San Petersburgo es un lugar maravilloso a comienzos del verano, cuando las “Noches Blancas” bañan los palacios imperiales y las avenidas de la ciudad. No debe sorprender, entonces, que al presidente ruso, Vladimir Putin, le agrade hacer alarde de su ciudad natal.
Hace tres años, durante el 300 aniversario de la capital zarista, Putin le dio la acogida a unos 40 jefes de Estado, desde George W. Bush y Gerhard Schroeder hasta el dictador bielorruso Alexandar Lukashenka y Saparmyrat Nyazov de Turkmenistán, que se hace llamar “Turkmenbashi”, el padre de los turcomanos. Los activistas por los derechos humanos cuestionaron la sensatez de apoyar al líder de una Rusia cada vez más autoritaria. Sin embargo, Putin logró simultáneamente celebrar su cooperación con Europa en contra de la guerra en Irak, obligar a Estados Unidos a digerirlo y ser reconocido frente a sus acólitos locales como un líder mundial.
Este verano, San Petersburgo (apodada “San Putinsburgo” por el ingenio local) tal vez presencie una función repetida: Rusia presidirá, por primera vez, una cumbre del G8, a pesar del creciente autoritarismo, la guerra sangrienta en curso en Chechenia y, ahora, el apoyo al programa nuclear iraní.
Desoyendo las críticas cada vez más fuertes, Bush se opone a los llamados a boicotear la cumbre. “Necesito estar en una posición en la que pueda sentarme con él (Putin) y ser muy sincero sobre nuestros temores”, dijo Bush a fines de marzo, en la Freedom House de Washington.
¿Acaso Bush se equivoca? La pregunta sobre si reunirse o no con gente desagradable pero poderosa acosó a la diplomacia desde su concepción, y ha habido discusiones interminables -y poco concluyentes- sobre las respuestas opuestas a este interrogante. De modo que tal vez resulte más apropiado examinar los méritos de cada caso por separado, buscando antecedentes y agendas a título de guía.
Lo que hoy se conoce como el G8 se inició en 1975 como un grupo informal compuesto por Estados Unidos, los Grandes Cuatro de Europa –Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia-, Japón y Canadá, que se incorporó más tarde como una ocurrencia tardía. Se expandió hasta incluir a Rusia en 1998 por razones políticas, no económicas. Incidió la condición desdichada de Rusia –una ex superpotencia que se estaba democratizando pero que todavía era potencialmente amenazadora-, así como también sus gigantescas reservas energéticas, razón por la cual China, incomparablemente más poderosa en términos económicos, pero absolutamente inaceptable desde un punto de vista político, nunca fue invitada a participar. De hecho, aunque se supone que agrupa a las economías más grandes del mundo, el G8 hoy incluye a un país con una economía del tamaño de la de Holanda, aunque todavía esté excluido de las deliberaciones de los ministros de Finanzas de los otros miembros.
Si uno mira hacia atrás, la participación rusa probablemente debería considerarse un error. Rusia se estabilizó bajo el régimen de Putin, pero se volvió notablemente menos democrática. Su economía prosperó muchísimo gracias a las exportaciones de gas y petróleo, no a progresos saludables del mercado. El Estado sigue controlando la economía como le place, tal como lo demuestra la renacionalización de facto de Yukos.
Por otra parte, el Kremlin no se plegó al aventurismo internacional y, por el contrario, apoyó consistentemente a Estados Unidos en su “guerra contra el terrorismo”. A medida que las economías europeas se iban volviendo cada vez más dependientes del petróleo y del gas ruso, y el ejército norteamericano en Asia central del beneplácito ruso, revertir la decisión de admitir a Rusia en el G8 se volvió políticamente impensable. La cumbre de 2003 confirmó la posición privilegiada de Rusia. Una función repetida este verano la volvería inquebrantable.
¿El comentario “muy sincero sobre nuestros temores”, la justificación para codearse con gente como Putin, resultó efectivo? Tal vez no. De todos modos, aunque Rusia ha venido decayendo desde que Putin asumió el poder en 2000, sus políticas podrían haber sido peores si se lo hubiera condenado al ostracismo. En cualquier caso, un boicot norteamericano a la inminente cumbre sería un triunfo ruso, ya que sumiría a Occidente en el caos.
Pero la tolerancia de Occidente necesita un límite, sobre todo teniendo en cuenta la agenda de la cumbre, que abarca la seguridad energética, la lucha contra las enfermedades, la promoción de la educación, el contraterrorismo y la no proliferación. ¿Rusia es un socio confiable en estas áreas?
En rigor de verdad, Rusia es el principal proveedor de inseguridad energética en Europa. La extorsión con el gas a Ucrania atemorizó a todo el continente y su nueva tubería báltica a Alemania provocó la ira de Polonia y los Estados bálticos, que están furiosos por perder los dividendos económicos y políticos que les reporta una ruta terrestre. También temen que Rusia utilice el arma energética contra ellos en el futuro, una vez que la nueva tubería le permita al Kremlin hacerlo sin afectar a Europa Occidental.
Esto causó poca impresión en sus socios alemanes en la Unión Europea –lo cual no es una sorpresa, ya que Schroeder hoy preside el consorcio que construirá la tubería-. Como dijo el ex primer ministro francés Pierre Mauroy en 1981, cuando se negó a cancelar un acuerdo de gas con la Unión Soviética por la imposición de la ley marcial en Polonia, “¿El sufrimiento del pueblo francés privado de gas debería sumarse al sufrimiento del pueblo polaco privado de libertad?” Resulta complicado cambiar de costumbres.
El historial de Rusia es igualmente pobre en otros puntos de la agenda de la cumbre. Lidera la lista de la propagación de enfermedades prevenibles –no sólo el VIH, sino también la tuberculosis, con 32.000 muertes solamente el año pasado- y sus parámetros de educación están en franca decaída. En materia de terrorismo, Rusia fue el primer país en darle la bienvenida a una delegación oficial de Hamas después de las elecciones palestinas y sigue reprimiendo el terrorismo y la resistencia chechenos con métodos que la harían comparecer ante una Corte Internacional si no fuera un miembro del Consejo de Seguridad. Sobre la no proliferación, basta con preguntarles a los ayatollahs en Teherán.
La Rusia de Putin no es un lugar para que los líderes democráticos lleven a cabo una cumbre, especialmente después de los resultados miserables de la última. La agenda de la cumbre tampoco justifica que se realice allí. Si bien las políticas de Putin podrían haber sido mucho peores –es legítimo otorgarle crédito cuando así lo merece-, a Rusia no debería permitírsele tomar por entendido a Occidente. No se ganaría nada rompiendo con Rusia e involucrándose en una confrontación con ella, pero no hay ninguna razón para no responder a la Realpolitik con Realpolitik.


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