Thursday, October 2, 2014
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La lucha por Siria

EL CAIRO – Conforme aumenta la violencia en Siria, la parálisis de la comunidad internacional se ha vuelto cada vez más discordante. Pero el papel de las fuerzas regionales externas es casi tan importante a la hora de alimentar el derramamiento de sangre doméstico como lo que está sucediendo internamente. Si Siria pudiera liberarse de las influencias negativas de la política regional, un cambio genuino sin una violencia continua podría tornarse posible.

Siria necesita controlar su composición étnica y religiosa diversa, y definirse por una postura en el conflicto árabe-israelí. Pero eso resulta más difícil cuando los países vecinos están explotando la conformación heterogénea del país para perseguir sus propias agendas hegemónicas.

Siria, después de todo, se encuentra en el centro de fuerzas geopolíticas poderosas y antagonistas. Al este asoma Irán, con su anti-norteamericanismo, su retórica anti-occidental y sus vastas ambiciones regionales. Al sur se encuentra Arabia Saudita, con su larga amistad con Estados Unidos y su hostilidad inherente hacia la República Islámica de Irán. Y al norte está Turquía, un país pro-europeo, ampliamente secular y democrático que intenta ejercer influencia en todo el mundo árabe.

La región en Siria y sus alrededores también está poblada por grupos islamistas extremistas que intentan expandir sus esferas de influencia -y que capitalizan rápidamente la inestabilidad de cualquier país-. Siria es particularmente vulnerable en este sentido, ya que los extremistas incitan a la violencia contra grupos religiosos minoritarios usando, por ejemplo, los canales de televisión en Arabia Saudita y Siria.

El actual régimen en Siria, con su intento despiadado de quedare en el poder, se niega a reconocer las demandas de libertad y dignidad de los manifestantes pacíficos. Si lo hiciera -y si satisficiera esas demandas- los islamistas no podrían adueñarse de las manifestaciones.

No obstante, en Siria se puede alcanzar un cambio pacífico, y la comunidad internacional puede influir en ese proceso reconociendo que su interés continuo en la "complejidad" del país no hace nada por su pueblo. De hecho, la obsesión con las rivalidades sectarias de Siria les da a las fuerzas externas desestabilizadoras el oxígeno que exige su retórica inflamatoria.

La instigación contra las minorías religiosas sirias promulgada por los canales de televisión extremistas, y por gente como el juez titular del Consejo Judicial Supremo de Arabia Saudita, sumada a un comportamiento igualmente perjudicial por parte de Irán, si no se logra controlarlo, podría resultar en un derramamiento de sangre mucho peor, y en que el pueblo de Siria sea arrastrado a una guerra de todos contra todos.

La comunidad internacional permitió que el cambio en Túnez y Egipto se produjera al propio ritmo de esos países. En Siria, una intervención militar al estilo de Libia no está justificada, pero es necesaria una intervención diplomática para permitirle a la gente del país decidir su futuro.

El objetivo de la comunidad internacional debe ser el de persuadir a los países vecinos de poner fin a sus ataques descarados e injustificados a partes de la sociedad siria. En particular, Estados Unidos, que ejerce una influencia considerable en Arabia Saudita, debe tomar medidas para frenar los ataques por parte de los extremistas de ese país a las minorías religiosas de Siria -ataques motivados simplemente por el deseo de provocar un conflicto sectario-. De la misma manera, los esfuerzos por debilitar la influencia perjudicial de Irán en la región deben mantenerse, a la vez que se deben tener en mente las ambiciones regionales de Turquía.

El optimismo sobre el futuro del pueblo sirio debe mitigarse por el realismo sobre los desafíos que enfrentan el movimiento opositor de Siria y la comunidad internacional por igual. Un cambio dramático y rápido podría resultar en un fracaso prolongado. Afortunadamente, los sirios no tienen predilección por la violencia. Para ellos, el cambio pacífico y gradual es la mejor opción. Y eso exige un diálogo nacional, supervisado por la comunidad internacional, destinado a fomentar la unidad interna -y, en consecuencia, proteger al país de la interferencia regional.

En general -y con justicia- a Siria se la describe como un campo de juego intrincado y multidimensional con una amplia variedad de actores políticos e intereses encontrados. Pero no se le ha prestado la atención adecuada al simple deseo del pueblo sirio de una reforma genuina, una mayor libertad personal y más oportunidad económica.

Los sirios experimentaron una dictadura ininterrumpida durante 40 años y, con ella, penurias económicas extremas, que incluyen un alto desempleo, precios de alimentos en alza y una corrupción endémica. También hoy padecen una escasez de agua y un déficit presupuestario exacerbado por los ingresos menguantes provenientes del petróleo. Pero los sirios son un pueblo considerablemente resistente y emprendedor, así como joven y bien educado.

Con ayuda internacional en las instituciones democráticas y la infraestructura política de Siria, podemos construir una sociedad civil robusta que pueda afirmar su propia identidad y soberanía, independiente de una influencia externa indebida. Una nueva Siria, basada en principios democráticos, no sólo beneficiaría a los sirios, sino que sería una fuerza de estabilidad en toda la región.

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