LONDRES – “A través de la argucia y la astucia de los corredores de bolsa se ha generado tal complicación de bribonería y fraude, tal misterio de iniquidad y tal jerga de términos ininteligibles como nunca se conoció en ninguna otra época o país”. El comentario de Jonathan Swift en el siglo XVIII resuena en el mundo actual de la “intermediación” financiera: hoy, como entonces, las finanzas envuelven su “complicación de bribonería y fraude” en una “jerga ininteligible”. Como lo explicó el presidente Barack Obama en un discurso en abril: “Muchas prácticas eran tan opacas y complejas que muy pocos dentro de esas compañías –para no hablar de los responsables de la supervisión - eran plenamente conscientes de las apuestas colosales que se estaban haciendo”.
Ahora bien, ¿Swift estaba en lo cierto al considerar que la bribonería era el principal motivo de la ininteligibilidad? Obviamente, es un motivo muy fuerte, en la política no menos que en las finanzas. Cuanto menos entiende la gente sobre algo, más fácil resulta engañarla. Nunca faltaron los charlatanes: Donizetti escribió una ópera, L´Elisir D’Amore, sobre uno de estos charlatanes que promociona una poción para el amor con una labia disparatada. Pero la intención de engañar, o incluso de ganar dinero, no es necesariamente lo que ha motivado la explosión reciente de innovación financiera.
Consideremos la actual demanda civil de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos contra Goldman Sachs. Fabrice Tourre, el joven prodigio de Goldman, está acusado de haber creado un valor complicado que estaba destinado al fracaso. ¿Su intención era engañar? ¿O fue el placer intelectual que obtuvo al crear un “monstruo Frankenstein” (como lo describía uno de sus correos electrónicos), sin importar las consecuencias?
Este último parece ser el motivo dominante. Como señala otro de sus correos electrónicos: “Todo el sistema está a punto de sucumbir en cualquier momento… el único potencial sobreviviente es el fabuloso Fab… parado en el medio de todas estas operaciones complejas, altamente apalancadas y exóticas que él mismo creó”. Ser más inteligente que el resto de la manada (y por supuesto ganar dinero gracias a su astucia) parece haber sido la pulsión movilizadora de Tourre.
Las finanzas siempre han sido opacas, y han estado bastante alejadas de la motivación de estafar al público inversor. “El registro de doble entrada” es uno de los grandes descubrimientos de la civilización europea, pero cinco siglos más tarde la mayoría de la gente sigue sin entender qué son activos y qué son pasivos. Sin ese conocimiento, términos técnicos como “recesión de balance” y “reconstrucción de balances” no tienen sentido.
La opacidad ha crecido de la mano de la complejidad. La explosión de instrumentos derivados ha demandado un esfuerzo importante para entender la necesidad de un lenguaje metafórico. Pensemos en las obligaciones de deuda colaterales (CDOs, según su sigla en inglés) como si fueran salchichas envenenadas, dice el economista Nouriel Roubini, y que las hipotecas de alto riesgo son la carne de rata con las que están hechas. Con un esfuerzo mental, el lego entonces puede imaginar cómo esas salchichas venenosas, también conocidas como “activos tóxicos”, se propagan por los bancos del mundo, arruinando digestiones y mutilando a las economías que estaban destinadas a favorecer.
Pero la complejidad no es la única razón para la opacidad. En su famoso ensayo “La política y el idioma inglés”, George Orwell se refería al uso generalizado del eufemismo, que implica no llamar espada a una espada. Esto, pensaba él, se debía a muchos factores en el mundo moderno que se habían vuelto demasiado horribles, o indigeribles, como para expresarlos claramente. Uno de sus ejemplos era la frase “rectificación de fronteras” para referirse, de una manera edulcorada, a los movimientos forzados de poblaciones.
La corrección política es otro aspecto de esta cuestión: por ejemplo, decir que la gente discapacitada tiene “capacidades diferentes”. Como señala el historiador Tony Judt: “No es una capacidad ‘diferente’, no es capacidad. El lenguaje vil esconde los efectos del poder y la capacidad reales, de la riqueza y las influencias reales”. Permite que la profunda desigualdad suceda con mayor facilidad.
Igualmente importante es la franca declinación del alfabetismo. Orwell se refería a funcionarios que unían bloques de palabras como “gallineros prefabricados”. Esta cualidad se hace evidente en un reciente informe del FMI:
“Los riesgos para la estabilidad financiera global han cedido a medida que la recuperación económica ha cobrado fuerza, pero los temores sobre los riesgos soberanos de países avanzados podrían minar las ganancias y prolongar el colapso del crédito. Sin un restablecimiento más pleno de la salud de los balances financieros y de los hogares, un empeoramiento de la sostenibilidad de la deuda pública podría transmitirse de nuevo al sistema bancario o atravesar fronteras. Por lo tanto, se necesitan políticas para (1) reducir las vulnerabilidades soberanas, inclusive a través de la comunicación de planes creíbles de consolidación fiscal a mediano plazo; (2) asegurar que el actual proceso de desapalancamiento se desarrolle sin sobresaltos; y (3) avanzar decisivamente para completar la agenda regulatoria de manera de pasar a un sistema financiero global más seguro, más resiliente y más dinámico. En el caso de los países de mercados emergentes, donde el incremento de los flujos de capital ha derivado en temores de inflación y burbujas de precios de activos, existe la posibilidad de una estrategia pragmática que utilice una combinación de políticas financieras macroeconómicas y prudenciales”.
Irónicamente, el mismo documento está plagado de pedidos de mayor “transparencia”. Así que traduzcamos el pasaje del FMI a un inglés transparente:
“La economía mundial se ha vuelto menos riesgosa conforme se ha recuperado de la recesión, y a medida que los bancos y los hogares han reducido sus deudas. Pero los temores de un incumplimiento de pago por parte de los gobiernos en países ricos podrían amenazar la recuperación haciendo que las tasas de interés suban y los tipos de cambio bajen. De manera que son necesarias tres cosas: los gobiernos deben (1) reducir sus déficits gradualmente y de manera creíble, (2) mantener un nivel de gasto suficiente para compensar el mayor nivel de ahorro en el sector privado y (3) seguir ejerciendo presión para una regulación bancaria. En el caso de los países en desarrollo, la política económica y la regulación bancaria se deberían utilizar en conjunto para frenar la inflación y las burbujas de activos”.
Cuanto mayor es la distancia entre el lenguaje de las elites y el del ciudadano común, mayor es el riesgo de revuelta. En la medida que esa complejidad en las finanzas o la política crea nuevas oportunidades de engaño, impide el entendimiento o desdibuja las líneas de la responsabilidad, deberíamos apuntar a reducirla. En la medida que esos problemas reflejan una menor capacidad de expresarse claramente, el remedio es mejorar la educación. El precio de la claridad, como el precio de la libertad, es la vigilancia eterna, y ambos están conectados.


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