Wednesday, April 16, 2014
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Ante un dólar que toca fondo

A medida que pasa el tiempo sin que el valor del dólar caiga drásticamente ni las fuerzas del mercado comiencen a reducir el déficit de cuenta corriente de EE.UU. (que muy bien puede llegar al billón de dólares este año) están surgiendo dos reacciones diametralmente opuestas. La mayoría de los economistas financieros internacionales sienten un creciente temor de que se genere una importante crisis financiera internacional. De hecho, temen que la escala de esa crisis potencial se esté volviendo cada vez mayor.

Otros, especialmente los gestores de activos financieros, están cada vez más convencidos de que los economistas no saben demasiado, y que lo que saben no sirve para operadores como ellos. Ven pocas razones para creer que los valores actuales de los activos y los flujos comerciales no sean sostenibles.

Después de todo, argumentan ellos (o al menos algunos de ellos), el PGB real de los Estados Unidos está creciendo en 400 mil millones de dólares al año, de los cuales cerca de 270 mil millones corresponden al trabajo y 130 mil millones al capital. Incluso después de la depreciación, esos 130 mil millones de ingreso anual adicional se capitalizan en cerca de 1,5 billones de dólares de riqueza, de modo que el actual déficit de cuenta corriente, incluso a 1 billón de dólares, no es abrumadoramente grande. Los estadounidenses podemos vender dos tercios del incremento de nuestra riqueza para financiar importaciones, y todavía seremos 500 mil millones de dólares más ricos este año en relación con el año pasado.

Más aún, el interés anual aplicado al billón adicional que los estadounidenses pedimos prestado al año al resto del mundo es cerca de 50 mil millones, sólo una octava parte del crecimiento económico anual, mientras que el déficit comercial se financia con el crecimiento del valor del capital. Entonces, ¿qué es lo que no se puede sostener? ¿Por qué el déficit de cuenta corriente de EE.UU. no puede permanecer indefinidamente en su valor de 2006?

El contraargumento se basa en la diferencia entre el déficit de cuenta corriente y el déficit comercial. El déficit de cuenta corriente es igual al déficit comercial más el coste del servicio de la posición neta de activos internacionales: la renta neta, el interés y los dividendos adeudados a extranjeros que han invertido su capital en los EE.UU. A medida que pasa el tiempo, los déficits se acumulan. A medida que los déficits se acumulan , crece el coste del servicio de la posición neta de los activos internacionales.

En consecuencia, para mantener estable el déficit de cuenta corriente, el déficit comercial debe reducirse. Y la única manera de que lo haga de manera sustancial es que caigan las importaciones netas, lo que requiere ya sea una baja relativamente brusca del dólar, aumentando con ello los precios de las importaciones, o una depresión en los EE.UU. Ambos resultados debilitarían la demanda de bienes extranjeros, al hacer que los estadounidenses se sientan demasiado pobres como para comprarlos.

Como resultado, quienes poseen activos denominados en dólares deberían estar atentos a dos escenarios alternativos. En uno, el valor del dólar será bajo; en el otro, EE.UU. caerá en una depresión. En ninguno de estos escenarios tiene mucho sentido hoy en día conservar grandes cantidades de estos activos, por lo que los especuladores extranjeros debieran arrojarlos al mercado en cualquier momento y, al hacerlo, provocar el declive del dólar que tanto temen.

Sin embargo, los especuladores en moneda extranjera y los inversionistas internacionales no están preparándose para ninguno de estos dos escenarios. Siguen manteniendo en su poder posiciones muy grandes en activos denominados en dólares, algo que no harían si pensaran que EE.UU. enfrentara el dilema de un dólar barato o una profunda depresión.

Entonces, ¿qué alternativa ve el mercado? ¿Y por qué es tan diferente de los escenarios posibles que ven los economistas financieros internacionales?

La respuesta parece ser que no hay nadie en los centros financieros de Nueva York, Londres, Tokio, Frankfurt y Hong Kong que piense que le corresponda apostar a un futuro alejamiento del dólar. Particularmente en tiempos de crisis (y una caída drástica de las importaciones implicaría una crisis mucho más grave para los exportadores asiáticos y europeos que para EE.UU.) el dólar es una divida a la que se recurre, no de la que uno huya.

George Soros puede apostar a un movimiento especulativo contra la libra inglesa. Las empresas tailandesas de importación y exportación pueden apostar a una corrida contra el baht, acelerando sus cartas de pago en dólares y demorando sus desembolsos en esta moneda. Cualquiera puede apostar a un movimiento contra el peso argentino, un deporte favorito de los especuladores financieros internacionales a lo largo del último siglo y medio. Pero no el dólar. No todavía.

En otras palabras, el mercado está apostando a que el dólar irá bajando gradualmente en los próximos cinco años, y que el déficit de cuenta corriente de EE.UU. disminuirá sin una crisis financiera. Eso es lo que ocurrió a fines de la década de los 80, y también a fines de los 70. Después de todo, se dice que Dios protege a los niños, a los locos, a los perros, y a los Estados Unidos de América. Sin embargo, las probabilidades de un aterrizaje suave disminuyen con cada día que pasa.

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