Una reforma que se debate durante mucho tiempo, pero nunca se aplica, puede tener consecuencias mucho más negativas que positivas. La previsión de una reforma –de la reglamentación de las pensiones, del sistema de salud o de las prestaciones por desempleo, pongamos por caso- preocupa a todos aquellos a quienes podrían afectar sus repercusiones. Su reacción consiste en reducir el consumo y ahorrar más, porque esperan que tarde o temprano tendrán que empezar a pagar algunos de los servicios que estaban acostumbrados a usar gratuitamente o con tarifas subvencionadas.
Pero, como en Europa lo único que se hace es debatir una posible reforma, los beneficios dejan de materializarse: las personas trabajan más denodadamente sólo cuando están seguras de que de verdad se reducen los tipos impositivos y en los mercados financieros los efectos positivos de un menor gasto estatal nunca llegan antes de que se apruebe una reforma. Entretanto, como los políticos debaten y no hacen nada, la confianza de los consumidores disminuye, los resultados económicos empeoran y el consenso necesario para conseguir, para empezar, la aprobación de las reformas se esfuma. Aun así, no se deja de hablar de ello y tampoco deja de disminuir la confianza de los consumidores.
La experiencia reciente de Alemania ofrece un ejemplo preocupante de ese círculo vicioso. La reforma del generoso sistema social de Alemania ha ocupado portadas de los periódicos alemanes durante más de diez ańos. Se han aplicado algunas medidas tímidas, pero la mejor descripción del sentimiento general entre los alemanes es la siguiente respuesta a una encuesta realizada hace dos meses por el periódico Die Welt: “el 47 por ciento de los entrevistados se proponen reducir su consumo por la incertidumbre sobre las pensiones y la reforma del sistema de salud”.
El resultado ha sido una pronunciada disminución de la confidencia de los consumidores: en noviembre de 2000, el índice alemán del sentimiento de los consumidores era bajo, pero positivo; desde entonces ha disminuido hasta –20, la reducción más marcada de la zona del euro.
En la calle, el pesimismo es endémico. Desde hace ya dos ańos, la tasa de crecimiento del consumo privado (calculado a precios constantes) ha sido negativa: -1 por ciento en 2002, -0,5 por ciento en 2003. Descensos similares en el consumo real no son frecuentes en los países industrializados, pues lo habitual es que en ańos malos los consumidores recurran a sus ahorros para mantener su consumo relativamente constante. En el caso de Alemania, hay que retroceder a comienzos del decenio de 1980 para ver cifras negativas similares de crecimiento del consumo. A consecuencia de ello, en lugar de disminuir, la tasa de ahorro de los hogares ha aumentado y ha pasado de 9,7 por ciento de los ingresos disponibles en 2000 a 11,8 por ciento el ańo pasado.
La disminución del consumo y el aumento de los ahorros han afectado a todos los grupos de edad, pero los relativamente mayores han sido más propensos a abrazar esa tendencia que los relativamente jóvenes. Los únicos signos positivos en materia de consumo se ven en los hogares más jóvenes, los encabezados por personas de veintipocos ańos, que, evidentemente, esperan que tarde o temprano se aprobarán las reformas y se reducirá su carga fiscal, pero, incluso en los hogares de personas de treinta a cuarenta ańos de edad ha aumentado la tasa de ahorro con la preocupación por las reformas.
No es de extrańar que las personas de edad reduzcan más el consumo. Con la jubilación han perdido casi todas las opciones: ya no pueden trabajar más ni pueden subscribirse a planes privados de seguro de enfermedad, pues las primas de éstas son demasiado altas a su edad. Así, pues, se ven obligadas a recurrir a sus ahorros y a dejar, virtualmente, de consumir. Si situamos ese fenómeno en el marco de una población que envejece rápidamente, los efectos resultantes en el consumo global son dramáticos.
Resulta interesante que Francia sea el único país grande de la zona del euro en el que la confianza de los consumidores está aumentando (de –24 hace un ańo a –13 hoy). La razón es sencilla: como se acercan las elecciones de 2006, se han eliminado las reformas de la agenda política.
Si un gobierno no tiene voluntad para adoptar un programa de reformas, lo mejor que puede hacer es dejar de hablar de ellas del todo. Eso es lo que puede empezar a ocurrir en Alemania y por la misma razón: la confianza de los consumidores sigue floja.
En 2004 la economía de Europa creció a una anémica tasa anual de 1,8 por ciento y la OCDE ha revisado recientemente su previsión de crecimiento para el ańo próximo y lo ha reducido de 2,5 por ciento a 1,9 por ciento por la subida del euro y el descenso de las exportaciones... el único motor hasta ahora de las economías de la zona del euro. Es opinión común que para acelerar el crecimiento europeo es necesario un aumento de la demanda interna, pero no lo habrá mientras los políticos sigan hablando de reformas y al tiempo no haciendo nada para aplicarlas. Al contrario, lo único que están haciendo es propagar el pesimismo.
Europa tiene dos posibles vías por las que avanzar. Puede olvidarse de la reforma y disfrutar de los cuatro o cinco decenios que puede tardar la renta por habitante en bajar por debajo del nivel de Chile, pongamos por caso, o puede cambiar profundamente su modelo social y empezar a crecer como los Estados Unidos. El de no hacer otra cosa que hablar, pues en eso consiste el actual modelo de inacción de Europa, es el peor camino.


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