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Cómo contener la turbulencia financiera

by Jomo Kwame Sundaram and Rob Vos

La turbulencia actual del mercado financiero no es ninguna sorpresa para quienes han venido advirtiendo sobre los riesgos para la economía mundial desde el fin de la burbuja del mercado inmobiliario en Estados Unidos. Allá por enero, la perspectiva de las Naciones Unidas para la economía global planteaba preocupación sobre la penuria económica que esto podía implicar para los hogares norteamericanos altamente endeudados. También enfatizaba hasta qué punto los mercados financieros globales débilmente regulados y estrechamente interconectados, sumados a los persistentes desequilibrios macroeconómicos globales, ponen en peligro las perspectivas de crecimiento y desarrollo en la economía mundial, incluso en los países más pobres.

El actual déficit de cuenta corriente de Estados Unidos ha sido el indicador más discutido de los desequilibrios globales. Durante los últimos cinco años, Estados Unidos ha venido absorbiendo más de 2.000 millones de dólares por día de los ahorros de otros países, ya que la provisión fácil de crédito doméstico a un nivel sin precedentes les ha permitido a los hogares gastar más de lo que ganan. Este tipo de préstamos resultaba especialmente atractivo ya que los precios de los activos (vivienda y acciones) siguieron subiendo, las tasas de interés se mantuvieron bajas y las generaciones subsiguientes de innovadores del mercado financiero pudieron convencer a los inversores de que habían dominado las exigencias de riesgo. En consecuencia, los mayores empréstitos, incluso contra colaterales sobrevaluados, se “vendieron” como una señal de buenos tiempos por delante.

Las advertencias sobre la exhuberancia irracional del mercado en general se ignoraron, especialmente porque el gasto de los consumidores norteamericanos ayudó a alimentar un fuerte crecimiento en toda la economía global. Las exportaciones sólidas de Japón y Europa respaldaron la recuperación económica y reforzaron la confianza de los inversores, ofreciendo, a su vez, mayores posibilidades de exportación a los países recientemente industrializados, básicamente China.

Mientras tanto, una mayor competencia internacional mantuvo controlada la inflación y las tasas de interés permanecieron bajas, dándole un mayor impulso al gasto de los consumidores y completando lo que parecía un ciclo de crecimiento virtuoso. Incluso muchos de los países más pobres, finalmente, parecían empezar a ser de la partida, con un fuerte crecimiento como consecuencia de los crecientes precios de la energía y las materias primas, renovadas inversiones en minería del extranjero y mayores ingresos fiscales.

Si bien los números nunca fueron tan alentadores como parecían pensar los entusiastas del mercado, sí desviaron la atención de los cimientos tambaleantes de la nueva prosperidad. La creciente necesidad de medidas para corregir los desequilibrios globales se enfrentó al escepticismo de estrategas influyentes y analistas de mercado por igual: “¿Por qué cambiar una fórmula ganadora?”

El destino del resto del mundo depende de las respuestas a la turbulencia financiera en curso. La contracción de los mercados inmobiliario y accionario sin duda deprimirá los empréstitos y la demanda de los hogares norteamericanos, lo que potencialmente dispararía una espiral descendente. Si se busca una protección a través de aranceles y otras medidas relacionadas con el comercio, entonces las repercusiones podrían tener consecuencias aún más devastadoras para todos.

En las últimas semanas, los principales bancos centrales inyectaron más de 300.000 millones de dólares en el sistema financiero, redujeron las tasas a las que les prestan a los bancos privados y anunciaron que este activismo continuará hasta que retorne la calma. Esto puede bastar para calmar a los mercados financieros por ahora, pero no resolverá los problemas más fundamentales detrás de la turbulencia actual. En el mundo interdependiente de hoy, se necesita una estrategia coordinada para evitar la recesión y devolver una estabilidad duradera a los mercados financieros.

Por cierto, el hecho de que el mundo nuevamente se preocupe por las consecuencias económicas de los sobresaltos financieros pone de manifiesto la falta de progreso desde la crisis asiática hace una década para avanzar hacia una nueva arquitectura financiera internacional. Si bien se ha avanzado en cuanto a armonizar las normas y extender la vigilancia, se ha registrado un énfasis excesivo en el fortalecimiento de la gobernancia en los países en desarrollo y no el suficiente en los problemas sistémicos vinculados a los flujos desregulados del capital privado.

Con la inminente amenaza de una recesión global, las medidas de austeridad no son la manera de corregir los desequilibrios globales. Más bien, los países con déficits necesitan recuperar el equilibro a través de las exportaciones, mientras que las importaciones deberían aumentar en los países con excedentes. Es más, se necesitan inversiones productivas en los países más pobres para reanudar o sustentar el desarrollo económico.

Los diseñadores de políticas necesitan que el espacio fiscal y monetario avance en esta dirección. Institucionalizar un mecanismo para una vigilancia económica internacional y una coordinación de políticas de amplio espectro será un objetivo importante a más largo plazo, pero, en este momento, los líderes mundiales necesitan urgentemente reequilibrar la demanda global y mejorar la gestión del sistema de tipo de cambio.


Para avanzar es necesario que todos los gobiernos actúen a través de organizaciones multilaterales y acuerdos inclusivos. A pesar de la gobernancia antidemocrática y corporativa del FMI, que socavó su legitimidad y credibilidad en el mundo en desarrollo y distorsionó los esfuerzos para entender su papel de supervisión, no existe ninguna entidad multilateral alternativa.

Una respuesta coordinada de este tipo necesitará abordar los problemas inmediatos a corto plazo así como ofrecer soluciones a mediano plazo sin sumergir a la economía mundial en otra recesión dolorosa. Y es imperativo que esta vez las reformas ofrezcan una solución duradera a los desequilibrios globales y aborden de inmediato los elementos más turbulentos del capital financiero internacional.

Jomo K. Sundaram es subsecretario general para desarrollo económico en el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas. Rob Vos es director del Departamento de Políticas para el Desarrollo Económico y División de Análisis de las Naciones Unidas.

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