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Las no tan Naciones Unidas

La buena noticia para Ban Ki-moon es que se ha convertido en secretario general de las Naciones Unidas en un momento en que las perspectivas de conflicto entre las grandes potencias mundiales -Estados Unidos, China, Japón, Rusia, Europa y la India- son remotas. La mala noticia es que las perspectivas de cualquier otro tipo de conflicto son elevadas, y la agenda internacional está cargada y es muy exigente.

Ban tiene que empezar con una evaluación fría y dura de su nuevo puesto. Un secretario general de las Naciones Unidas es más secretario que general. No puede dar órdenes. No es lo mismo que ser presidente o gerente general. Tiene más influencia que poder.

Es más, el poder en la ONU está dividido, no simplemente entre el Consejo de Seguridad y la Asamblea General, sino principalmente entre los 192 miembros y la ONU misma. La ONU está conformada por Estados soberanos, pero no es soberana en sí misma y no puede actuar como si lo fuera.

Más que cualquier otra cosa, la ONU refleja la capacidad de las principales potencias (sobre todo, Estados Unidos, China, Rusia, Francia y el Reino Unido, los cinco miembros permanentes con derecho a veto del Consejo de Seguridad) para ponerse de acuerdo -y respaldar sus acuerdos con recursos-. Cuando están dispuestos a hacerlo y pueden hacerlo, la ONU puede marcar una diferencia; cuando no lo están, la ONU puede actuar sólo de una manera limitada, si es que puede hacerlo, más allá de lo que quiera el secretario general.

Consideremos el caso de Darfur. En general, el mundo permaneció inmóvil frente al genocidio. Este no es tanto un fracaso de la ONU o del secretario general como el reflejo de la realidad de que las principales potencias están divididas. China se aferra a la idea de una soberanía que les permita a los gobiernos una libertad de acción dentro de sus fronteras. En el mundo de hoy, una definición de soberanía tan incondicional es inadecuada.

Sin embargo, la realidad es que todo el tiempo que se pueda pasar negociando en Nueva York no cambiará las cosas. Lo que importa son las instrucciones enviadas desde Beijing al embajador de la ONU en China. En este caso, Ban necesita pasar tiempo en la capital de China, argumentando a favor de la idea de que los gobiernos tienen la responsabilidad de proteger a sus ciudadanos y que cuando no lo hacen (como claramente es el caso del gobierno de Sudán), pierden el derecho a algunas de las ventajas que normalmente están asociadas con la soberanía.

Ban no puede simplemente reformar el Consejo de Seguridad para que refleje mejor las realidades de esta época. Pero sí puede defender la idea de que países como Japón, India, Alemania y otros merecen una posición realzada en el organismo más importante de la ONU, una posición más acorde a su poder y estatus. Nuevamente, lo que está refrenando a la ONU no es la ONU misma, sino sus principales miembros, que no se pueden poner de acuerdo sobre qué cambios son necesarios.

Ban también puede argumentar a favor de que no existe nada en el mundo de hoy que justifique el terrorismo -definido como el daño intencional contra civiles cometido con fines políticos-. Es necesario persuadir no sólo a los gobiernos sino a los líderes religiosos entre otros de que denuncien el terrorismo, deshonrando y deslegitimando a quienes lo perpetran. El secretario general está facultado para manifestar esto a viva voz y repetidas veces.

Existen otras dos áreas donde los cambios prácticos son alcanzables y deseables. Ban debería respaldar la creación de una dependencia internacional que les ofrezca a los gobiernos acceso (no control físico) a uranio y plutonio enriquecido para la generación de energía eléctrica. Una innovación de este tipo ayudaría a frenar la propagación de materiales y armas nucleares y, al mismo tiempo, serviría para distanciarse del uso de petróleo y gas, reduciendo, en el proceso, el calentamiento global.

La otra área tiene que ver con mantener la paz. Establecer una importante fuerza internacional fija bajo el control de la ONU es imposible y tal vez no sea óptimo. Pero ofrecer incentivos para que los gobiernos mantengan este tipo de fuerzas en un alto nivel de alerta y fijar normas para el equipamiento, entrenamiento y profesionalismo es algo que la ONU puede y debería hacer.

Todas estas sugerencias subrayan lo que podría ser el activo más importante de cualquier secretario general: su voz. Lo que Ban elija decir, y cómo y dónde lo diga, puede mejorar su influencia. Con el tiempo, una mayor influencia le permitirá que se hagan más cosas.

Todo esto será especialmente importante ahora, dada la situación de Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, pero con una relación muchas veces difícil con la ONU. Las encuestas de opinión indican una buena dosis de apoyo a la ONU entre los norteamericanos. Pero también existe una profunda desconfianza de la ONU entre segmentos de la población y ciertas élites.

Nuevamente, un buen consejo para Ban sería que saliera de Nueva York y pasara más tiempo en la capital y en todo el país. Estados Unidos necesita y le saca provecho a un multilateralismo efectivo en un mundo global, en el que un país por sí solo no puede enfrentar todos los retos. Estados Unidos tiene una necesidad especial de una cooperación internacional efectiva, ahora que está exigido militar, económica y políticamente debido a sus políticas hacia Irak y Afganistán. Contribuir a la creación de una relación más productiva entre la organización internacional más importante del mundo y su miembro más poderoso no sería un logro menor.

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