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La brecha en el mandato de la ONU

Las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU que se llevan a cabo actualmente en Líbano ofrecen una gran oportunidad para que la organización demuestre su relevancia e impacto en la escena mundial del siglo XXI. Ojalá los Estados miembros que dicen ser los mayores partidarios de la ONU la apoyaran económicamente con la misma intensidad.

Muchos líderes en el mundo, particularmente los de Europa, condenan la socavación de la ONU por parte de la administración Bush, especialmente desde 2003. Sin embargo, los líderes de Francia, que expresaron su indignación cuando los Estados Unidos pasaron por alto a la ONU e invadieron Irak sin la aprobación de la comunidad internacional, sorprendieron al mundo en agosto cuando retiraron su promesa de enviar 2,000 soldados al sur de Líbano y en cambio sólo mandaron 200.

Afortunadamente Francia está reconsiderando, Alemania dará asistencia naval limitada e Italia ha dicho que contribuirá con 3,000 efectivos. Pero la respuesta de Europa, como la de Estados Unidos en otros casos, resalta un asunto crítico para todos los partidarios de la ONU y de las instituciones internacionales en general. Si no podemos hacer lo necesario para que sean más efectivas, vamos a ver cada vez más que los países las van a ignorar.

La resolución 1701 del Consejo de Seguridad “insta a Israel y al Líbano a que apoyen una cesación del fuego permanente”. Eso, por lo tanto, sienta las bases para que los funcionarios de la ONU determinen las “reglas de conducta” para sus efectivos, que dictan cuándo y bajo qué circunstancias las tropas de la ONU pueden utilizar sus armas para defenderse. Pero como bien lo sabe la misma misión actual de la ONU en Líbano (FPNUL), el defenderse a sí mismo no es igual que protegerse del fuego hostil.

En este contexto, los franceses están comprensiblemente preocupados por la suerte de sus soldados, que tienen como misión apoyar al gobierno libanés en su esfuerzo por establecer un control sobre el sur que está controlado por Jezbolá. La terrible experiencia de mantenimiento de la paz de los franceses en Bosnia a principios de los años 1990, en la que Francia perdió a 84 soldados que trabajaban en una misión humanitaria bajo reglas de conducta restrictivas, justifica su temor.

Pero las reglas de conducta son sólo síntomas de un problema más grave. El problema real es la enorme brecha que hay entre la teoría y la práctica. En el punto más candente de una crisis internacional, el Consejo de Seguridad aprueba con gran alharaca resoluciones que establecen un “mandato” oficial de la ONU. Pero, entonces se deja al Secretario General, con la resolución en la mano, la tarea de pedir a los Estados miembros los recursos reales y tangibles necesarios para implementar lo que se ha ordenado. En la abrumadora mayoría de los casos, esos recursos se quedan muy cortos de lo que se requiere para que la intervención en la crisis tenga éxito.

Una revisión de los mandatos de la ONU de 2006 muestra que los Estados miembros de la organización adoptan cientos de mandatos cada año que confieren “responsabilidades adicionales sin los fondos ni la orientación" correspondientes sobre cómo deben utilizarse los recursos. En la política interna estadounidense, este tipo de mandatos del Congreso a los estados se conocen como “mandatos sin financiamiento” que exigen resultados sin otorgar los recursos necesarios para alcanzarlos. Es teatro político –grandes encabezados, pocos resultados.

La experiencia de la ONU en Líbano no es alentadora. Según el Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la organización, la FPNUL ha operado con un presupuesto anual de 94 millones de dólares y sufre de una falta crónica de presupuesto debido a que los Estados miembros no pagan sus contribuciones.

Ahora consideremos cuál es el mandato de la FPNUL ampliada bajo la resolución 1701: los efectivos tienen que supervisar el cese al fuego entre Israel y Jezbolá; apoyar y acompañar a las fuerzas armadas libanesas a medida que se despliegan en el sur de Líbano; asistir al gobierno libanés en asegurar las fronteras y puertos del país para evitar que las armas ilegales lleguen a manos de Jezbolá; y “ayudar a asegurar el acceso humanitario a la población civil y el regreso voluntario y en condiciones de seguridad de las personas desplazadas”. Esta es una tarea hercúlea. Pero un mes después de que se emitió la resolución, ni siquiera se han desplegado 5,000 efectivos.

Incluso si se pudieran obtener y desplegaran los 15,000 efectivos de la ONU, los retos en Líbano seguirán siendo ingentes. La ONU insiste en que la resolución 1701 no ordena a la organización desarmar a Jezbolá; casi ningún país, salvo Israel, está dispuesto a encargar esa tarea a sus soldados. Más bien, la labor recae en el gobierno libanés y sus fuerzas armadas que necesitan toda la ayuda que les pueda dar la comunidad internacional.

Este es sólo el aspecto militar de los esfuerzos de mantenimiento de la paz. La infraestructura libanesa –especialmente en el sur- ha sido diezmada. Se han destruido las casas y medios de vida. ¿Quién va a construir o reconstruir los hospitales? ¿Cómo se reconstruirá la infraestructura de las comunicaciones? ¿Quién va reparar los puentes y carreteras de Líbano?

La brecha en el mandato refleja la manera en que el mundo ha tratado con la ONU durante décadas –grandes promesas, pocos pagos, búsqueda de culpables cuando la organización fracasa. Pero ahora la comunidad internacional tiene una gran oportunidad para asegurar aunque sea un poco de paz, pero significativa, en Medio Oriente a lo largo de la volátil frontera entre Líbano e Israel. La forma en que los Estados miembros respondan ahora –especialmente aquéllos que creen en el propósito y valor de la ONU –podría ayudar a configurar los resultados de otros conflictos regionales actuales más amplios, en particular los de Irán y Siria, de quienes Jezbolá recibe apoyo.

La ONU proporciona el mecanismo para una respuesta global, pero como Kofi Annan reitera frecuentemente, la ONU no existe independientemente de sus Estados miembros. Depende de esos miembros –de todos nuestros gobiernos- proveer tanto la voluntad como los recursos necesarios. De otra manera, la ONU no es más que un mecanismo útil para repartir culpas políticas. Nuestro compromiso de llevar la paz a Medio Oriente o a Darfur o al Congo o a Kosovo o a Haití, no se mide por nuestras palabras sino por nuestras carteras. El mundo obtiene lo que paga.

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