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La excepción india

NUEVA DELHI – La ratificación por parte del Congreso norteamericano del histórico Acuerdo Nuclear entre India y Estados Unidos marca un nuevo desarrollo notorio en los asuntos mundiales. Inicialmente firmado en julio de 2005, el acuerdo es un hito importante en la creciente relación entre las democracias más antiguas y más grandes del mundo.

Ese acuerdo señala el reconocimiento de lo que puede llamarse “la excepción india” -una decisión por parte de la única superpotencia del mundo, junto con todas las demás naciones involucradas en comercio de materiales nucleares, de vender este tipo de materiales a la India, a pesar de la negativa por parte de la India a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear y sus dos pruebas nucleares.

La negativa de la India a firmar el TNP se basó en una cuestión de principios, ya que el TNP es el último vestigio del apartheid en el sistema internacional, al otorgarle como lo hace a cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el derecho a ser estados con armas nucleares mientras le niegan el mismo derecho a otros. La postura moral sobre el TNP que tiene la India, un defensor de larga data del desarme nuclear global, goza de un respaldo casi unánime dentro del país. Su programa de armas también es respaldado ampliamente (aunque el apoyo diste de ser universal) fronteras adentro como un imperativo de seguridad en un vecindario peligroso.

A diferencia de Irán y Corea del Norte, que firmaron el TNP y después violaron sus cláusulas a través de programas de armas nucleares clandestinos, la India abiertamente persiguió su propio desarrollo nuclear, y tiene antecedentes estelares de no proliferación, ya que nunca exportó su tecnología ni filtró un secreto nuclear. Es más, su programa nuclear está bajo estricto control civil.

Todo esto se reconoce implícitamente en el recientemente ratificado acuerdo entre la India y Estados Unidos, que sobrevivió a duras negociaciones bilaterales, a una codificación de sus cláusulas en la ley norteamericana y a una aprobación unánime en agosto por parte de la Junta de Gobernadores de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Finalmente, el Grupo de Proveedores Nucleares conformado por 45 países, a instancias de la administración Bush, siguió el ejemplo de la AIEA de manera incondicional.

La acción del Congreso de Estados Unidos fue el último acto de un drama extenso y allanó el camino para que las compañías norteamericanas licitaran por contratos nucleares indios, un área en la que enfrentarán una dura competencia de parte de Francia y Rusia. Sin embargo, debería considerarse el principal significado del acuerdo en términos de la floreciente relación indo-norteamericana. Alejados durante la Guerra Fría por el respaldo norteamericano al liderazgo de Pakistán y la India del movimiento no alineado, los dos países se han acercado cada vez más durante la última década.

El comercio bilateral está en apogeo. Las empresas norteamericanas han quintuplicado sus inversiones en la India en la última década. Los indios están leyendo resonancias magnéticas a pacientes norteamericanos, ofrecen apoyo desde centros de llamadas a consumidores norteamericanos y proporcionan servicios de investigación y desarrollo de nivel mundial a empresas norteamericanas. Las encuestas repetidamente revelaron que la India es uno de los pocos países en desarrollo del mundo donde todavía se tiene una opinión elevada de Estados Unidos.

La India también se ha convertido en una presencia más visible en Estados Unidos. En las universidades norteamericanas, hay más estudiantes indios que de cualquier otra nacionalidad extranjera. Los éxitos de la creciente población indo-norteamericana la han convertido en una minoría influyente en Estados Unidos, que incluye miles de médicos y enfermeros, profesionales innovadores de Silicon Valley (uno de los cuales inventó el chip Pentium, mientras que otro creó el Hotmail), los CEOs de Citigroup y Pepsi, dos astronautas norteamericanos y el joven gobernador de Louisiana -además de taxistas, empleados de gasolineras y vendedores de tiendas de artículos varios que están abiertas toda la noche.

Hay cada vez más clínicas de yoga en todo el país, los restaurantes indios brotan como hongos en las zonas más remotas de la ciudad y los DVDs de Bollywood encontraron fanáticos norteamericanos inesperados. El lugar que ocupa la India en la conciencia de Estados Unidos es fundamentalmente diferente de lo que era hace media generación.

Claramente, tanto la administración Bush como el Congreso norteamericano reconocieron esta sociedad cada vez más sólida cuando aprobaron el Acuerdo Nuclear entre India y Estados Unidos. Hubo, obviamente, oposición al acuerdo al interior de ambos países. En Estados Unidos, los “ayatollahs de la no proliferación”, que hipócritamente consideran las armas nucleares un mal absoluto excepto cuando están en sus propias manos, hicieron campaña en su contra. En la India, los partidos tanto de izquierda como de derecha se opusieron a él -los primeros, con el argumento de que hipotecaba la política exterior de la India a Estados Unidos, y los segundos diciendo que no era lo suficientemente contundente a la hora de preservar la independencia nuclear de la India.         

Sin embargo, como sucede con todos los buenos acuerdos, éste es una victoria para todos: ayuda a la India a lidiar con las escaseces energéticas agobiantes al triplicar su capacidad generadora de energía nuclear, y ofrece a las empresas norteamericanas importantes oportunidades de negocios de venta de reactores y tecnología nuclear. Es más, al someter las instalaciones nucleares civiles de la India a inspecciones internacionales, logra un importante objetivo de política exterior de Estados Unidos: hace entrar a la India al redil de la no proliferación mundial. Y no hay duda de que el hecho de ayudar a la India a crecer le valdrá a Estados Unidos ganarse la gratitud de la democracia de libre mercado más grande del mundo.

El acuerdo no transformará la situación energética de la India de la noche a la mañana, ni terminará con la dependencia del país de las costosas importaciones de combustible. Pero su sanción confirma que la relación de Estados Unidos con la India promete ser una de las más estrechas y estratégicamente más importantes de Estados Unidos en el siglo XXI. Mientras Estados Unidos lucha con una crisis financiera y se empantana en Oriente Medio y Asia central, la firma de este acuerdo con la India puede ser uno de los únicos logros perdurables de política exterior de la vapuleada administración Bush.

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