Thursday, November 27, 2014
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Asesoramiento conyugal para los Estados Unidos y China

BEIJING – No cabe la menor duda de que China se ha beneficiado del sistema mundial creado y apoyado por los Estados Unidos. De hecho, el viaje de Richard Nixon a China en 1972 abrió la puerta para que este país regresara a la comunidad internacional.

La mayor parte de los dos decenios siguientes fueron una luna de miel para las relaciones chino-americanas. En el frente económico, los EE.UU. no sólo concedieron a China la condición comercial de nación más favorecida, sino que, además, toleraron la concepción mercantilista del comercio internacional y las finanzas, sobre todo su régimen dual de tipos de cambio. En el decenio de 1990, siguieron ampliándose los vínculos económicos bilaterales. El apoyo americano a la integración de China en el sistema mundial llegó a su culminación con la adhesión del país a la Organización Mundial del Comercio en 2001. Desde entonces, las exportaciones de China se han multiplicado por cinco.

Naturalmente, la insuficiente protección por parte de China de la propiedad intelectual ha perjudicado a las relaciones (deficiencia que puede ser más perjudicial para las empresas chinas que para las americanas al disuadir a aquéllas –y a las de otros países avanzados– de desplegar nuevas tecnologías en China) y también ha afectado negativamente a las relaciones el papel de las empresas chinas de propiedad estatal y el apoyo oficial chino a los “adalides [tecnológicos] nacionales” (empresas privilegiadas que casi con toda seguridad usan el dinero estatal despreocupadamente).

En realidad, la actitud de China es semejante a la de jugar a caballo perdedor. Las innovaciones logradas en materia de tecnologías avanzadas son sucesos aleatorios que siguen la ley de las grandes cifras. Cuando se encuentran inmersas en el mercado, muchas empresas y personas intentan innovar, por lo que la probabilidad general de éxito puede aumentar espectacularmente. El mercado permite que funcione la ley de las grandes  cifras, mientras que el apoyo estatal centrado en unas pocas empresas favorecidas la socava.

Pero ninguna de esas deficiencias ni el tipo de cambio es la causa en última instancia de los desequilibrios mundiales actuales. Pensemos en el tipo de cambio. El Reino Unido mantuvo un superávit por cuenta corriente durante el siglo que precedió a la primera guerra mundial y los EE.UU. hicieron lo mismo durante unos ochenta años antes de 1980, pero ninguno de esos dos países lo hizo, al parecer, manipulando su tipo de cambio.

Además, las economías que lograron reducir en gran medida sus desfases exteriores con los EE.UU. después de la segunda guerra mundial, en particular Alemania, el Japón, Corea del Sur, Singapur y Taiwán, tuvieron superávits por cuenta corriente a lo largo de sus períodos de crecimiento rápido, lo que contradice la opinión establecida de los economistas americanos de que los países que crecen rápidamente deben endeudarse hoy con cargo a sus mayores participaciones futuras en la economía mundial.

Una posible explicación es la de que la relación entre las tasas de crecimiento del PIB y la situación de un país en materia de cuenta corriente no es lineal. En comparación con países con ritmos de crecimiento muy lentos, los que tienen tasas de crecimiento bastante elevadas deben endeudarse, pero, cuando la tasa de crecimiento de un país sigue aumentando, su tasa de ahorro crecerá más rápidamente que su tasa de inversión, por lo que es más probable que acumule un superávit por cuenta corriente.

En el caso de los países que están eliminando el terreno perdido cuando estuvieron rezagados, como China, el crecimiento rápido va acompañado con frecuencia de un rápido cambio estructural que hace pasar los factores de producción, en particular la mano de obra, de actividades con baja productividad a sectores económicos con una productividad mucho mayor, lo que aumenta el superávit, al incrementar la rentabilidad de las empresas.

La política de China en materia de tipo de cambio no es problemática porque fomente las exportaciones, sino porque ha obligado al país a acumular una cantidad enorme de reservas de divisas despilfarradoras. La renuencia del Gobierno de China a permitir una más rápida apreciación del tipo de cambio puede reflejar su aversión a grandes fluctuaciones imprevisibles, en particular dada su determinación de hacer del renminbi una divisa internacional de reserva.

Si bien la economía de China se ve entorpecida por dificultades estructurales, los EE.UU. no están libres de otras similares. Francamente, siempre me asombra la renuencia de los economistas de los EE.UU. a examinar los problemas estructurales que causaron la crisis actual y que obstaculizan la recuperación de los Estados Unidos. La mayoría parecen creer que las crisis son consecuencia de una mala política monetaria y una reglamentación laxa del sector financiero; algunos la achacan incluso a los ahorros acumulados por países asiáticos, en particular China.

Puede que sea así en cuanto a las causas inmediatas de la crisis, pero su erupción tenía raíces más profundas en la versión americana del capitalismo, encaminado a la consecución de niveles elevados de competencia, innovación, beneficios y remuneraciones. Si bien ese modelo ha ayudado, desde luego, a los EE.UU. a llegar a ser la economía principal del mundo, también ha provocado graves problemas estructurales.

Por ejemplo, para sostener la elevada innovación, los EE.UU. mantuvieron el mercado laboral más flexible de las economias maduras, lo que no dejó de entrañar costos. Con frecuencia las empresas despiden a todo un departamento de científicos para cambiar a un nuevo producto, con lo que destruyen no sólo capital humano, sino también vidas humanas. Además, los mercados laborales flexibles entrañan relaciones laborales de confrontación, sobre todo cuando se las compara con los países del norte de Europa. Estos países son menos innovadores que los EE.UU., pero sus economías y sociedades pueden ser más resistentes.

Entretanto, la joya del capitalismo americano, el sector financiero, causó la crisis y está contribuyendo al déficit por cuenta corriente de los EE.UU. Aparte de los exportadores de petróleo, los países que están acumulando superávits por cuenta corriente, como, por ejemplo, China, Alemania y el Japón, tienen sectores manufactureros más fuertes respecto de sus sectores financieros, mientras que la relación se invierte en el caso de los países que acumulan déficits exteriores, como, por ejemplo, los EE.UU. o el Reino Unido.

Por último, la hegemonía mundial de los Estados Unidos han demostrado ser una maldición, además de una dicha. El dólar de los EE.UU. representa el 60 por ciento del comercio mundial y los EE.UU. tienen el ejército más fuerte del mundo, por lo que resulta un abrigo seguro para los inversores mundiales, pero, si bien las grandes entradas de capitales reducen los costos del endeudamiento, también suelen causar déficits por cuenta corriente: unos costos menores del capital impulsan los precios de los activos, con lo que el efecto de riqueza mueve entonces a la población a consumir más de lo que gana.

Las políticas adoptadas o examinadas por las autoridades y los estudiosos americanos en la actualidad –la relajación cuantitativa, los planes de estímulo fiscal, la reducción del déficit público– van encaminados a curar sólo los síntomas de un malestar más profundo. Como primer paso para la recuperación, los EE.UU. deben emprender reformas profundas del sector financiero. Como señaló Lenin, el capitalismo financiero es la forma superior del capitalismo, es decir, el fin del capitalismo.

Lenin pudo haberse equivocado con el análisis subyacente, pero hoy sabemos que su conclusión puede haber sido acertada por otra razón: el capitalismo financiero obliga a un país a un endeudamiento insostenible. Lamentablemente, las reformas financieras de los Estados Unidos no acababan de estar bien concebidas, por no decir algo peor.

Durante tres decenios, la de “reforma” fue una palabra reservada para la parte china de la relación chino-americana. Es de esperar que los EE.UU. aprendan a apreciarla.

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    1. CommentedTenzin Namdhak

      well this is definitely interestinng in the sense that now in the global recession China has become savior to the world. Certainly there seems a flaws in the way the model with lots of assumption that is not possible realistically has been used and implemented. And we are basically repeating the same thing in different forms every time business cycle reaches its top. American economy according to the author needs strong structural adjustment in its capacity to rebuild the stable economy, but it wonders whether China's economy that is cherish will last long with lots of other social and political determinants in making and considerinng it as a stronng contender in replacing America not just in terms of GDP and per capita income.

    2. Portrait of Christopher T. Mahoney

      CommentedChristopher T. Mahoney

      "financial capitalism forces a country into unsustainable indebtedness."
      That's a new one! It is true that huge debt capacity can lure a country into excessive indebtedness (Japan, US). But is there something about Switzerland or Hong Kong that we should know? I am not aware of an alternative to "financial capitalism".

    3. Commentedjames durante

      This is an excellent analysis. Funny, isn't it, that it takes a Chinese economist to tell some simple truths about the U.S. economy, namely that there are basic structural flaws constricting the economy. Focusing on a "flexible" (i.e., highly exploitable) labor market, an overtowering financial sector (i.e., a criminal class of banksters), and too much reliance on foreign capital cuts a little too close to the bone for the mainstream, neo-liberal economists that dominate the punditry.

      Capitalism is a religion for most economists in the U.S. especially those in high academe who are paid cheerleaders for banks and corporations. Yao Yang's analysis is the perfect antidote for Harvard Roe's limits of anti-austerity (http://www.project-syndicate.org/commentary/greece-and-the-limits-of-anti-austerity). But, for the Roe's of the world, the problem of capitalism is always not enough ability to exploit labor. The result is usually expressed by economists as a lack of demand; another way to describe it is poverty. But, as one can't admit that a capitalist country can be poor, the mainstream economists don't go there.

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