Se ha puesto de moda afirmar que el Estado-nación ha perdido su lugar. Se dice que la globalización significa que las naciones ya no controlan sus propios asuntos. Se deben unir a otras, como en la Unión Europea o la ASEAN o el Mercosur, y deben apoyarse cada vez más en instituciones globales como las Naciones Unidas, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.
Pero esa opinión es riesgosa. En efecto, al analizarla cuidadosamente resulta ser dudosa, si no es que sencillamente equivocada. El Estado-nación con sus puntos fuertes y sus debilidades está vivo y sano.
Para empezar con sus puntos fuertes, el Estado-nación sigue siendo el único espacio político en el que prospera la constitución de la libertad. Las credenciales democráticas de organizaciones como la UE son dudosas y en el caso de las Naciones Unidas y otras instituciones mundiales están totalmente ausentes. Además, a pesar de la frecuente búsqueda de nuevas identidades, ya sea la europea, la latinoamericana u otras, y de muchas referencias a un nuevo cosmopolitanismo o incluso una "sociedad civil mundial", la mayoría de la gente se siente en casa en su propio país -el Estado-nación del cual son ciudadanos.
La migración es generalmente una migración hacia otras naciones. Muchos países debaten actualmente la integración de los migrantes. ¿Qué se necesita para ser británico o alemán o estadounidense? Tales debates sobre la inmigración sólo tienen sentido si reconocemos que la ciudadanía se define por y para las naciones.
Esto es para la mayoría de la gente el lado positivo del Estado-nación. Por más de dos siglos, el Estado-nación ha sido y sigue siendo la unidad relevante de pertenencia y participación cívica para la mayoría de los seres humanos. Es el contexto en el que se salvaguardan o destruyen nuestras libertades. Ciertamente, los países que se libraron del comunismo en 1989 sintieron que la restauración de la soberanía nacional y la recuperación de la libertad estaban ligadas.
Con todo, existe, y siempre ha existido, una cara más desagradable del Estado-nación: el nacionalismo. El impulso nacionalista puede ser agresivo o defensivo, puede estar dirigido en contra de otros o volcarse al interior de sus fronteras. En cualquier caso, vicia cualquier intento de crear una comunidad internacional de sociedades abiertas.
Este fue el problema en Iraq: un Estado-nación se había convertido en un desestabilizador de la paz en la región y más allá. Más recientemente, un fenómeno menos violento pero igualmente preocupante ha ganado terreno, el resurgimiento del proteccionismo nacional. La ronda de Doha de negociaciones comerciales está paralizada porque los países desarrollados no quieren abrir sus mercados a los productos más baratos provenientes de los países en desarrollo, que a su vez tratan de proteger sus industrias nacientes. Muchos preferirían relaciones privilegiadas que un comercio abierto.
En este sentido la UE a menudo ha sido complaciente. Pero ahora el virus nacionalista ha infectado a la misma UE. Francia, España y Polonia han intentado mantener firmemente sus industrias más grandes en "manos nacionales". Repentinamente, el mercado europeo único quedó olvidado y se está arraigando el regreso a los mercados fragmentados.
Consideremos, por ejemplo, la llamada "directiva sobre los servicios" de la Comisión Europea. Aunque la libertad de movimiento de la mano de obra es una de las "cuatro libertades" del mercado único, muchos países de la UE están tratando de proteger sus mercados laborales internos suspendiendo esta libertad tanto como sea posible. Alemania, en particular, argumenta que la alta tasa de desempleo resultante de la reunificación de 1990 requiere cerrar su mercado laboral a los nuevos Estados miembros del Este.
Esas tendencias son peligrosas. Históricamente, el proteccionismo frecuentemente ha conducido al conflicto económico, que rápidamente puede derivar en conflictos más serios.
Las señales no son buenas, incluso en Europa. En una cumbre reciente de los líderes de la UE se abordó la política energética -un área en donde la cooperación no sólo es altamente deseable sino necesaria. Con todo, incluso la Canciller alemana Angela Merkel -claramente pro europea- asistió a la cumbre con la intención explícita de obstaculizar la creación de otros poderes europeos en este campo. El acuerdo ruso-alemán para construir un oleoducto que no pase por Polonia y Lituania, con el ex Canciller Gerhard Schroeder a la cabeza del esfuerzo, ya dañó las relaciones polaco-alemanas, por no mencionar la cooperación europea.
Durante un tiempo, el péndulo de la opinión pública puede haber oscilado mucho en contra del Estado-nación y su papel. Esta es una razón por la que mucha gente se ha sentido alejada de sus líderes políticos. Pero sería desafortunado -de hecho peligroso- que ahora el péndulo regresara al viejo nacionalismo.
Los Estados-nación son bienvenidos; son elementos importantes del orden liberal mundial. Pero tienen que abrirse a la cooperación y a la coordinación con otros. Debemos estar alertas para resistir el comienzo de una tendencia que recuerda el desarrollo en los primeros años del siglo XX -una tendencia que rápido condujo a un desastre global.


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