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Los límites del bonapartismo

PARIS – Tras cuatro décadas, Francia ha vuelto a formar parte del comando unificado de la OTAN. El Presidente Nicolas Sarkozy abandonó de un golpe uno de los pilares de la política francesa y del legado de Charles de Gaulle, fundador del partido político al que pertenece.

La decisión va en línea con la manera como ha gobernado desde su elección en 2007. Ya se trate de buscar reformar el sistema judicial francés, replantear su mapa administrativo, proponer una nueva alianza de países mediterráneos o intentar poner fin a la ambigua política exterior francesa de estar alineados y, al mismo tiempo, no alineados con los Estados Unidos, Sarkozy no peca de poco ambicioso.

El problema es que demasiadas de sus decisiones han terminado por ser nada más que simbólicas, como la Unión Mediterránea, de incierto futuro; mal concebidas, como la reforma judicial, a la que se opone la casi totalidad de los profesionales de las leyes; o descaradamente creadas para su propia conveniencia, como la reforma administrativa, en la que de alguna manera se las arregló para abolir sólo los departamentos y administraciones regionales controlados por los socialistas de la oposición.

Muchos en la gobernante UMP de Sarkozy manifiestan cada vez más abiertamente su incomodidad con su forma de tomar decisiones. En efecto, en lugar de dar un espacio de maniobra realista a su primer ministro, François Fillon, o al gabinete de éste, Sarkozy ha reservado casi todos los resortes del poder para él y sus asesores del Palacio del Eliseo.

De hecho, pocos observadores informados dudan de que el principal asesor de Sarkozy en materia de asuntos exteriores, Jean-David Levitte, tenga mucho más influencia que el correspondiente ministro francés, Bernard Kouchner. De manera similar, en asuntos de política interna la ministro del interior Michelle Alliot-Marie está lejos de Claude Guéant, antiguo asesor de Sarkozy y director general de la oficina del Presidente, en cuanto a poder de definición de temas y prioridades.

Pese a todos los hábitos autoritarios de de Gaulle o François Mitterand, la personalización de la presidencia por parte de Sarkozy no tiene precedentes en la historia de la Quinta República. No oculta su desdén por los miembros de su propio partido, haciendo que socialistas como Kouchner y Rama Jade, viceministra de relaciones exteriores, pasen a formar parte de su gabinete, y nombrando a políticos socialistas retirados, como el ex Primer Ministro Michael Rocard, como jefes de comisiones nacionales y representantes de Francia en negociaciones de tratados internacionales. Puede permitirse burlarse de su partido, considerando el colapso total de los socialistas de oposición, que casi con seguridad perderán las elecciones de 2012.

Si Sarkozy gobernara con eficiencia, esos cambios políticos y organizaciones parecerían un soplo de aire fresco en un país cuyas instituciones parecen cada vez menos preparadas para los cambios de una sociedad multiétnica y post-industrial (a pesar de que la Francia intervencionista ha conservado su base industrial mejor que muchos países ricos). Así es como lo veían muchos de quienes apoyaron su candidatura. A pesar de las diferencias que pudieran tener en cuanto a qué tipo de políticas aplicar, Sarkozy sería para Francia lo que Margaret Thatcher fue para Gran Bretaña: alguien que sacara al país de su punto muerto, conservando los mejores aspectos de la planificación centralizada pero dando finalmente a los empresarios espacio para crecer, combatiendo con decisión la criminalidad y reformando el sistema educativo.

Sin embargo, Sarkozy no ha gobernado con eficacia, como lo demuestran el desencanto de su partido y de las encuestas de opinión. El carácter maniático de su presidencia –en que las iniciativas se derraman unas sobre otras, y en que cada una se presenta como la solución transformadora, denunciándose al mismo tiempo toda oposición como una sarta de mentiras, mala fe y cobardía- le ha hecho perder cada vez más credibilidad.

En una serie de temas, especialmente los salarios, la liberalización de las normas laborales, y la reforma del sistema judicial y la educación secundaria, los programas anunciados con gran fanfarria se han tenido que posponer o retirar. Casi invariablemente, Sarkozy ha culpado al ministro en cuestión para después pasar al siguiente asunto que llame su atención. Mientras tanto, su obsesión por dominar el ciclo noticioso diario, no importando cuán nimio sea el pretexto, sigue sin cambios. Hasta ha aparecido en escenas de crímenes… no desórdenes urbanos, sino crímenes pasionales privados en los que ninguna razón de estado podía exigir la presencia del Presidente de la República.

Considerando el patético estado de la oposición socialista, es difícil ver qué precio pagará Sarkozy por su paso por la presidencia, si es que llega a pagar alguno. Pero este estilo de gobierno –en esencia una campaña electoral, no un gobierno- prácticamente garantiza que no se pueda lograr casi nada de verdadera importancia.

En una conferencia de prensa reciente, el Presidente estadounidense Barack Obama recalcó que no le gustaba comentar de inmediato sobre temas de gran importancia pública antes de estar absolutamente seguro de conocer el asunto en cuestión y tener una opinión al respecto. Muchos franceses desearían que Sarkozy se impregnara de una autodisciplina semejante. Parece muy poco probable, considerando su temperamento. El resultado es que una administración en la que muchos habían puesto grandes esperanzas está cayendo en la demagogia y la ineficacia.

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