WASHINGTON, D.C. – La visita de la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, los días 4 y 5 de julio brinda una importante oportunidad para tranquilizar a los ucranianos, en el sentido de que los EE.UU. siguen comprometidos con la soberanía y la evolución democrática de Ucrania.
Esa señal reviste importancia decisiva, porque la independencia de Ucrania, que tanto costó conseguir, y su capacidad para mantener lazos más estrechos con las instituciones euroatlánticas están amenazadas. Muchos ucranianos tienen la sensación de que los EE.UU. –la mayoría de Occidente, de hecho– han perdido las esperanzas respecto de su país.
Cuando Viktor Yanukovych fue elegido Presidente el pasado mes de febrero, muchos ucranianos abrigaban la esperanza de que su victoria pusiera fin a cinco años de luchas políticas intestinas durante el gobierno del ex Presidente Viktor Yushchenko y propiciara una mayor estabilidad, reformas y unidad nacional.
Esas esperanzas han resultado ilusorias. En lugar de brindar una mayor estabilidad, Yanukovych ha aplicado unas políticas que han exacerbado las tensiones internas y han preparado el terreno para que Ucrania vuelva a la órbita política y económica de Rusia.
A finales de abril, la coalición encabezada por Yanukovych aprovechó su rodillo parlamentario para prorrogar durante 25 años el acuerdo, que expiraba en 2017, para que Rusia tenga la base de su flota del mar negro en Sebastopol, ciudad de Crimea. La prórroga de dicho acuerdo hasta 2042 fue acompañada de un acuerdo que permitirá el regreso de los miembros de servicios de inteligencia rusos a la base de Sebastopol y el fin de la cooperación de los servicios de inteligencia de Ucrania con la OTAN.
El acuerdo fue ratificado sin una supervisión parlamentaria propiamente dicha y en contravención de una disposición constitucional que prohíbe la existencia de bases extranjeras en territorio ucraniano. Provocó disturbios en el Parlamento, con peleas a puñetazos y lanzamiento de huevos y bombas de humo.
A cambio de la prórroga del acuerdo sobre la bases, Rusia accedió a rebajar en un 30 por ciento el precio del gas que vende a Ucrania, con lo que quedó anulado el contrato firmado en enero de 2009 por la ex primera ministra Yulia Tymoshenko, con el que se puso fin a una crisis del gas que había durado 17 días.
Pero, en vista de que había disminuido la demanda de gas, Rusia ya había empezado a renegociar los contratos en Europa y a conceder descuentos a los clientes. De ese modo, según señalan los especialistas en energía, la reducción del 30 por ciento rebaja simplemente el precio negociado con Yanukovych hasta la media europea actual. De hecho, el precio final es similar al del contrato de 2009.
Además, el acuerdo sobre el gas socava el incentivo de Ucrania para reformar su ineficiente y corrupto sector energético y obliga al país a comprar en los años siguientes más gas del que puede necesitar. Al mismo tiempo, aumenta la dependencia energética y económica de Rusia e impone a Ucrania una política exterior unidimensional: prorrusa.
Ése parece ser precisamente el objetivo del Kremlin. Varios días después de la conclusión del acuerdo sobre la energía, el Primer Ministro, Vladimir Putin, propuso en una conferencia de prensa en Sochi que la empresa nacional de la energía de Ucrania, Naftogaz, se fusionara con el gigante ruso de la energía, Gazprom, de propiedad estatal.
Esa iniciativa colocaría la red estratégica de gasoductos de Ucrania bajo control ruso directo y, como ha observado Tymoshenko, ahora dirigente de la oposición, equivaldría a la “plena absorción de Ucrania por Rusia”,
El gobierno de Obama, incluida Clinton, consideró al principio que esas medidas formaban parte de una “actuación equilibradora” por parte de Yanukovych, pero existe una diferencia abismal entre el equilibrio y el servilismo. Las políticas de Yanukovych debilitarán en gran medida la independencia de Ucrania, que tanto costó conseguir, y su capacidad para estrechar los lazos con la comunidad euroatlántica, que los EE.UU. han apoyado.
Los EE.UU. y la Unión Europea se juegan mucho, si desaparece la opción europea para Ucrania. Una reorientación de la política exterior ucraniana hacia Rusia cambiaría el equilibrio estratégico en Europa y tendría repercusiones negativas en las perspectivas de cambio democrático en la periferia oriental de Europa, con lo que a Georgia y a Moldavia les resultaría mucho más difícil continuar con su rumbo prooccidental.
También tendría efectos desmoralizadores sobre las perspectivas a largo plazo de reforma en Belarús, al crear un bloque oriental de naciones eslavas recelosas de Occidente.
Por último, el giro de Ucrania hacia Rusia retrasaría durante años, si no decenios, las perspectivas de reforma democrática en la propia Rusia y dificultaría mucho más la renovación en serio de las relaciones EE.UU.-Rusia en el futuro inmediato.
En resumen, ahora no es el momento de aplicar una política de descuido benévolo. El viaje de Clinton debe indicar el firme compromiso de los Estados Unidos con la creación de una Ucrania democrática e independiente y expresar con claridad que los EE.UU. rechazan un orden europeo de seguridad basado en esferas de influencia. Además, se debe alentar a la UE para que se muestre más dispuesta a crear un Acuerdo de Asociación y una zona de libre comercio.


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