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Cinco incógnitas de las elecciones alemanas

El 18 de septiembre, Alemania celebrará unas elecciones que entrañan al menos cinco incógnitas. Si fuera una ecuación, sería imposible de resolver. Por fortuna, la política no es como las matemáticas... aunque, por desgracia, eso significa que no hay soluciones claras. De hecho, incluso en los opacos términos de la política contemporánea, el caso alemán es particularmente desconcertante.

La primera incógnita es la de por qué se celebran las elecciones, para empezar. El canciller Gerhard Schröder disponía aún de quince meses antes de estar obligado a convocar las elecciones y parecía que no tenía dificultad para movilizar su mayoría –escasa, hay que reconocerlo– parlamentaria.

Desde luego, las importantes cuestiones que el Presidente Federal enumeró cuando disolvió el Bundestag son reales. La situación fiscal es, con criterios alemanes, inaceptable y la deuda pública, con sus niveles actuales, contraviene el Pacto de Crecimiento y Estabilidad de la Unión Europea y constituye una carga para las generaciones futuras. La evolución demográfica –por citar sólo un factor– requiere reformas importantes de la política social. Además, las instituciones del sistema federal no permiten adoptar decisiones rápidas ni claras.

Nada de eso es nuevo ni cambiará con unas elecciones, por lo que a muchas personas no les resulta evidente por qué van a acudir a las urnas.

La segunda incógnita se refiere a lo que separa exactamente a los partidos más importantes en esa contienda. Tanto los socialdemócratas (SPD) como los cristianodemócratas (CDU) están comprometidos con la “economía social de mercado”, con los principios esenciales de la gestión económica corporatista, con el mantenimiento de los derechos que entraña el Estado del bienestar y con la UE y la OTAN.

Es cierto que la campaña ha puesto de relieve matices que pueden resultar importantes. El SPD de Schröder usa la palabra “social” un poco más enfáticamente que en los siete últimos años. La oposición de la dirigente de la CDU, Angela Merkel, ha vinculado su programa con las ambiciosas ideas de una persona ajena a su partido, el ex juez del Tribunal Constitucional Paul Kirchhof, encaminadas a lograr una espectacular simplificación del sistema fiscal.

En materia de asuntos internacionales, Merkel es más escéptica sobre la ampliación europea –en particular sobre el ingreso de Turquía– que Schröder. Merkel, originaria de la Alemania oriental, es también más prudente en su actitud para con Rusia, pero se trata de matices, no de diferencias fundamentales.

La tercera incógnita es los resultados del Partido de Izquierda, formación nueva situada a la izquierda del SPD y compuesta por ex comunistas del PDS de la Alemania oriental, junto con un importante número de socialdemócratas disidentes de la Alemania occidental que se proclaman defensores del Estado del bienestar.

El Partido de Izquierda está dirigido por dos políticos amantes del espectáculo –Gregor Gysi, ex dirigente del PDS, y Oskar Lafontaine, ex dirigente del SPD– y que no tienen mucho más en común que una ejecutoria de fracasos políticos y talento para pronunciar discursos populistas, pero esto último atrae claramente a quienes se sienten postergados y olvidados. El voto popular para ese partido –que podría ascender al 10 por ciento– podría determinar el tipo de coalición que se forme después de las elecciones.

Así, pues, la cuarta incógnita es la de qué hará realmente el próximo gobierno. Será claramente un gobierno sin el nuevo Partido de la Izquierda. Será también un gobierno sin los Verdes, que siguen teniendo una clientela ferviente, aunque limitada, pero a quienes ahora muchos consideran un lujo que Alemania ya no puede permitirse. Quedan dos posibilidades: una coalición entre la CDU, su partido hermano bávaro, la Unión Socialcristiana, y los liberales Demócratas Libres o una gran coalición entre el SPD y la CDU.

Ésta última es lo que la mayoría de los alemanes quieren; aquélla es lo que recibirán con la mayor probabilidad, pero muchos dudan incluso que vaya a haber diferencia y probablemente tengan razón. Existe un deseo generalizado de cambio, incluido un cambio de gobierno, pero también la creencia, igualmente generalizada, de que nada transcendental sucederá, lo que pone de relieve la incógnita final –y más profunda– relativa a las próximas elecciones: ¿quién devolverá a una Alemania confusa y sin rumbo a la senda de la iniciativa y el crecimiento? ¿Quién hará de Alemania un motor de Europa otra vez, en lugar de un pasajero sombrío?

En realidad, lo que Alemania necesita está bastante claro. Necesita aceptar que la mundialización es por encima de todo una oportunidad, que deben aprovechar personas confiadas, innovadoras y con espíritu empresarial. Los alemanes deben volver a entender –como tan bien hicieron después de 1945– que su futuro descansa en sus propias manos, como ciudadanos, y no en el poder de un Estado remoto.

Por encima de todo, Alemania debe entender que los cambios que necesita son mejoras que garanticen su seguridad futura. Tal vez lo que más necesite sea algunos elementos de las políticas aplicadas por Margaret Thatcher en el decenio de 1980, combinados con la retórica actual de Tony Blair, pero está por ver si llegará a ofrecérsele y cuándo.

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