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El fracaso de la militarizada política exterior americana

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2007-11-22

Muchas de las zonas actuales de guerra –incluidos el Afganistán, Etiopía, el Irán, el Iraq, el Pakistán, Somalia y el Sudán– comparten problemas básicos que están en la raíz de sus conflictos. Todas ellas son pobres, están sacudidas por desastres naturales –en particular, inundaciones, sequías y terremotos– y tienen una población en rápido crecimiento que presiona sobre la capacidad de la tierra para alimentarla. Además, la proporción de su juventud es muy elevada y rebosan de jóvenes en edad militar (de edades comprendidas entre 15 y 24 años).

Sólo mediante un desarrollo económico sostenible a largo plazo se pueden resolver todos esos problemas. Sin embargo, los Estados Unidos, al intentar abordar todos los conflictos por medios militares, persisten en reaccionar ante los síntomas y no ante las condiciones subyacentes. Respaldan al ejército etíope en Somalia. Ocupan el Iraq y el Afganistán. Amenazan con bombardear el Irán. Apoyan la dictadura militar en el Pakistán.

Ninguna de esas acciones militares aborda los problemas que provocan conflictos en primer lugar. Al contrario, las políticas americanas suelen agravar la situación en lugar de resolverla.

Una y otra vez, ese planteamiento militar vuelve a asediar a los Estados Unidos. Este país se puso de parte del Sha del Irán al enviarle armamento en gran escala, que cayó en manos del gobierno revolucionario iraní en 1979. Después los EE.UU. respaldaron a Sadam Husein en su ataque al Irán hasta que acabaron atacando al propio Sadam. Los EE.UU. respaldaron a Osama ben Laden en el Afganistán contra los soviéticos hasta que acabaron luchando contra él. Desde 2001, los EE.UU. han apoyado a Pervez Musharraf en el Pakistán con más de 10.000 millones de dólares y ahora afrontan un régimen inestable que apenas si sobrevive.

La política exterior de los EE.UU. es tan ineficaz porque se han hecho cargo de ella los militares. Incluso la reconstrucción posterior a la guerra en el Iraq bajo la ocupación encabezada por los EE.UU. fue dirigida por el Pentágono y no por organismos civiles. El presupuesto militar de los EE.UU. domina todos los aspectos de la política exterior. Sumando los presupuestos del Pentágono, las guerras del Iraq y del Afganistán, el Departamento de Seguridad Interior, los programas de armas nucleares y las operaciones de ayuda militar del Departamento de Estado, los EE.UU. gastarán este año unos 800.000 millones de dólares en seguridad, en comparación con los menos de 20.000 millones de dólares dedicados al desarrollo económico.

En un artículo sensacional sobre la ayuda al Pakistán durante el gobierno de Bush, Craig Cohen y Derek Chollet demostraron el carácter desastroso de ese planteamiento militarizado… incluso antes de que el vacilante régimen de Musharraf adoptara las últimas medidas represoras. Muestran que, pese a que el Pakistán afronta enormes problemas de pobreza, población y medio ambiente, el 75 por ciento de los 10.000 millones de dólares de ayuda americana han ido destinados al ejército pakistaní, al parecer para reembolsar al Pakistán su contribución a la “guerra contra el terror” y para ayudarlo a comprar F-16 y otros sistemas de armamento.

Otro 16 por ciento fue directo al presupuesto pakistaní, nada que objetar. Para el desarrollo y la asistencia humanitaria, quedó menos del 10 por ciento. La ayuda anual de los EE.UU. para la educación en el Pakistán ha ascendido a tan solo 64 millones de dólares, es decir, el 1,16 por niño en edad escolar.

Los autores observan que “ya en fecha temprana la formulación de la orientación estratégica para el Pakistán corrió a cargo de un círculo reducido en la cima del gobierno de Bush y se ha centrado en gran medida en el esfuerzo bélico más que en la situación interna del Pakistán”. También subrayan que “la aportación de los EE.UU. al Pakistán está muy militarizada y centralizada y muy poco de ella llega a la inmensa mayoría de los pakistaníes”. Citan estas palabras de George Bush: “Cuando [Musharraf] me mira a los ojos y dice… que no habrá talibanes y no habrá Al-Qaeda, lo creo, ésa es la verdad”.

Ese planteamiento militarizado está conduciendo al mundo a una espiral descendente de violencia y conflictos. Todos los nuevos sistemas de armamento “vendidos” o entregados a esa región multiplican las posibilidades de extensión de la guerra y nuevos golpes militares y de que las armas se vuelvan contra los propios EE.UU. Nada de eso ayuda a abordar los problemas subyacentes de pobreza, mortalidad infantil, escasez de agua y falta de medios de vida en lugares como la Provincia Nordoccidental Fronteriza del Pakistán, la región sudanesa de Darfur o Somalia. Esos lugares rebosan de personas que afrontan una tensa y apurada situación de escasez de lluvias y pastizales degradados. Naturalmente, muchos se adhieren a las causas radicales.

El gobierno de Bush no reconoce esas amenazas demográficas y medioambientales básicas ni que los 800.000 millones de dólares de gasto en seguridad no aportarán riegos al Afganistán, al Pakistán, al Sudán y a Somalia, por lo que no aportarán la paz. En lugar de ver a personas reales en crisis, ven caricaturas, un terrorista a la vuelta de todas las esquinas.

Sólo cuando los americanos y otros empiecen a ver las cosas con los ojos de sus supuestos enemigos y comprendan que los conflictos actuales, al ser resultado de la desesperación y la desesperanza, se pueden resolver mediante el desarrollo económico en lugar de la guerra, será posible un mundo más pacífico. Tendremos paz cuando prestemos atención a las palabras del Presidente John F. Kennedy, quien, unos meses antes de su muerte, dijo: “Pues, en última instancia, nuestro vínculo más básico es el de que todos vivimos en este pequeño planeta. Todos respiramos el mismo aire. A todos nos preocupa mucho el futuro de nuestros hijos y todos somos mortales”.

Jeffrey Sachs es profesor de Economía y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia.

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AUTHOR INFO

Jeffrey D. Sachs is Professor of Economics and Director of the Earth Institute at Columbia University. He is also Special Adviser to United Nations Secretary-General on the Millennium Development Goals.