Wednesday, April 16, 2014
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Irán en la encrucijada de la historia

NUEVA YORK – La historia rara vez se desarrolla sin problemas o de manera uniforme. Más bien, tiende a estar salpicada por acontecimientos importantes -batallas, asesinatos y grandes descubrimientos- que tienen consecuencias que se sienten durante años.  

Treinta y un años después de la revolución que derrocó al Shah y trajo el régimen islámico a Irán, estamos en uno de esos puntos de inflexión. Con certeza, no sabemos la magnitud, la dirección o el ritmo del cambio. Lo que sí sabemos, sin embargo, es que lo que pase en Irán afectará materialmente no sólo al país sino a todo Oriente Medio y más allá.

Un futuro posible para Irán sería, esencialmente, una prolongación de lo que ya existe; vale decir, un Irán gobernado por clérigos conservadores y una Guardia Revolucionaria agresiva, que cada vez domina más la situación. El régimen iraní continuaría reprimiendo de manera brutal a sus opositores domésticos, se entrometería en Irak y Afganistán, armaría y financiaría a Hezbollah y Hamas y, más importante, desarrollaría la capacidad de construir una o más armas nucleares y los medios para entregarlas.  

Si surgiera un fu turo de este tipo, el mundo quedaría frente a una opción sombría: o bien aceptar que Irán posea o pudiera rápidamente ensamblar un dispositivo nuclear, o bien lanzar un ataque militar preventivo destinado a destruir gran parte del programa nuclear iraní.

El surgimiento de Irán como un estado con armas nucleares casi con certeza tentaría a varios de los principales países musulmanes sunitas (Turquía, Egipto y Arabia Saudita son los que me vienen a la mente) a embarcarse en un programa intensivo para adquirir o desarrollar armas nucleares por cuenta propia. Que en Oriente Medio haya varios estados con armas nucleares es una receta para la catástrofe.

Un ataque armado por parte de Estados Unidos, Israel o ambos a las instalaciones nucleares de Irán es otra posibilidad. Una desventaja de una perspectiva así es que Irán probablemente tomaría represalias contra intereses y personal estadounidenses en Irak y Afganistán y, a través de Hamas y Hezbollah, contra Israel y otros. Irán también podría interferir en el tráfico de petróleo, lo que conduciría a una suba de los precios y le propinaría otro golpe a la recuperación económica norteamericana y global.

Es más, si bien un ataque preventivo demoraría los esfuerzos nucleares de Irán, no impediría que el régimen se reconstruyera, y también podría crear condiciones que causarían problemas para los opositores internos del régimen. Pero, a pesar de estos potenciales inconvenientes, un ataque armado a las instalaciones nucleares de Irán seguirá siendo, y debería ser así, una posibilidad clara dados los enormes costos estratégicos de un Irán en posesión de armas nucleares.

En parte para evitar la difícil elección de convivir con un Irán con armas nucleares o atacarlo es que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y Alemania han entablado negociaciones para limitar el programa nuclear de Irán y colocarlo bajo supervisión internacional. Rusia y China, que dicen oponerse al surgimiento de Irán como un estado con armas nucleares, hoy están siendo presionadas para respaldar nuevas y duras sanciones a fin de aumentar las posibilidades de que eso no suceda. Pero si la historia sirve de guía, incluso sanciones fuertes tal vez no basten para persuadir a los gobernantes de Irán de negociar de manera constructiva y aceptar limitaciones significativas a sus actividades nucleares.

Estas consideraciones plantean la perspectiva de intentar que surja un futuro alternativo: un Irán con un liderazgo político que sea más moderado fronteras adentro y en el exterior, y que renuncie al desarrollo de un arma nuclear o cualquier cosa que se le parezca.

Además de ofrecerle una vida mejor a los 70 millones de habitantes de Irán, el cambio político allí debilitaría tanto a Hamas como a Hezbollah, fortaleciendo así la posición relativa de los moderados en Cisjordania y Gaza y mejorando en gran medida las perspectivas de paz entre Israel y los palestinos. Un Irán más moderado también haría que Turquía reconsiderara su reciente alejamiento de Occidente y llevaría a Siria a repensar su orientación en materia de política exterior, lo cual crearía una oportunidad real de un acuerdo de paz israelí con Damasco. También mejoraría marcadamente las perspectivas de que Irak surgiera como un país exitoso a la hora de alcanzar la paz consigo mismo y con sus vecinos.  

Hay muy pocas ocasiones en la historia donde, de un punto común, surgen senderos tan diferentes y a la vez plausibles. Sin embargo, no cuesta determinar cuál sería el preferible.

Es por esto que se reclaman medidas adicionales para mejorar las perspectivas de un cambio político que taiga aparejado un gobierno iraní dispuesto a vivir en paz con su propio pueblo y con sus vecinos. Estas medidas incluyen ayudar al Movimiento Verde para que pueda seguir teniendo acceso a Internet, introducir sanciones adicionales destinadas a la Guardia Revolucionaria y respaldar públicamente los derechos políticos y legales del pueblo iraní.

Es probable que algunos gobiernos e individuos se resistan a estas sugerencias, con la idea de que este tipo de intervencionismo constituye una intrusión injustificada en la soberanía de Irán. Pero en el mundo globalizado de hoy, lo que sucede en Irán es más que un asunto de Irán. El gobierno de Irán tiene derecho a contar con energía nuclear para generar electricidad, pero no a un arma nuclear. También tiene obligaciones con sus vecinos, con la comunidad mundial (no para respaldar al terrorismo, por ejemplo) y con sus ciudadanos. El mundo no debería sentarse de brazos cruzados mientras el régimen de Irán no cumple con estas obligaciones.

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