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Refrenar a la Europa de las naciones deudoras

MUNICH – Los países de la zona del euro acaban de acordar la decisión de facilitar 80.000 millones de euros en créditos muy favorables a lo largo de los tres próximos años y abrigan la esperanza de que el Fondo Monetario Internacional aporte al menos otros 15.000 millones de euros, pero el tipo de interés que Grecia debe pagar a los compradores de sus bonos estatales ha aumentado hasta un nivel sin precedentes de casi el 9 por ciento: 5,9 puntos porcentuales por encima del tipo de referencia pagado por Alemania, lo que representa 16.000 millones al año de euros más en pago de intereses por la deuda actual de Francia, que asciende a 273.000 millones de euros. Evidentemente, los mercados siguen creyendo que Grecia suspenderá el pago de su deuda.

Además, Grecia tiene otro problema enorme: su déficit por cuenta corriente asciende actualmente a la friolera del 13 por ciento de la renta nacional, lo que significa que se deben financiar anualmente 27.000 millones de euros mediante empréstitos o la venta de activos griegos. Como los inversores internacionales ya no desean financiar su déficit y ni siquiera se atreven a refinanciar la deuda griega actual, sólo quedan tres posibilidades.

La primera es que la Unión Europea aporte los fondos necesarios con carácter permanente, con lo que se crearía una “Unión Europea de Transferencias” en beneficio de los países deficitarios, incluidos Portugal, España, Irlanda e Italia. La segunda opción es la de que Grecia pase por una depresión, reduciendo sus salarios y precios. Por último, Grecia podría abandonar el euro y devaluar su moneda.

Esas tres opciones son dolorosas, si bien por razones diferentes. La primera es insoportable para los países más estables de la UE, porque los privaría de su riqueza y los arrastraría a una peligrosa vorágine fiscal. La segunda provocaría aún más disturbios en las calles de Grecia, con consecuencias políticas imprevisibles, y la tercera desestabilizaría el euro, con la posible consecuencia de movimientos especulativos contra otros países de la UE. Como todas las opciones posibles son malas, la situación merece perfectamente el calificativo de “tragedia griega”, como las hasta ahora vistas sólo en el escenario.

Los políticos creen que imponer más disciplina presupuestaria a Grecia es una cuarta posibilidad, pero no es cierto. La disciplina presupuestaria funcionará sólo en la medida en que conduzca al país a una depresión e induzca una devaluación real mediante una reducción de salarios y precios, es decir, la segunda opción. Si bien eso estimularía la entrada de turistas y la venta de propiedades inmobiliarias, cosa que para un lego parece fácil y viable, sería, en realidad, la solución más problemática para Grecia, porque reavivaría aún más las protestas internas y hasta tal punto, que podría desestabilizar el Mediterráneo oriental.

Si Grecia hubiera dado muestras de una disciplina férrea y oportuna en materia de deuda, se podría haber evitado la tragedia. Entonces el país no habría podido quedar expulsado del mercado con el aumento de los precios y un auge artificial financiado con deuda. No habría habido borrachera, pero tampoco resaca.

La enseñanza que se desprende de la crisis es la de que una unión monetaria necesita una disciplina presupuestaria inflexible para evitar un ciclo de auge y depresión en primer lugar. Una vez más, hemos de examinar tres posibilidades:

  • El sistema americano. En los Estados Unidos, no hay un mecanismo de rescate ni préstamos intergubernamentales. Los estados derrochadores quiebran, si es necesario. Los mercados fomentan la necesaria disciplina en materia de deuda oportunamente, al imponer tipos de interés mayores a la deuda estatal. Ese sistema ha funcionado muy bien desde el siglo XIX, pese a (o por) haber pasado por no pocas quiebras estatales. Dado el peligroso estado de la hacienda de California, puede que se lo ponga a prueba de nuevo.
  • El sistema alemán. En Alemania, un “consejo de estabilidad” debe aprobar los presupuestos de los estados. Conforme a la Constitución alemana, a partir de 2020 no se permitirá a los estados alemanes (o Länder) déficit alguno y deberán ya perseguir la consolidación fiscal para cumplir ese objetivo. En casos excepcionales, un estado podrá tener un déficit, pero su volumen acumulativo no deberá exceder el 1,5 por ciento del PIB. Si excede el 1 por ciento del PIB, se substraerá el exceso del presupuesto permitido para el año siguiente, siempre y cuando la economía esté en alza y se esté reduciendo el déficit de producción.
  • Se debe ampliar un nuevo sistema de la UE, siguiendo la lógica de la estrategia de rescate que está aplicando actualmente, para incluir sanciones automáticas a los “pecadores en materia de deuda”. Los países de la UE facilitarían préstamos, en caso necesario, en forma de bonos estatales garantizados con activos estatales privatizables. Su suma acumulada se limitaría al 10 por ciento del PIB. Si un país quebrara, pese a haber contado con esos préstamos, tendría que abandonar el euro y devaluar.

Las sanciones automáticas castigarían a un país cuyo coeficiente deuda-PIB excediera el tope del 60 por ciento establecido en el Tratado de Maastricht o cuyo déficit presupuestario excediese el límite del 3 por ciento del PIB. Las sanciones podrían ser tan elevadas como habrían sido los intereses, de no haber habido ayuda, con lo que se velaría por que una mayor estabilidad gracias al euro beneficiara a todos los países de la zona del euro, en lugar de a los propios miembros derrochadores. Para impedir a los pecadores caer en una trampa de la deuda, las sanciones podrían adoptar la forma de bonos garantizados con activos estatales privatizables.

Todo esto es desagradable y puede que no guste a los políticos que creen en los sueños, pero la crisis europea de la deuda no desaparecerá en el aire en virtud de falsas ilusiones. Ya es hora de que Europa afronte sus verdaderas opciones para mantener la estabilidad del euro... y la de la propia UE.

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