el de Egipto (que recibe al menos $2 mil millones al año), ya que así compra la paz con Israel y mantiene la influencia geopolítica estadounidense en el conflicto árabe-israelí.
Resolver ese conflicto (en si, un aspecto clave de la identidad política árabe) podría posibilitar un cambio en la cultura política árabe. Pero los líderes de la OTAN deberían tener en cuenta que, visto desde una perspectiva comparativa e histórica, este cambio será menos una imposición desde afuera que el resultado de las presiones e iniciativas internas.


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