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Los detalles de Eurolandia

La aparición tranquila de billetes y monedas denominados en euros ha desencadenado una valiosa reconsideración de los objetivos últimos de la unión monetaria de Europa. Persisten dos puntos de vista, que han circulado desde que el proceso empezó a fines de los ochenta. El primero sostiene que la unión monetaria sólo busca consolidar el Mercado Interno Unico de bienes y servicios. El segundo considera al euro como un mecanismo para forjar una unión política más firme. Estas dos metas son complementarias, pero la llegada física del euro ha reabierto viejas divisiones sobre sus aspectos económicos y políticos y, en cierta medida, en cuanto a los detalles de la divisa entre los miembros de la UE.

No se debe subestimar el impacto económico del euro. Aunque el mayor paso hacia la unión monetaria se dio cuando las divisas nacionales se convirtieron en subdivisiones del euro, la llegada de los billetes y monedas ofrece ventajas adicionales. La transparencia en los precios al consumidor fortalecerá la competencia. Los precios y las expectativas de inflación tenderán ahora a estar guiados cada vez más por una tasa de inflación común, que se mantendrá baja mediante una política monetaria conjunta, y no por precios nacionales erráticos y divergentes. También es de esperarse una profundización de la integración financiera. Por último, la naturaleza irreversible de la unificación monetaria será cada vez más clara para los ciudadanos.

Sin embargo, ¿mejorará la culminación de la unificación monetaria la unión política de Europa? Para obtener una imagen más clara, los asuntos relativos a la unión monetaria deben mantenerse separados de las cuestiones políticas más amplias.

El marco para la política monetaria conjunta que se negoció en Maastricht se enfocó en la estabilidad de precios a mediano plazo, que debe garantizar el Sistema Europeo de Bancos Centrales (el Eurosistema), al que se creó lo más independiente posible de las autoridades políticas nacionales y europeas. Los elementos que podrían haber socavado este marco se abordaron atacando a tres fuentes potenciales de fricción:

Las desviaciones nacionales de política presupuestal. Estas fueron constreñidas mediante límites a los déficit presupuestales, que después quedaron plasmados en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

La obligación de intervenir en defensa de un nivel particular del euro en los mercados internacionales de divisas. Se redujo la posibilidad de ello dándole un papel central en su diseño al Eurosistema, dedicado a objetivos internos y, por ello, instintivamente reacio a contraer compromisos externos.

La supervisión de las instituciones financieras, que en tiempos de crisis podría llevar a inyecciones grandes de liquidez. Esto se dejó en manos de las instancias reguladoras nacionales.

A pesar del la asignación clara de responsabilidades del Eurosistema, el marco sigue teniendo algunas fallas. La debilidad cíclica de la zona del euro desde principios de 2001, la debilidad externa del euro y las dificultades persistentes en la armonización del marco para los mercados financieros (que han generado controversias sobre el control legislativo entre las instituciones europeas) son prueba de que establecer políticas que impulsen el crecimiento mientras se lucha contra la inflación no es nada fácil de lograr. Sólo se pueden obtener avances en las tres áreas a través de la coordinación contínua de los poderes discrecionales que conservan los miembros de la UE, que no es lo que buscaba el Tratado de Maastricht. Para remediar esto, los siguientes pasos del euro exigirán una mayor unión política, aunque en un sentido más limitado.

En efecto, no se ha tratado el desempeño comparativamente débil de la zona del euro. La productividad industrial de Europa no ha logrado recuperarse desde 1995 en comparación con los EU. No obstante, las políticas macroeconómicas y monetarias del continente desafortunadamente ya están a la vista. Aunque en los últimos años se desarrollaron estándares y procedimientos, y el énfasis en las cuestiones estructurales está creciendo, la brecha entre la retórica y los logros sigue siendo amplia. Se espera que el Consejo Europeo de Barcelona acelere las medidas. Ciertamente, si no hay distracciones por divergencias dentro de la zona del Euro, resultará más fácil poner atención en los asuntos estructurales.

¿Acaso puede el euro estimular una mayor unión política, más allá de la que es necesaria para la política monetaria? Los grandes efectos secundarios siempre han parecido cuestionables. Algunos avances recientes en las políticas comunes (como la orden de arresto europea, por ejemplo) han llevado a algunos a ver un vínculo, pero esto no parece realista. Los asuntos fundamentales de política están encontrando apoyo por méritos propios.

Fuera de la zona del euro (en el Reino Unido, Suecia y Dinamarca) el debut tan tranquilo de los billetes y las monedas en euros ha recibido aplausos. Es en Suecia, con una divisa débil, donde la opinión pública sobre la membresía en el euro ha cambiado de forma más clara. Como respuesta a ello, el primer ministro Person ha adelantado el referendum sobre la membresía en el euro a 2003, después de las elecciones parlamentarias de septiembre de este año.

Además, los suecos, no son los únicos que están reconsiderando sus reservas hacie el euro. La hostilidad tradicional de Noruega a la membresía en la UE ha disminuido, de acuerdo con los encuestadores, desde que los euros aparecieron en las tiendas; y el gobierno del Reino Unido ha reafirmado su compromiso de evaluar la membresía potencial de su país para mediados de 2003.

Además de seguir cumpliendo con los demás criterios del Tratado de Maastricht (como probablemente lo harán), Suecia y el Reino Unido tendrán que convencer a sus públicos y sus socios de la zona del Euro de que podrán manejar sus economías sin una política monetaria nacional, y negociar una tasa de cambio de ingreso para sus divisas. Si lo hacen, podrán introducir el euro hasta el 2006 por lo menos, suponiendo que haya un resultado positivo en el referendum de 2003.

En Dinamarca, mi país, el problema no es si estamos preparados económicamente o no. De hecho, los electores daneses ya han visto los beneficios de la membresía en el euro, debido al vínculo inalterado de la corona danesa primero con el marco alemán y después con el euro durante los últimos 15 años. El rechazo público del euro en el referendum del 2000 se debió a que quienes apoyaban al euro no supieron explicar la diferencia entre esa política, a la que nadie se opone, y la participación de lleno en el euro. Como resultado, Dinamarca puede ser el último país en votar, pero no necesariamente en unirse.

A pesar de sus distintas posiciones de arranque, Suecia, Dinamarca y el Reino Unido tienen esto en común: prefieren considerar al euro como el remate en la construcción del Mercado Unico y no como escalón hacia una mayor unión. Mientras más se haga hincapié en la segunda interpretación, más renuentes se vuelven. Prefieren remediar los impedimentos estructurales al crecimiento como un objetivo en sí mismo, no como un paso hacia el federalismo. Por ello, los entusiastas que vinculan al euro con la unión política dañan a su propia causa al poner en peligro el apoyo popular para la adopción del euro.

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