BANGKOK – “El futuro de Tailandia está en juego”, declaró el eminente académico tailandés Thitinan Pongsudhirak justo antes de que el Tribunal Constitucional del país resolviera que el partido en el poder, el Partido del Poder del Pueblo, y sus dos compañeros más pequeños de coalición eran “ilegales” y por lo tanto debían ser disueltos debido a los “fraudes electorales” cometidos por funcionarios del partido hace un año. Los líderes del partido, incluyendo al Primer Ministro, Somchai Wongsawat, quedaron inhabilitados para ejercer la política durante cinco años.
Con ese único golpe cayó el gobierno tailandés que fue electo popularmente. Ahora el Parlamento debe reconstituirse sin tres de los partidos leales a Somchai.
En la crisis actual de Tailandia, la historia se está repitiendo, ya que el PPP bajo Somachai era el mismo partido Thai Rak Thai (los Tailandeses Aman a los Tailandeses) formado por el derrocado Primer Ministro Thaksin Shinawatra, un personaje muy odiado por la élite de Bangkok. El PPP se creó porque el TRT había sido declarado ilegal cuando Thaksin fue depuesto.
Lo perverso de esto es que todas las encuestas recientes en Tailandia demuestran que Thaksin sigue siendo extremadamente popular entre la gran mayoría de los tailandeses, muchos de los cuales viven fuera de Bangkok. Así pues, a pesar de que el Tribunal y la élite han depuesto a dos seguidores de Thaksin en fila, es probable que los tailandeses vuelvan a escoger a alguien leal a él si se les permite votar en elecciones limpias.
La crisis actual se estaba gestando desde hacía tiempo, pero el punto culminante llegó cuando un grupo de manifestantes contra el gobierno ocupó el aeropuerto principal de Bangkok. Los manifestantes enarbolan la bandera de la “Alianza Popular por la Democracia”, pero en realidad han recurrido a medios no democráticos para derrocar a un gobierno electo democráticamente.
Este desfile de gobiernos derrocados y depuestos ha conducido a Pavin Chchavalpongpun, otro distinguido académico tailandés, a declarar que su país es un “Estado fallido”. Esa descripción tal vez no sea cierta todavía, pero la sombra del fracaso del Estado ciertamente está creciendo.
El pecado imperdonable de Thaksin es que violó las reglas no escritas de Tailandia sobre la forma en que se deben comportar las élites gobernantes del país. La regla clave es que el ganador de cualquier disputa por el poder no debe excluir a sus oponentes. En un país de “sonrisas” y abundancia, el ganador no debe tomar todo.
Pero Thaksin, un multimillonario por sus propios méritos, se dejó llevar por su ambición y su enorme éxito electoral. Después de dos victorias apabullantes pensó que podía tenerlo todo. Las élites tradicionales de Bangkok siempre lo habían considerado un burdo advenedizo. Una vez en el poder, esencialmente las excluyó del juego de la “apropiación”, reservándolo para sí mismo y sus secuaces.
La “planificación fiscal” supuestamente legal de Thaksin que le permitió realizar la venta por mil millones de dólares de su empresa insignia de telecomunicaciones, la Shin Corporation, en 2006 sin pagar impuestos sobre la plusvalía ofendió a las nuevas clases profesionales urbanas.
Pero para entonces Thaksin se había ganado a la población rural de Tailandia mediante políticas populares que incluían reparto de dinero. Algunos de estos proyectos eran los típicos elefantes blancos, pero otros sí satisfacían necesidades rurales reales: reducción de los costos de la atención a la salud, préstamos agrícolas subsidiados y medidas de sostenimiento de los precios. La base rural de Thaksin lo recompensó llevándolo de nuevo al poder sin tomar en cuenta su corrupción personal.
Los detractores de Thaksin afirman que su estrategia rural (que sus sucesores han mantenido) es una cínica compra de votos. Pero la base rural de Thaksin se pregunta por qué los grupos que se oponen a Thaksin y quienes lo precedieron en el poder nunca intentaron hacer gran cosa por ellos. Después de todo, esa compra de votos para ganar voluntades y conciencias es un juego en el que todos los partidos pueden participar.
El “precio” corriente para la “renta de multitudes” durante lo más álgido de la crisis era de 300 bahts al día por persona, más comida, transporte y una camiseta amarilla limpia –el amarillo es el color de la realeza. Estas protestas han durado intermitentemente durante casi 200 días, con multitudes que van de algunos cientos a decenas de miles. Es generalmente sabido que las élites empresariales que estaban en contra de Thaksin dieron el dinero para mantener a la gente en las calles.
El rey de Tailandia, universalmente amado y respetado, no ha adoptado una posición pública respecto de la ocupación de los aeropuertos ni de ninguna de las manifestaciones recientes. Algunos analistas afirman que los líderes antigubernamentales se han apropiado de los colores reales para simular que tienen su apoyo.
Sin embargo, la opinión generalizada es que Thaksin cometió un crimen de lesa majestad al tratar de menoscabar la autoridad moral de la corona, una de las piedras angulares del reino, tal vez para remplazarla con una república que él pudiera controlar. El de lesa majestad es un delito grave en Tailandia.
Es cierto que la reina de Tailandia en persona presidió el funeral de un manifestante que murió en un enfrentamiento con la policía. Desde ese momento, la vigilancia de las manifestaciones se hizo totalmente pasiva. Corren rumores en el sentido de que la reina dijo que pagaría los gastos médicos de los manifestantes heridos.
Las facciones anti Thaksin no han logrado dar un golpe aplastante en ninguna de las elecciones generales recientes. Las protestas callejeras para paralizar al gobierno siguen siendo su única arma. Pero hasta que las élites civiles que se oponen a Thaksin puedan convencer al resto del país de que tienen intenciones serias de ganar las voluntades y las conciencias de los pobres, Tailandia se seguirá tambaleando entre ser una república bananera y un Estado fallido.


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