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La inevitabilidad de la democracia china

Hace 15 años, Fang Hongin protestaba en la Plaza Tiananmen. Años después, en Beijing, dirigía uno de los programas más populares de TV, donde cada semana ponía a prueba los límites de la indulgencia de las autoridades. Actualmente dirige TV Dragón, la principal televisora de Shangai, y de los rascacielos de la ciudad cuelgan anuncios con su rostro.

Hu Shuli pertenece a la misma generación: la periodista a quien el Economist llama "la mujer más peligrosa de China" dejó su primer trabajo en la prensa del Partido para editar Caijng , una revista financiera que publica artículos sobre corrupción y desenmascara a empresarios y funcionarios públicos.

Sin embargo, sería un error interpretar estos experimentos con una prensa libre como signos de que la democracia en China está cerca. El Partido permite que Caijng revele la corrupción porque le ayuda a detener la enfermedad más grave del país. "El primer derecho civil es salir de la pobreza", dice Yongtu Long, uno de los negociadores de China en la OMC. "En 15 años hemos sacado a 200 millones de personas de la pobreza; 700 millones de chinos actualmente tienen acceso a la electricidad, un lujo desconocido hace 15 años. Por eso nuestra prioridad es el crecimiento. Francamente todo lo demás es menos importante".

No obstante, el crecimiento, en efecto, sólo significa sacar a la gente de la pobreza. Hace 25 años, China tenía una sociedad más igualitaria que Suecia; hoy existen enormes desigualdades entre la ciudad y el campo, entre las provincias de occidente y las del litoral del Pacífico, y al interior de las ciudades, lo que atrae un flujo constante de ex campesinos en busca de empleo. En efecto, la distribución del ingreso en China hoy en día se parece más a la de Brasil que a la de Suecia.

Pero una mayor desigualdad también significa mayores oportunidades: hacerse rico en China sigue siendo muy difícil, pero ya no es imposible -basta con entrar a uno de los bares en el centro de Shangai para darse cuenta. La desigualdad puede aceptarse, pero no si es fruto de la corrupción, y ese sigue siendo el principal problema social de China, que el Partido no ha logrado erradicar, a pesar de las revelaciones de Caijng y de la pena de muerte.

¿Puede China realmente prescindir de la democracia? Hace unos años, Fareed Zakaria, en ese entonces editor de Foreign Affairs , argumentaba en contra de la prioridad que normalmente se le asigna a la democracia definida simplemente como la posibilidad de escoger líderes políticos mediante elecciones libres. "Las elecciones no sirven de gran cosa si los gobiernos democráticamente electos limitan la libertad de prensa y la independencia del poder judicial".

"Ciertamente hay más libertad en Shangai que en Moscú", dice una profesora de la Universidad Tsinghua de Beijing, respaldando lo que dice Zakaria. Tal vez tenga razón, aunque la India nos recuerda que a veces las elecciones son un mecanismo poderoso y efectivo para corregir el rumbo de un país. La economía de la India está creciendo casi a la misma velocidad que la de China, con un aumento similar de la desigualdad y, en cierta medida, de la corrupción. Pero los electores indios se han manifestado en contra de este modelo. Como resultado, es probable que la economía del país se desacelere.

Es difícil decir si eso es bueno o malo. Probablemente sea malo en el corto plazo, pero a largo plazo ¿quién sabe? El caso es que preguntas como "¿Acaso estamos creando demasiada desigualdad?" ni siquiera se pueden plantear en China. El resultado es que cuando un problema se sale de control la respuesta llega tarde y es dramática. Por eso China no puede relegar el problema de su transición a la democracia.

La democracia no sólo es un mecanismo para ayudar a prevenir errores estratégicos. Existe una razón mucho más mundana por la que muchos, incluso al interior del Partido, creen que la transición democrática ya es inevitable: el Partido sencillamente está perdiendo el control del país.

Deng Xiaoping fue el último líder chino que tuvo autoridad incuestionable para tomar decisiones de política pública. Actualmente el buró político del Partido tiene más de 20 miembros y cada resolución debe tomarse por unanimidad. Las decisiones más importantes exigen un consenso aún mayor, de hasta 3,000 personas. Por ejemplo, hoy en día la actividad principal del Partido es preparar los borradores de los documentos que se habrán de aprobar en el próximo congreso, programado para el otoño de 2007.

La diferencia entre el ritmo de la economía y el del Partido significa que el país funciona cada vez más por sí mismo. Al igual que en el pasado, cuando una dinastía se debilita, las provincias toman sus propias decisiones. Incluso desacelerar la economía es difícil: ante la falta de un sistema financiero eficiente, el crecimiento del crédito se tiene que controlar directamente a través de los bancos. Pero el director de la sucursal Guangzhou del Banco Constructor de China, el mayor del país, consulta al líder del Partido en su provincia antes de ejecutar las directrices que recibe de la oficina matriz del banco en Beijing.

Tomando en cuenta esas dificultades, hay personas al interior del Partido que admiten que "sólo hay un camino a seguir: que alguien se haga cargo, sin importar cómo sea electo, siempre y cuando se recupere una capacidad eficaz de toma de decisiones". Así, puede ser que la transición democrática de China esté más cerca de lo que muchos piensan. Pero si sucede, no será el resultado de experimentos populares en pueblos y aldeas; más bien, será una transición manejada por las élites, que tendrán cuidado de conservar el control del gobierno. Esta es la única condición bajo la que el Ejército de Liberación Popular y la todopoderosa Comisión Militar aceptarán la democratización.

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