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El próximo FMI

El sistema monetario y financiero internacional ha presenciado enormes cambios en las últimas décadas. La rápida expansión de los flujos de capital entre fronteras, la constante innovación financiera y la profundización de los mercados financieros plantean crecientes desafíos no sólo para quienes diseñan las políticas a nivel nacional, sino también para las instituciones financieras internacionales. Esto ha sido particularmente cierto en el caso del FMI en su búsqueda por servir a sus miembros de todo el mundo, y ha generado un debate de importancia fundamental acerca de la dirección estratégica del Fondo.

La actual revisión estratégica del FMI no surge de la nada. El proceso de reformas fue iniciado a fines de los años 90 y continuado por el ex Director Ejecutivo Horst Köhler a través de importantes iniciativas, las que -especialmente los esfuerzos por fortalecer la función de vigilancia del FMI y el así llamado “marco de trabajo de acceso excepcional”- ahora se deben consolidar e implementar de manera consistente.

Por ejemplo, la introducción de estándares y códigos, informes sobre su observación (ROSC, por sus siglas en inglés), los Programas de Evaluación del Sector Financiero (FSAP, por sus siglas en inglés) y el aumento resultante en la transparencia del Fondo pueden contribuir a mejorar la vigilancia bilateral, regional y multilateral. La política de acceso excepcional, orientada tanto a mejorar la capacidad de predicción de la política de préstamos del Fondo como a salvaguardar su estado financiero, todavía está esperando su primera prueba real.

Pero el mundo debe ver incluso más allá de estos temas. La gerencia del FMI comparte varias consideraciones estratégicas planteadas repetidas veces por el Bundesbank, que ha argumentado que el Fondo debería limitar sus actividades a su mandato central: promover la estabilidad monetaria y financiera. En consecuencia, el papel del FMI en el sistema monetario internacional no debería ir más allá de aplicar sus instrumentos fundamentales para promover la estabilidad macroeconómica: vigilancia y asesoría sobre políticas económicas.

De hecho, estos dos instrumentos deberían ir de la mano a medida que continúen las reformas internas del FMI. Aumentar la precisión del análisis y mejorar la transparencia al entregar una asesoría integral e información oportuna serían aspectos que fortalecerían aún más la vigilancia.

En contraste, un FMI que intentara actuar, digamos, como un árbitro internacional de políticas de tipos de cambio nacionales enfrentaría problemas insuperables de aplicación y aceptación. De manera similar, posicionar al FMI como un asegurador general de riesgos mediante la introducción de líneas de crédito preventivas por sobre los límites de acceso normales no sería compatible ni con su misión de proporcionar apoyo financiero en base a términos deliberadamente no ajustados según el riesgo, ni con el sistema actual de refinanciamiento del crédito de corto plazo del Fondo a través de reservas oficiales libres de riesgo. Sólo en verdaderas crisis de balanza de pagos el FMI debería estar preparado para brindar asistencia financiera temporal y limitada a los países miembros, estimulando de este modo sus propios ajustes de políticas y dando una señal de su compromiso con los mercados.

Tampoco es coherente con la misión del Fondo el convertirse en una institución de apoyo al desarrollo. El financiamiento para el desarrollo se debe dejar al Banco Mundial. Al concentrarse en sus ventajas comparativas específicas y en línea con mandatos claramente definidos, ambas instituciones realizarán sus tareas de manera más eficiente.

De hecho, la implementación del Alivio de la Deuda Multilateral ya iniciada por el G-8 constituye una oportunidad sin precedentes para completar el proceso de alivio de la deuda para una gran cantidad de países de bajos ingresos. Esto también abre el camino para que el FMI se deshaga de su actual dispersión de actividad en países de bajos ingresos e intensifique sus planes en las áreas de su especialización central.

Finalmente, una adecuada representación y el derecho de cada miembro a tener voz en el Fondo es un requisito previo para la legitimidad que el FMI necesita para cumplir su función global. La distribución de las cuotas de contribuciones se deben guiar por el peso económico y grado de integración de los miembros a la economía mundial, y cualquier ajuste a las mismas se debe efectuar de un modo coherente que aplique el mismo estándar a todos los países. Sin embargo, para mantener la voluntad de los países acreedores de contribuir a las finanzas del Fondo, se debe mantener un fuerte vínculo entre cuotas, por una parte y los derechos de voto, el acceso a los recursos del FMI y las contribuciones financieras, por otra parte.

El tema de la representación es un componente importante de la revisión estratégica del FMI. No obstante, esa revisión y las reformas que surjan de ella deben ser mucho más completas, con el fin de beneficiar al Fondo y a todos sus miembros.

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