FRANCFORT.- El euro tiene menos de diez años y es, bajo cualquier parámetro, una moneda joven. Con todo, se ha convertido en una realidad cotidiana para casi 320 millones de personas en 15 países europeos. Dado el comportamiento del euro en este año de crisis financiera global, incluso los críticos más duros no pueden negar que el euro ha sido un gran éxito.
En el verano que termina, millones de viajeros no tuvieron que pagar altas y pesadas comisiones para cambiar sus divisas. Pero para el comercio y la inversión las ventajas de que no haya riesgos de tipo de cambio en la zona del euro son de una importancia económica mucho mayor. La moneda común completa el mercado único para los países miembros de la zona del euro.
Desde 1999, los miembros de la Unión Monetaria Europea (UME) han experimentado varios choques exógenos severos: el aumento del precio del petróleo, de 10 a 150 dólares el barril; el colapso de los mercados de valores al implosionar la burbuja de las compañías de Internet; la propagación de los riesgos del terrorismo luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001, y dos guerras. La caída del mercado estadounidense de las hipotecas de alto riesgo, que comenzó el verano pasado, desencadenó una turbulencia en los mercados financieros que parece no tener final.
A juzgar por sus experiencias pasadas con las monedas nacionales, los europeos podrían haber esperado que cualquiera de estos choques desencadenara una severa crisis en los mercados cambiarios. No es difícil imaginar lo que habría pasado en la reciente crisis de los mercados financieros si en los países de la zona del euro se utilizaran todavía las monedas nacionales: una inmensa especulación contra algunas monedas, fuertes intervenciones por parte de los bancos centrales, y finalmente, un colapso del sistema de paridad.
En 1992-1993 se experimentó una dramática crisis en el sistema cambiario europeo. A partir de ese periodo se han multiplicado los montos de capital que se pueden dedicar para explotar cualquier oportunidad que se presente en los mercados de divisas, lo que haría que una situación comparable actualmente fuera mucho más peligrosa. En efecto, la crisis de principios de los noventa puso en riesgo el statu quo dentro del mercado común de la UE. Es difícil creer que con los enormes flujos de capital actuales el mercado único hubiera sobrevivido a una serie de cambios bruscos y abruptos de los tipos de cambio.
Las variaciones en los tipos de cambio como los que se dieron en 1991-1992 tienen un fuerte impacto en los precios relativos de los bienes comerciados entre distintos países. En los países que experimentan una fuerte apreciación, las empresas (y los sindicatos, para el caso) quedan expuestas a una pérdida súbita y severa de competitividad. Esas empresas obviamente comienzan a pedir a gritos protección contra las supuestas condiciones “injustas”.
Es cierto que el euro no impidió que las instituciones financieras europeas tomaran decisiones arriesgadas en materia de inversiones ni previno las consecuencias de esas decisiones para los mercados financieros. Pero ese nunca fue su objetivo. En cambio, el euro logró lo que debía lograr: la crisis se contuvo porque no podía causar daño a los mercados de divisas dentro de la zona del euro.
Tras el brote de turbulencia financiera de los mercados financieros del año pasado, el Banco Central Europeo inmediatamente proporcionó liquidez suficiente para calmar la situación y ha seguido haciéndolo desde entonces. Al mismo tiempo, el BCE nunca perdió de vista su objetivo principal: mantener la estabilidad de los precios.
En efecto, desde el principio el BCE ha logrado conservar las expectativas inflacionarias a un nivel compatible con su definición de estabilidad de precios. Este logro contrasta marcadamente con todas las voces críticas que advertían contra el experimento de la Unión Monetaria Europea y que incluso predijeron que fracasaría pronto.
En las semanas posteriores al establecimiento del BCE en junio de 1989, recibí una carta del Premio Nobel Milton Friedman, quien me felicitaba por mi nombramiento como miembro del Comité Ejecutivo –al que se refirió como “un trabajo imposible”. Él estaba convencido de que la unión monetaria en Europa estaba condenada al fracaso. Sin embargo, actualmente es difícil encontrar a alguien que no considere que el euro ha tenido un gran éxito, y el BCE ha avanzado con un paso tan firme que ahora se da el éxito por descontado.
Pero esto no fue cuestión de suerte. Las bases del éxito del euro son el trabajo arduo, un firme compromiso con la misión histórica única de la moneda común y, lo que no es menos importante, una estrategia de política monetaria bien elegida.
Pero este éxito no es motivo para la complacencia. Hay grandes desafíos por superar. En el contexto de un crecimiento que se debilita, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento se enfrentará a una dura prueba. Y, lo que es también importante, las reformas destinadas a asegurar una mayor flexibilidad de los mercados aún son insuficientes con respecto a lo que se necesita para explotar plenamente las ventajas de la política monetaria única.


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