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Para adoptar el desarrollo sostenible

HELSINKI/JOHANNESBURGO – El mundo sigue una vía insostenible y debe urgentemente avanzar por un rumbo diferente, que incluya las preocupaciones por la equidad y por el medio ambiente en las actividades económicas generales. Para ello, debemos poner en práctica ahora el desarrollo sostenible, no a pesar de la crisis, sino por ella.

Actualmente, nuestros imperativos son muchos. Las economías se tambalean, los ecosistemas están asediados y la desigualdad –dentro de los países y entre ellos– está aumentando desmesuradamente. Vistos en conjunto, son síntomas que comparten una causa principal: los intereses especulativos y con frecuencia estrechos de miras han substituido a los intereses comunes, las responsabilidades comunes y el sentido común.

Como copresidentes que somos del Grupo de alto nivel de las Naciones Unidas sobre la sostenibilidad mundial, el Secretario General de las NN.UU., Ban Ki-moon, nos ha pedido que colaboremos con veinte de los más eminentes dirigentes del mundo para que abordemos estas cuestiones. Nuestra tarea está clara: hacer propuestas sobre cómo ofrecer mayores oportunidades a más personas y con menos consecuencias para nuestro planeta.

Hace un cuarto de siglo, en el informe Bruntland, que llevaba el nombre de la Primera Ministra de Noruega Gro Bruntland, se pidió un nuevo paradigma de desarrollo sostenible. En él se declaraba que el crecimiento económico duradero, la igualdad social y la sostenibilidad medioambiental son interdependientes. El bienestar humano depende de su integración,

Estamos convencidos no sólo de que esa concepción es sólida, sino también de que resulta más pertinente que nunca. Ahora tenemos que poner en práctica la teoría incorporando el desarrollo sostenible en las actividades económicas generales y expresando con claridad los costos de la acción –y la inacción– actualmente y en el futuro.

En 2030, con el aumento de la población humana y de sus afanes, el mundo necesitará al menos un 50 por ciento más de alimentos, un 45 por ciento más de energía y un 30 por ciento más de agua. Nuestro planeta se está acercando a puntos de inflexión determinados científicamente o incluso superándolos, lo que tiene consecuencias graves para la gestión de los bienes mundiales comunes y para reducir la pobreza: para que los países en desarrollo hagan realidad sus legítimas aspiraciones de crecimiento, necesitaran más tiempo, además de más apoyo financiero y tecnológico, con miras a hacer la transición a la sostenibilidad.

Sin embargo, seguimos siendo optimistas. La democracia representativa es actualmente la forma predominante de gobierno en el mundo. Los avances de la ciencia nos han brindado una mejor comprensión del clima y los riesgos para el ecosistema. Miles de millones de personas están conectadas por tecnologías que han vuelto más pequeño el mundo y han ampliado la idea de una vecindad mundial. Creemos que podemos acopiar el talento y la voluntad para elegir nuestro futuro, en lugar de lo contrario.

El riesgo mayor radica en la continuación de nuestra vía actual. En 2030, un niño nacido este año llegará a la mayoría de edad. No podemos hipotecar su futuro para pagar una forma de vida intrínsecamente insostenible e injusta.

Así, pues, ¿cómo hemos de comenzar a afrontar el inmenso imperativo de reorganizar nuestra economía mundial, preservar el medio ambiente y ofrecer mayores oportunidades y equidad, incluida la igualdad entre los sexos, para todos? El informe del Gupo de alto nivel, Una población resistente, un planeta resistente, ofrece propuestas.

En primer lugar, tenemos que fijar el valor y el precio de lo que importa. El mercado debe reflejar todos los costos ecológicos y humanos de las decisiones económicas y establecer señales de precios que vuelvan transparentes las consecuencias de la acción… y de la inacción. La contaminación –incluidas las emisiones de carbono– no debe seguir siendo gratuita. Se deben volver transparentes las subvenciones que distorsionan el comercio y los pecios y suprimir progresivamente las relativas a los combustibles fósiles de aquí a 2020. También debemos crear formas nuevas de calibrar el desarrollo, además de mediante el PIB, y proponer un nuevo índice de desarrollo sostenible de aquí a 2014.

En segundo lugar, debemos colocar la ciencia en el centro de la sostenibilidad. Vivimos en una era de repercusiones humanas sin precedentes en el planeta, acompañadas de un cambio tecnológico sin precedentes. La ciencia debe indicar la vía para una adopción de políticas más informada e integrada, incluidas las relativas al cambio climático, la diversidad biológica, la gestión de los océanos y las costas, las escaseces de agua y alimentos y los “límites” planetarios (los umbrales científicos que determinen un “espacio seguro de actuación” para la Humanidad). Para que se vea el panorama general, proponemos unas perspectivas de la sostenibilidad mundial que integren el conocimiento en todos los sectores y las instituciones.

En tercer lugar, tenemos que ofrecer incentivos para que se adopte la perspectiva a largo plazo. La tiranía de la urgencia nunca es más absoluta que durante los tiempos difíciles. Debemos situar el pensamiento a largo plazo por encima de las exigencias a corto plazo, tanto en el mercado como en el ámbito electoral.

Se deben utilizar estratégicamente unos fondos públicos limitados para desencadenar unas corrientes mayores de inversión privada, compartir los riesgos y aumentar el acceso a los elementos básicos de la prosperidad, incluidos los servicios energéticos modernos. Los objetivos de desarrollo del Milenio de las NN.UU., encaminados, entre otras cosas, a reducir a la mitad la pobreza mundial de aquí a 2015, nos han resultado útiles. Los gobiernos deben formular un conjunto de objetivos de desarrollo sostenible universalmente aplicables a partir de 2015 que puedan galvanizar la adopción de medidas a largo plazo, independientemente de los ciclos electorales.

En cuarto lugar, debemos prepararnos para una travesía accidentada, porque el clima extremo, la escasez de recursos y la inestabilidad de los precios han llegado a ser la “nueva normalidad”. Debemos fortalecer nuestra capacidad de resistencia fomentando la reducción de los riesgos de desastre y la adaptación a ellos y redes de seguridad sólidas para los más vulnerables. Se trata de una inversión en nuestro futuro común.

En quinto lugar, reviste importancia decisiva la equidad y la oportunidad. La desigualdad y la exclusión de las mujeres, los jóvenes y los pobres socavan el crecimiento mundial y amenazan con desbaratar el pacto entre la sociedad y sus instituciones. La emancipación de las mujeres puede rendir beneficios enormes, entre otras cosas para la economía mundial.

La tarea de velar por que los países en desarrollo dispongan del tiempo –y el apoyo financiero y tecnológico– para hacer la transición al desarrollo sostenible beneficia en última instancia a todos. El fomento de la equidad y la eliminación de la exclusión es lo que más oportuno y lo más inteligente en pro de una prosperidad y una estabilidad duraderas.

Ningún grupo de expertos, incluido el nuestro, tiene respuestas para todos los problemas, pero, si cooperamos todos, podemos contribuir a dirigir nuestro mundo por un rumbo más seguro, equitativo y próspero. Hacemos un llamamiento a los dirigentes de todos lo sectores de la sociedad para que se nos unan. La necesidad es urgente; la oportunidad, inmensa. No la desaprovechemos.