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Después de Donald Rumsfeld

Las elecciones de mitad del mandato en los Estados Unidos de 2006 han sido la repulsa popular más severa que el Presidente George W. Bush ha sufrido hasta ahora. En vista de que los demócratas han ganado el Congreso y las encuestas a pie de urna dan el resultado de seis votantes de cada diez opuestos a la guerra del Iraq, Bush ha destituido por fin a Donald Rumsfeld, su desastroso Secretario de Defensa, pero, si bien los americanos han dado calabazas a Bush sobre la guerra en el Iraq, las encuestas muestran que aún lo apoyan en la lucha contra el terrorismo.

Lamentablemente, los Estados Unidos no están ganando la "guerra al terrorismo". Un funcionario de la inteligencia nacional confirmó que se reclutan más yihadistas terroristas de los que los EE.UU. matan. Bush tiene razón en decir que Al Qaeda ha quedado desorganizada, pero se ha realzado su atracción como movimiento. El cáncer ha producido metástasis.

Bush tiene razón también al decir que será una lucha larga. La mayoría de los estallidos de terrorismo transnacional tardaron una generación en extinguirse, pero los Estados Unidos ganaron la larga guerra fría gracias a una inteligente combinación de duro poder coercitivo e ideas atractivas. Cuando se desplomó el Muro de Berlín, no fue destruido por un diluvio de artillería, sino por martillos y excavadoras manejados por quienes habían perdido la fe en el comunismo.

En la era de la información, el éxito depende no sólo de qué ejercito gane, sino también de qué relato gane. La lucha contra el terrorismo yihadista no es un choque de civilizaciones, sino una guerra civil dentro del islam. No puede haber victoria, salvo que gane la corriente mayoritaria musulmana.

Las encuestas en todo el mundo musulmán muestran que los Estados Unidos no están ganando esta batalla y que las políticas de los EE.UU. son ofensivas. La retórica de Bush sobre la promoción de la democracia es menos convincente que las fotos de Abu Ghraib y Guantánamo.

Ha habido demasiado poco debate político sobre el despilfarro del atractivo mundial de los Estados Unidos. "Poder blando" es una expresión analítica, no un lema político. Tal vez sea ésa la razón –y no es de extrañar– por la que se ha afianzado en el análisis académico y en lugares como Europa, China y la India, pero no en el debate político americano.

En la atmósfera política actual de los EE.UU. en particular, "poder blando" da una impresión de perdedor. Por haberse visto atacados, las emociones de los americanos se rebelan ante algo calificado de "blando". Puede que los Estados Unidos necesiten poder blando como nación, pero los políticos necesitan la dureza para ganar la reelección. Bill Clinton expresó perfectamente el estado de ánimo del pueblo americano cuando dijo que en una atmósfera de miedo el electorado elegiría al "fuerte y equivocado" antes que al "tímido y acertado".

La buena noticia resultante de las recientes elecciones es la de que el péndulo puede volver hasta el centro. Una señal será la de que la Comisión bipartidaria sobre el Iraq, presidida por James Baker y Lee Hamilton, logre un consenso sobre la estrategia para una salida gradual del Iraq.

Después de las elecciones, los demócratas deben insistir en cuestiones de "poder duro" como el incumplimiento por parte del gobierno de las principales recomendaciones del informe de la Comisión sobre el 11 de septiembre o el insuficiente número de soldados en el Afganistán y los republicanos tienen que insistir en una estrategia que preste más atención a la necesidad de ganarse las mentes y los corazones. Los EE.UU. gastan unas 500 veces más en el ejército que en emisiones de radiodifusión e intercambios y se habla poco de concesiones recíprocas. La diplomacia pública –emisiones de radiodifusión, programas de intercambio, asistencia para el desarrollo, socorro para situaciones de desastre, contactos intermilitares- está dispersa en torno al gobierno, sin una estrategia y un presupuesto generales para integrarlos en una política amplia de seguridad nacional.

Tampoco los EE.UU. tienen una estrategia sobre cómo debe relacionarse el gobierno con los creadores no oficiales de poder blando –todo lo comprendido entre Hollywood y Harvard, pasando por la Fundación Gates– que emanan de la sociedad civil americana.

Naturalmente, el poder blando no es la solución para todos los problemas. Aunque al dictador norcoreano Kim Jong Il le guste ver películas de Hollywood, no es probable que eso afecte a su programa de armas nucleares. Asimismo, el poder blando no logró lo más mínimo atraerse al gobierno talibán para que dejara de apoyar a Al Qaeda en el decenio de 1990. Fue necesario el poder duro para acabar con esa alianza.

Pero otras metas, como, por ejemplo, la promoción de la democracia y los derechos humanos, son más fáciles de lograr por el poder blando. La democratización coercitiva tiene sus límites, como el gobierno de Bush ha descubierto en el Iraq.

Si los republicanos y los demócratas siguen desconociendo el poder blando y el debate público sobre la política exterior sigue limitado a una competición para ver quién parece más duro, el malestar de los Estados Unidos se intensificará. Los Estados Unidos no necesitan más de ese partidismo que ha osificado nuestra posición pública. Tienen que reconocer la importancia tanto del poder duro como del blando y debatir una estrategia inteligente encaminada a integrarlos. Esperemos que las elecciones de 2006 hayan iniciado ese proceso.

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