Thursday, October 2, 2014
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El destino del hombre/La esperanza del hombre

Desde hace ya algún tiempo (ciertamente desde los ataques terroristas en contra de los EU del 11 de septiembre de 2001, y antes, cuando veíamos por televisión las matanzas en Kosovo, Sarajevo, Srebrenica, Ruanda y el Congo) las noticias han estado saturadas con la guerra y los rumores sobre la guerra, con las muertes violentas y las amenazas de muertes violentas. Todo el mundo, en todas partes, está muy consciente del poder de nuestras armas. Desde los misiles con cabezas nucleares hasta los camiones llenos de fertilizante o los explosivos en la cintura, hemos utilizado nuestra tecnología para amplificar la parte oscura de nuestra naturaleza como especie violenta (y ni siquiera propiamente depredadora).

De ninguna manera quiero minimizar o descartar esta faceta de la historia de la humanidad y de los acontecimientos actuales. No quiero que nadie se olvide de que a lo largo de menos de la mitad de los años que formaron el siglo pasado (desde el inicio de la Primera Guerra Mundial hasta la hambruna que siguió al “Gran Salto hacia Adelante” de Mao) los seres humanos mataron a aproximadamente una de cada diez personas en este planeta disparándoles, gaseándolas, apuñalándolas, quemándolas o privándolas de alimentos.

Pero eso no es todo. En efecto, los mataderos humanos del siglo veinte (e incluso los que varios están preparando actualmente) podrían no ser, desde la perspectiva del futuro, la parte más importante de nuestra experiencia y de nuestra condición, o de lo que nuestros descendientes consideren como su historia. Para ellos, las características más importantes de nuestra experiencia podrían ser:

· Lo que los demógrafos de la ONU prevén que será el fin de la explosión poblacional: el cese del crecimiento de la población al llegar a aproximadamente 10 mil millones hacia mediados de este siglo.

· La llegada de un mundo verdaderamente humano a medida que el número de quienes viven de la agricultura de subsistencia, o cuyos salarios se mantienen a niveles de agricultura de subsistencia por las presiones sobre el mercado laboral que ejercen quienes migran del campo a las atestadas ciudades, se reduce a una pequeña fracción de las poblaciones.

Durante la mayor parte del siglo veinte, grandes porciones del mundo permanecieron extremadamente pobres debido a una o más de cuatro razones relacionadas entre sí: (1) gobiernos criminalmente mal administrados; (2) falta de maquinaria para hacer algo útil y productivo en la economía mundial además de la agricultura de subsistencia y el trabajo no calificado en el sector servicios; (3) carencia de los sistemas de educación pública necesarios para darle a la gente alfabetización y las capacidades para operar las máquinas; y (4) barreras (legales y físicas) que impidieron que la gente en zonas donde la demanda era baja vendiera el producto de su trabajo donde la demanda era alta.

Pero a lo largo de la última parte del siglo veinte, esas cuatro causas de la pobreza extrema han ido desapareciendo. Gobiernos tan malos como el de Kim Jong Il en Corea del Norte son ya muy raros. Casi todos los países del mundo están cuando mucho a una generación de alcanzar la alfabetización casi universal. El acelerado ritmo del progreso tecnológico ha creado una gran variedad de invenciones e innovaciones que están al alcance de cualquier país que pueda enviar a alguien a obtener una maestría en ingeniería.

Más importante aún, las barreras para producir bienes y servicios en Mauricio, Mozambique o Mauritania y venderlos en Nueva York o Berlín, Santiago o Tokio están cayendo rápidamente. Los gigantescos barcos para contenedores que aparecieron hace una generación revolucionaron el comercio mundial.

El uso de la tecnología de la información para administrar el transporte y los canales de distribución probablemente tendrá un efecto igualmente profundo. Además, la llegada de internet y el cable de fibra óptica tendrá el mismo impacto para hacer que el trabajo del sector servicios sea comercializable a nivel internacional que el que tuvo la llegada de los barcos de vapor con casco de hierro hace siglo y medio para hacer comercializables grandes volúmenes de productos agrícolas y manufacturas.

Tomará al menos una generación para que esos cambios se hagan sentir en la mayoría de los rincones del mundo. Pero dentro del núcleo industrial de los países más ricos ya hay preocupación por estas inminentes revoluciones. En efecto, esa preocupación se hará más fuerte y aguda por el temor de los ciudadanos de los países ricos en el sentido de que, a medida que las barreras al comercio internacional caigan, la distribución del ingreso, el orden social y la política en el núcleo industrial se verán sacudidos hasta sus cimientos.

Sin embargo, para el mundo en su conjunto, las próximas dos generaciones traerán una oportunidad extraordinaria para el crecimiento económico y la prosperidad mundial. Tal vez, después de todo, al final de la historia sí encontraremos una olla de oro.

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