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El color de Putin

La conciencia pública siempre recurre a estereotipos, pero siempre es mucho peor cuando los estereotipos substituyen a la conciencia de las minorías selectas de una sociedad. Así es en relación con la Rusia actual.

Los círculos liberales occidentales y nacionales suelen caracterizar el gobierno de Vladimir Putin como cada vez más autoritario e ineficaz. En la medida en que los regímenes no liberales –y sobre todo los personales– están considerados los menos, estables, la conclusión lógica es la de que el guión de las “revoluciones de colores” que observamos en Georgia, Ucrania y Kirguistán podría repetirse en Rusia.

Naturalmente, en la Rusia actual todo es posible, pero creo que quienes piden una “revolución de color” abrigan más ilusiones que lógica práctica.

Téngase en cuenta, por ejemplo, que nadie ha creado una forma precisa de calibrar si un gobierno es –y en qué medida– eficaz. Si el criterio de eficacia es la capacidad para lograr todos los fines de la sociedad, probablemente nunca veremos algo así. Los Estados Unidos, con un gobierno que no podemos calificar de débil precisamente, falló en la guerra del Iraq y en el período inmediatamente posterior a la llegada del huracán Katrina. Comparados con esos fracasos, los logros de Vladimir Putin en Chechenia parecen el culmen del éxito.

Asimismo, la dirección de la Unión Europea es criticada por su incapacidad para lograr tasas de crecimiento económico superiores a 1-2 por ciento; con ese criterio, se debería considerar supereficaz cualquier gobierno de un país con un crecimiento del 7 por ciento, como la Rusia de Putin. De hecho, la administración actual es mucho más eficaz que el gobierno de Boris Yeltsin durante el decenio de 1990. Entonces la mayoría del país no estaba gobernada en absoluto, la mitad de la capacidad productiva del país desapareció, el Kremlin no consiguió que se aprobara una sola ley de reforma en la Duma comunista y sólo los perezosos no hablaban de la desintegración del país.

Desde luego, no se puede calificar a la Rusia contemporánea de democracia ejemplar y no todas las tendencias son alentadoras, pero pensar que estamos pasando de la “democracia” de Yeltsin a la “autocracia” de Putin es, sencillamente, una tontería. En la actualidad resulta difícil imaginar que unos tanques disparen contra un Parlamento legalmente elegido o la privatización de los activos estatales –además de la delegación de la dirección real del país- para la familia y los amigos empresarios del Jefe del Estado.

Asimismo, no fue Putin quien promulgó una Constitución con un gobierno presidencial enormemente poderoso y un sistema débil de controles y equilibrios, como tampoco inició la matanza de Chechenia. El régimen de Yeltsin no fue tanto democrático cuanto anárquico y oligárquico. Hoy hay menos anarquía y menos oligarquía.

La situación en Rusia dista mucho de la que se daba, pongamos por caso, en Ucrania en el momento de la revolución “anaranjada” del año pasado. Nosotros, los rusos, no tenemos a un Victor Yushchenko, que desde el principio fue el dirigente indiscutido de la oposición de derechas. Tampoco tenemos a un Leonid Kuchma, un presidente ineficaz y débil que concitaba un odio generalizado. Con un nivel de aprobación que ronda el 70 por ciento, nadie puede acusar a Putin de ser impopular... ni –lo que equivale a lo mismo– de la voluntad de rendirse ante la oposición o ante la gente en la calle.

En cualquier caso, no son los liberales quienes pueden hacer salir al pueblo a las calles en Rusia; son los comunistas y los nacionalistas. Su revolución roja y marrón sería, desde luego, de colores, pero no precisamente daría los alegres resultados que los liberales dicen desear.

Los liberales deben afrontar la sombría realidad: Rusia tuvo ya una revolución “anaranjada” en 1991 y los resultados no fueron particularmente impresionantes. De hecho, tal vez Ucrania esté empezando también a sufrir su propia resaca revolucionaria. Como muestra la reciente defenestración por Yushchenko de todo su gobierno, las revoluciones de colores tienen que demostrar aún su competencia y eficacia.

Alexis de Tocqueville afirmó que en la base de todas las revoluciones se encuentran esperanzas no realizadas, que todas las revoluciones son engendradas por la desilusión causada por unas esperanzas exageradas. El punto culminante de desilusión con los dirigentes de Rusia se produjo en 1999, cuando el nivel de confianza en Yeltsin se desplomó hasta el 3 por ciento, más o menos.

En realidad, el principal problema que plantea el gobierno actual de Putin para sus críticos occidentales es el de que sus amigos y pensadores afines han quedado fuera de los círculos de poder. Eso puede ocurrirle a cualquiera, pero, aun así, no es un motivo para una revolución, que siempre es mejor desear a los demás que a nosotros mismos.

Aun así, no me cabe duda de que, cuando hayan de celebrarse las próximas elecciones presidenciales en 2008, se hará un intento de derribar el gobierno de Rusia por medios extraelectorales.

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