Saturday, November 29, 2014
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La diplomacia privada de Berlusconi

ROMA – En el sitio web del Ministerio de Relaciones Exteriores italiano, se elogia a Túnez por sus “características ideales” y por la “estabilidad política y social”. Después del levantamiento popular que derrocó al presidente Zine el-Abidine Ben Ali del poder, el peligro de respaldar a autócratas árabes a cambio de una estabilidad frágil debería haberse tornado evidente, una vez más, a los ojos de las potencias occidentales. En Italia, sin embargo, el levantamiento tunecino también es un doloroso recordatorio de la maraña de intereses privados y públicos en conflicto del primer ministro Silvio Berlusconi.

Muchos italianos recuerdan que Ben Ali –cuyo ascenso a la presidencia estuvo apoyado de manera directa por Italia- ofreció refugio a Bettino Craxi, el ex primer ministro italiano (y mentor político de Berlusconi) que huyó del país en 1994 para evitar una condena por cargos de corrupción. Craxi murió y está enterrado en el centro vacacional tunecino de Hammamet.

Más recientemente, surgió la conexión tunecina en relación a uno de los expedientes más turbios asociados con la política exterior de Berlusconi: Libia. En septiembre de 2009, The Guardian publicó un artículo sobre una compañía, Quinta Communications SA, propiedad de un empresario nacido en Túnez y socio comercial de larga data de Berlusconi, Tarak Ben Ammar. El artículo afirmaba que Quinta está controlada en parte por una compañía propiedad del vehículo de inversión de la familia Berlusconi y en parte por un hólding empresarial controlado por el brazo de inversión de la familia Gaddafi. La implicancia de que Berlusconi y Gaddafi indirectamente son copropietarios de Quinta nunca se ha refutado.

Si Berlusconi fuera sólo un magnate, estos informes no asombrarían a muchos. Después de todo, las instituciones financieras libias han estado invirtiendo en Italia durante décadas. Si Berlusconi fuera sólo un estadista, uno podría argumentar que la “realpolitik” es una prerrogativa justificable de un estado soberano: las consideraciones estratégicas suelen imponerse a la búsqueda de objetivos más nobles, como la promoción de los derechos humanos. Como dijo claramente Berlusconi, las relaciones más estrechas con Libia tienen que ver con “menos inmigrantes ilegales y más petróleo”.

El problema con Berlusconi es que el imperio corporativo del que es dueño, que abarca desde medios y editoriales hasta seguros y publicidad, puede afectar cuestiones clave de política exterior. Y cuando están en juego cuestiones sensibles como la inmigración y la seguridad energética, la política exterior de su gobierno puede también tener un impacto en los ciudadanos de otros países.

De hecho, un patrón bastante sencillo surge de los cables diplomáticos norteamericanos publicados por WikiLeaks hasta el momento. Resulta ser que los diplomáticos norteamericanos también tienen reservas sobre las relaciones de Berlusconi con Rusia. Expresan preocupación por los acuerdos comerciales “muchas veces no transparentes” entre los dos países, y afirman que muchos de los “compinches comerciales” de Berlusconi están profundamente involucrados en la estrategia energética de Rusia. En repetidas ocasiones se cita al embajador de Estados Unidos en aquel momento sugiriendo que Berlusconi tiene una “relación financieramente enriquecedora” con el Kremlin.

Estas acusaciones, por supuesto, son discutibles, y Berlusconi rápidamente se las tomó para la risa. Pero el interrogante subyacente, si Italia es confiable o no, no se puede desechar tan fácilmente.

Tal como hicieron los diplomáticos estadounidenses, el resto de la comunidad internacional tiene derecho a especular sobre las prioridades internacionales de los negocios familiares de Berlusconi; sobre si estas prioridades influyen en la política exterior de Italia; y sobre cómo Berlusconi puede demostrar que no. Las incuestionables habilidades de supervivencia de Berlusconi, y la acrobacia de su vida personal, han relegado el mundo exterior de la atención de la mayoría de los italianos. Pero rara vez la política exterior de un país occidental estuvo tan expuesta a los intereses privados de su primer ministro.

El conflicto de intereses de Italia puede dañar algo más que la confianza de sus aliados. Podría socavar la credibilidad del énfasis explícito por parte de Europa en la promoción del régimen de derecho y agudizar la acusación que suele hacerse a las políticas occidentales de que aplican una ley para unos y otra para otros. Como se dijo que comentó en broma el primer ministro ruso, Vladimir Putin, frente a las constantes críticas europeas a la corrupción y el crimen organizado, “mafia no es una palabra rusa”.

Cualquiera con acceso a YouTube puede ver una filmación de 1986 de Berlusconi siendo entrevistado en uno de los estudios de su cadena por el veterano periodista (y más tarde franco opositor) Enzo Biagi. Debajo de un mapa de la Europa de la Guerra Fría, el entonces empresario hace alarde sobre los éxitos de sus compañías. Al cierre de la entrevista, afirma que la expansión de sus canales de televisión en el exterior será fundamental para la unificación de Europa.

Aunque este plan no se haya materializado, la lógica que lo sustenta debería ser motivo de preocupación, y no menor, para los socios internacionales de Italia.

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