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Las Mareas de la Memoria

Las relaciones que cada país, cada grupo social, étnico o familiar tiene con el pasado han sufrido un profundo cambio en las últimas décadas. Este cambio asume muchas formas: el criticismo de la historia oficial y la recuperación de la reprimida; la demanda de pasados confiscados o suprimidos el interés en las "raíces" y la genealogía; los eventos conmemorativos y los nuevos museos; la apertura de archivos al público; y, finalmente, el aprecio a lo que los angloparlantes llaman heritage y los franceses patrimoine .

Si Francia fue la primera en embarcarse en este "memorialismo" casi fetichista, es porque sus memorias de la Segunda Guerra Mundial están muy divididas. Después de la muerte del general De Gaulle, Francia presenció dos eventos: el surgimiento de una fascinación por el gobierno Vichy de los tiempos de guerra y el nacimiento de una forma de "memoria" judía nunca antes vista. Otros países la siguieron poco después. Tras la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, Europa del Este vivió su propia "recuperación de la memoria", seguida a su vez por la caída de las dictaduras militares en Latinoamérica y el apartheid en Sudáfrica, así como por un ajuste global con el pasado.

Este brote de memoria se intersecta con poderosos fenómenos históricos. Llamemos a uno la "aceleración de la historia", la cual sugiere que el principal rasgo de la modernidad no es la continuidad, sino el cambio, es decir, una precipitación acelerada de todas las cosas hacia un pasado que se retira velozmente.

La forma en la que una sociedad, nación, grupo o familia se imaginaba su futuro determinaba tradicionalmente lo que necesitaba recordar del pasado. Esto le daba significado al presente, el cual unía a los otros dos. En general, el futuro podía vislumbrarse de tres maneras: como un tipo de restauración, un tipo de progreso o un tipo de revolución.

Hoy día, esos esquemas de interpretación del pasado han sido descartados porque no sabemos qué forma asumirá el futuro. Como no podemos anticipar lo que nuestros descendientes necesitarán saber de nosotros para entenderse a sí mismos, hacemos acopio -piosa e indiscriminadamente- de cada ínfimo detalle que pueda testificar lo que somos o en lo que nos convertiremos. Es esta disolvencia de cualquier teleología de la historia -la desaparición de una historia cuyo final es conocido- lo que genera el "urgente deber de recordar" de nuestro tiempo, un sentido más mecánico y basado en la herencia que moral, y no relacionado con la idea de "deuda" sino con la "pérdida", un asunto por completo distinto.

Esta "aceleración de la historia" nos deja desconectados, comulgando con el pasado sólo a través de vestigios. Recuperamos el pasado reconstruyéndolo al detalle, ayudados por documentos y archivos; una forma de memoria que alguna vez fue llamada "historia". Pero esta es una alteración radical y sin duda peligrosa, pues ahora la palabra "memoria" tiene un significado tan comprensivo, tan integral, que tiende a ser utilizada como sustituto de la palabra "historia" y deja el estudio de la historia al servicio de la memoria.

Una segunda razón para este brote de memoria es la pronunciada tendencia a la emancipación que ahora tienen las personas, los grupos étnicos y hasta algunas clases de individuos, es decir, el surgimiento de todos los tipos de memoria ligados a grupos minoritarios para los cuales la rehabilitación del pasado representa una reafirmación de su identidad.

Las memorias minoritarias se originan principalmente en tres tipos de descolonización: la internacional , la cual permitió que las sociedades que estaban atrapadas en la opresión colonial tuvieran acceso a la conciencia histórica y a la rehabilitación (o fabricación) de las memorias; la descolonización doméstica de las minorías sexuales, sociales, religiosas y provinciales para las que reafirmar su "memoria" -de hecho, su historia- es un modo de hacer que su "particularismo" sea reconocido por una comunidad que les negaba ese derecho; y la descolonización ideológica , la cual reunió a las personas cuyas memorias habían sido confiscadas, destruídas o manipuladas por regímenes totalitarios.

Esta explosión de memorias minoritarias alteró profundamente el status y la naturaleza recíproca de la historia y de la memoria. En efecto, le dió importancia a la idea de "memoria colectiva", poco utilizada antes. La historia solía estar en manos de las autoridades, los académicos y los grupos ancla especializados que la usaban para moldear el significado colectivo de una nación. Le enseńaba a los nińos a ser (buenos) franceses, alemanes, mexicanos o japoneses. Aunque sus fundamentos están en la memoria, la historia, como disciplina que pretende ser una ciencia, había sido construída en oposición a la memoria, algo que se pensaba idiosincrásico y engańoso. La historia representaba la esfera de lo colectivo y la memoria la esfera de lo individual. La idea de que la memoria puede ser colectiva, emancipatoria y sagrada altera su significado por completo. Los individuos tenían memorias, las colectividades tenían historias.

La historia definidia de esa manera ha sido reemplazada por la memoria, la cual adquirió el prestigio de un movimiento popular de protesta y parece una venganza de los desvalidos y los parias, la historia de aquellos a los que se les ha negado la historia. Hasta ahora, si la historia no contenía a la verdad, por lo menos tenía a la lealtad de su lado. Pero los sufrimientos del último siglo incitaron a la gente a demandar una verdad más "verdadera" que la historia, la verdad de la experiencia personal y la memoria individual.

La idea de que las colectividades tienen memoria implica una amplia transformación del status de los individuos y de sus relaciones con la comunidad. Este es el secreto del misterioso cambio que tuvo nuestro entendimiento del concepto de identidad , cambio sin el que no sería posible entender el actual auge de la memoria. La identidad ha pasado de ser una noción individual y subjetiva a una colectiva, cuasiformal y objetiva.

Tradicionalmente, la identidad caracterizaba todo lo que era único de un individuo, tanto así que adquirió un sentido en esencia administrativo: nuestras huellas digitales expresaban nuestra "identidad", llevamos papeles de "identidad". Hoy día, la expresión "identidad" implica una categoría de grupo, una forma de definirnos desde afuera . "No se nace siendo una mujer", seńala Simone de Beauvoir, "se llega a ser una". Esto puede servir como muletilla para todas las identidades creadas a través de la autoafirmación.

Así, la identidad, como la memoria, se vuelve una forma de deber . Se me pide que me convierta en lo que soy: un corso, un judío, un trabajador, un algeriano, un negro. Es en este nivel de obligación en el que se forja un lazo decisivo entre la memoria y la identidad social. Las dos son casi sinónimos y su casi unificación refleja un cambio en la manera en que interactúan la historia y la sociedad.

żCómo se organiza ahora la "memoria"? Hay dos patrones visibles. El primero consiste en un incremento dramático en los usos que se le dan al pasado. Hay muchas razones para la actual proliferación de eventos conmemorativos, pero cada una de ellas muestra que el pasado ha dejado de tener sólo un significado y que un presente revestido con la conciencia de su propia historia permite tener varias versiones del pasado.

El segundo efecto de este cambio en la manera en que la memoria es organizada, despoja a los hitoriadores del monopolio de la interpretación del pasado. En un mundo en el que había una historia colectiva y memorias individuales , el historiador tenía el control exclusivo. Ahora, los historiadores comparten sus obligaciones con los jueces, los testigos, los medios y los legisladores.

El problema que plantea la santificación de la memoria es cómo reconocer el momento en el que la emancipación se vuelve exclusión. Reclamar el derecho a la memoria es pedir la aplicación de la justicia, pero esta proliferación de demandas morales puede degenerar hasta convertirse en un llamado al asesinato. Es este mensaje de la memoria el que también debemos recordar.