Mientras supervisaba ejercicios militares desde un submarino nuclear cerca de Escandinavia, Vladimir Putin anunció que Rusia había desarrollado un nuevo sistema de misiles, el más sofisticado del mundo. No se trató de su momento más convincente. Tres misiles antiguos, lanzados en su presencia, no llegaron a sus objetivos en Kamchatka. El submarino donde estaba Putin se parecía al Kursk, que explotó durante un ejercicio militar semejante en el 2000, matando a 118 marinos.
Tras la catástrofe del Kursk, se le preguntó a Putin qué había pasado realmente. "Se hundió", contestó con una sonrisa algo macabra. En un chiste reciente, un entrevistador pregunta a Putin que pasó con los cachorros de su perro favorito, cuyo nacimiento había anunciado con orgullo en las elecciones parlamentarias de diciembre. "Se hundieron", responde.
La democracia rusa es casi tan joven y ciega como los cachorros de Putin, pero mucho más pobre. Los países de bajos ingresos pueden desarrollar una democracia, pero tienen dificultades para mantenerla. La India, que es al mismo tiempo pobre y democrática, es una feliz excepción a esta regla. ¿Será Rusia, cuya tradición política no es británica sino soviética, otra excepción? Los países con ingresos per cápita cercanos al nivel actual de Rusia logran mantener una democracia por 15 a 20 años, en promedio. La democracia rusa, nacida en 1991, puede estar acercándose a su fecha de caducidad.
El primer periodo de Putin en el poder demostró ser un éxito económico y un fracaso político. Los altos precios del petróleo permitieron un rápido crecimiento de la economía rusa y los ingresos de la gente común. (Los europeos no tienen por qué sentir envidia: el crecimiento es más rápido cuando empieza de abajo… recordemos el ejemplo de los cachorros.) Rusia es un país rico con una población pobre y los planes de redistribución funcionan bien en esas condiciones.
Pero no será por mucho tiempo. Putin ha prometido duplicar el PGB ruso para el 2010, un objetivo ambicioso cuyo éxito mejoraría las perspectivas de la democracia. Sin embargo, pocas de las promesas de Putin se han cumplido.
La guerra de Chechenia se alarga, causando nuevas victimas cada mes. Debido al creciente racismo, han ocurrido asesinatos de estudiantes extranjeros. La población esta disminuyendo, pero la inmigración se encuentra bloqueada por razones ideológicas. La reforma militar todavía está por hacerse. Los medios de comunicación independientes están prácticamente extintos. La posición internacional de Rusia es peor que nunca. Turquía y Ucrania aspiran a unirse a la Unión Europea. Rusia no.
Putin espera basar su popularidad personal en el crecimiento económico, pero esta es una mala apuesta. Las empresas privadas, no el estado, impulsan el crecimiento económico. Prácticamente todo lo que un ciudadano ruso puede encontrar en un supermercado, incluido el supermercado mismo, es producido o importado por firmas privadas.
El petróleo, principal motor del crecimiento, está controlado por el sector privado. A fines de la década de 1980, Mikhail Gorbachev anunció que el petróleo ruso estaba prácticamente agotado. Ahora Putin reclama el mérito de haber convertido a Rusia en el primer productor mundial, por delante de Araba Saudita.
En efecto, este es un éxito. El sector de los hidrocarburos asegura el crecimiento de Rusia, debilita el poder de los productores árabes y la OPEC y, por lo tanto, permite prever un descenso en los precios del crudo. El problema para Putin es que este éxito se logró no gracias al estado ruso, sino a las empresas privadas.
Mediante su papel de garante de los derechos de propiedad, la creación de tribunales independientes y la recolección de impuestos justos, el estado es crucial para el surgimiento de un ambiente favorable para los negocios. Pero atribuir el desempeño de los negocios rusos a las iniciativas del estado es lo mismo que atribuir el trabajo de un escritor a su editor, o incluso a su censor. Muchos industriales rusos, como los fundadores de Yukos Oil, estuvieron a la cabeza del asombroso crecimiento de sus empresas. Hoy algunos de ellos están en la cárcel, en el exilio, o fuera de la industria debido a los amedrentamientos que han sufrido.
Mientras tanto, el crecimiento económico, vital para una población empobrecida pero ambiciosa, ha sido el tema central de la campaña presidencial. No se puede engañar al pueblo acerca del crecimiento; la gente siente el peso de sus bolsillos mejor que nadie. Pero se puede manipular el modo como ven el asunto: ¿Quiénes son los autores del crecimiento, los Jodorkovskys o los Putins? Pareciera que el crecimiento aquí se atribuye no a quienes lo producen, sino a quienes lo castigan.
El negocio de Putin y su camarilla es la política. Formados como abogados o incluso como filólogos, pero con raíces prácticas en los servicios de seguridad, estos personajes introdujeron un concepto que ellos llaman "tecnología política". Estas "tecnologías" van desde la producción de partidos políticos que actúan como señuelos, hasta la persecución legal de los adversarios, pasando por la publicación de falsas encuestas y el amañamiento de las votaciones.
Por supuesto, los votantes han sido engañados, comprados y chantajeados desde que se instauró la democracia. La novedad, al menos para los rusos, es que estas "tecnologías" están coordinadas eficientemente desde lo alto de la administración presidencial.
El ejemplo exitoso más reciente fue la invención del partido político "Tierra Madre", que restó votos a los partidos liberales y a los comunistas. Creado por la administración presidencial dos meses antes de las elecciones presidenciales de diciembre, "Tierra Madre" se dividió y prácticamente colapsó dos meses después de su sorprendente victoria.
Los expertos en política, las empresas encuestadoras y las consultoras de Rusia atribuyen cada éxito o fracaso de la política rusa a las "tecnologías políticas". Su profesión se ha vuelto tan importante en los últimos años que ahora el 25 de febrero es el "Día del Consultor Político". Este año, la fecha coincidió con la destitución por parte de Putin del hasta entonces Primer Ministro, Mikhail Kasyanov (uno de los arquitectos de las reformas pro-negocios de Rusia), como si con ello estuviera celebrando el indisputable poder de la "tecnología política".
Esta manera de gobernar no es un buen presagio de largo plazo para el crecimiento económico ni para la democracia. Porque al ahogar los cachorros, éstos se hunden.


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