STANFORD, CALIFORNIA – La crisis de crédito actual ha llevado a proyecciones reducidas en materia de crecimiento a nivel mundial. Los gobiernos y los bancos centrales están respondiendo a los balances averiados y a los bloqueos crediticios en un intento por limitar el perjuicio a sus economías fuera del sector financiero.
En Estados Unidos, el sector financiero está sufriendo una transformación estructural de alta velocidad pero permanente, cuyos efectos podrían ser severos para el crecimiento económico de los países en desarrollo. De hecho, estos países ya están experimentando grandes incrementos de precios relativos de los alimentos y el petróleo, una emergencia alimenticia para los pobres y mayores tasas de inflación provocadas por las oscilaciones en los precios de las materias primas. Si bien el crecimiento rápido en los países en desarrollo ha sido un factor importante en los crecientes precios de las materias primas, gran parte de todo esto está fuera de su control.
Durante los últimos dos años, mis colegas y yo en la Comisión de Crecimiento nos avocamos a entender cómo 13 países en desarrollo lograban registrar tasas de crecimiento que promediaban el 7% o más durante 25 años o más tiempo. En El informe de crecimiento , publicado en mayo, intentamos entender por qué la mayoría de los países en desarrollo no alcanzaban este resultado y exploramos de qué manera podrían emular a aquellos países que crecían a ritmo acelerado.
El alto crecimiento sostenido exige y es posible gracias a un compromiso con la economía global que va más allá de simplemente poder producir para un mercado exportador potencialmente masivo. También implica, de manera crucial, importar un activo intangible esencial: el conocimiento. Las economías pueden aprender más rápido de lo que pueden inventar, de manera que los países menos desarrollados pueden lograr un crecimiento mucho más rápido de lo que experimentaron los países industrializados de hoy mientras se volvían ricos.
Debido a la importancia de la economía global, el destino de los países en desarrollo no está enteramente en manos de sus líderes, fuerzas de trabajo y empresarios. Hoy, existen tendencias y desafíos globales potencialmente adversos, muchos de los cuales son desarrollos relativamente nuevos que los 13 casos de alto crecimiento no enfrentaron.
El más inmediato es la agonía financiera que emana principalmente, pero no exclusivamente, de Estados Unidos y se derrama afectando a todos los sectores de la economía global. Este fue y es el resultado de una burbuja de activos alimentada por un apalancamiento excesivo y por las masivas cuestiones de transparencia asociadas con titularizaciones y derivados complejos que supuestamente diseminaban el riesgo, pero que en cambio básicamente aumentaron el riesgo sistémico ya presente con el exceso de deuda.
Muchas cosas se han aclarado. Primero, la extrema agonía financiera puede deprimir la economía real, siendo la escasez de crédito el canal más potente. Segundo, la actual estructura regulatoria no es adecuada para asegurar la estabilidad en la economía estadounidense. El patrón de regulación ligero, incompleto y fragmentado de Estados Unidos no sobrevivirá y no será utilizado como modelo en otras partes del mundo.
Tercero, entre los factores que contribuyeron a esto figuran las bajas tasas de interés, los márgenes de riesgo comprimidos y los desequilibrios globales que dieron lugar a un bajo nivel de ahorro en Estados Unidos, un consumo excesivo de producción y un creciente déficit comercial. A falta de la voluntad por parte de los grandes países en desarrollo de tener excedentes comerciales y altas tasas de ahorro relativas a la inversión, la burbuja de activos en Estados Unidos –que condujo a un incremento en el consumo interno y una caída en las tasas de ahorro- habría causado que se disparara la inflación y subieran las tasas de interés.
Eso habría puesto un freno parcial al crecimiento de los precios de los activos, mayores niveles de ahorro, una inversión reducida y probablemente un menor déficit comercial. Pero los estabilizadores automáticos que normalmente intervienen no lo hicieron. En general, los estabilizadores automáticos pueden no intervenir en toda la economía global, lo que significa que es necesario coordinar las políticas.
Cuarto, será necesario reconstruir las estructuras regulatorias y esto requerirá un esfuerzo global. Si no existe una coordinación internacional, las oportunidades de una competencia regulatoria destructiva derrotarán a la reforma regulatoria. Finalmente, tanto la interdependencia como el riesgo global que son evidentes en esta crisis causarán -y probablemente deban hacerlo- que los países adopten políticas con respecto a las estructuras financieras que proporcionan cierto aislamiento de las sacudidas externas, aunque estas políticas impongan un costo.
Las interdependencias en la economía global (en áreas tan diversas como los mercados financieros, la seguridad de los productos, las enfermedades infeccionas, la dependencia de los recursos naturales y el calentamiento global) excedieron nuestra capacidad colectiva para gestionarlas y coordinar políticas de respuesta. Restablecer ese equilibrio demandará tiempo, liderazgo, un cambio de actitudes y creatividad.
Mientras tanto, el desequilibrio crea riesgos para todos, inclusive para los países en desarrollo. Genera escepticismo sobre si los beneficios netos de la apertura son positivos o no, e incertidumbre sobre qué adaptaciones son necesarias en la regulación del libre mercado a fin de lograr un equilibrio razonable entre sus beneficios y sus riesgos.
Los países en desarrollo influyentes comparten una responsabilidad conjunta con el G-8 en cuanto a la estabilidad de los sistemas financiero y económico globales. Pero actualmente tienen canales limitados para descargar esa responsabilidad e influir en las políticas globales. Por otra parte, colectivamente debemos hacer un mejor trabajo en materia de anticipar los problemas en lugar de estar en modo reactivo frente a la crisis.
La economía global y su creciente apertura hicieron posible que tres mil millones de personas disfrutaran de los frutos del crecimiento en el período de posguerra. También puede ofrecer un trampolín económico para que otros dos mil millones de personas puedan concretar sus aspiraciones en las próximas décadas. Pero la apertura conlleva riesgos, muchos de ellos anticipados y la mayoría mal administrados. La gente es escéptica por motivos entendibles, y en el caso de la crisis de crédito, está enojada. La apertura necesita protección y la mejor manera de protegerla es gestionar las áreas de creciente interdependencia de manera efectiva, pragmática e incluyente.


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