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El campo minado de la política libanesa

La conferencia de donantes de países occidentales y naciones árabes que disfrutan de las riquezas petroleras, que se realizará en París esta semana, no hace más que continuar el trabajo de dos conferencias multilaterales previas de 2001 y 2002, dirigidas a ayudar al Líbano a reconstruir su infraestructura tras años de guerra civil y ocupación israelí, y a enfrentar su enorme deuda. Esta vez, los donantes ayudarán también a compensar los $3,5 mil millones en pérdidas directas e indirectas causadas por la guerra del verano último entre Israel y Hezbolá, y el aumento adicional de la deuda a $40,6 mil millones, que ya asciende a un 180% del PIB del Líbano.

El plan de trabajo parece claro, pero “París III” ha adquirido una finalidad política que apenas se puede ocultar: fortalecer el gobierno del Primer Ministro libanés Fouad Siniora frente al gran reto que en el nivel local representa Hezbolá y, por extensión, limitar la influencia de las naciones que apoyan a esta organización: Siria e Irán.

Occidente debe actuar con cautela. Existe un riesgo real de que quede enredado como actor partidista en la política local del Líbano. Tampoco debería intentar convertirse en participante de las agendas regionales de Arabia Saudita, Egipto y Jordania, que difícilmente son modelos de democracia, que están ansiosos por enfrentarse a lo que describen como un amenazante "arco" de poder musulmán chiíta que se extiende desde Irán al Líbano, pasando por Siria e Irak.

Piénsese en lo siguiente: Estados Unidos y Francia, que han tomado la iniciativa occidental en lo que respecta al Líbano, han confirmado la "naturaleza democrática y constitucional" del gobierno de Siniora. Esto es así sólo hasta cierto punto, ya que el sistema político libanés, basado en una distribución confesional, asigna sólo un 21% de las bancas parlamentarias a los chiítas, que forman cerca del 40% de la población. Los sunitas, que componen a lo sumo el 20%, reciben el puesto estatal con mayor poder ejecutivo, el de primer ministro.

Más aún, el Movimiento Futuro al que pertenece Siniora, que tiene una base sunita y es antisirio, extendió esta desigualdad al actual parlamento cuando hizo caso omiso de la oposición e insistió en llevar a cabo las elecciones generales de 2005 basándose en la Ley Electoral elaborada bajo tutela siria en 2000, cuya distribución territorial es poco representativa de la población libanesa actual.

En consecuencia, los países occidentales deberían tener cuidado a la hora de descartar y desoír a la oposición libanesa como mero peón de Siria e Irán. En lugar de ello, deben recibir con interés las propuestas de los mediadores de la Liga Árabe para emprender una reforma electoral inmediata y llamar a elecciones parlamentarias anticipadas. Al mismo tiempo, Occidente debería esperar que la oposición apoye la creación de un tribunal internacional para investigar el asesinato del ex Primer Ministro Rafiq Hariri, si bien después de aclarar y precisar las reglas de las Naciones Unidas, excesivamente amplias, que rigen la investigación en la actualidad.

Occidente también debe reconocer que los votantes de Hezbolá y su aliado Movimiento Patriótico Libre, mayoritariamente cristiano y encabezado por el candidato presidencial Michel Aoun, serán los más afectados por las reformas económicas y administrativas propuestas por Siniora, como levantar los subsidios al combustible y elevar abruptamente el impuesto al valor añadido. La Federación de Sindicatos, de 200.000 miembros, ya se ha unido a la causa de la oposición, y las propuestas de Siniora impulsarán aún más el nacionalismo populista de base.

Se podrá pensar que todo esto es una reacción conservadora y predecible a la enorme urgencia de reformas, si no fuera por el triste historial de la administración económica sunita, que por muchos años se adaptó demasiado bien a la dominación siria. Parte del legado de Hariri fue el otorgamiento de licencias prácticamente monopólicas a los miembros de su camarilla -por ejemplo, en el área de las comunicaciones móviles- y la venta de deuda del gobierno a tasas altamente rentables a bancos locales en los que poseía un interés directo. Lo mismo se puede decir del despilfarro de las políticas de endeudamiento gasto y el uso de las contrataciones en el sector público para cooptar facciones políticas; ambas prácticas son el origen del problema de la enorme deuda del Líbano.

Sin embargo, el verdadero reto para la política occidental en el Líbano no es la reforma constitucional ni la creación del tribunal para el caso Hariri. Es probable que el gobierno de Siniora y la oposición lleguen a un arreglo en los próximos meses, posiblemente en base a alguna variante de las propuestas de la Liga Árabe. El mayor desafío es solucionar el nudo gordiano que vincula a Hezbolá (y el problema de su desarme), Siria e Israel en un triángulo fatídico.

En pocas palabras, Occidente debe prevenir la reanudación de las hostilidades en el Líbano, buscando generar conversaciones sin condiciones entre Siria e Israel acerca de los Altos del Golán. De no hacerlo, París III representará otro intento de evadir los problemas políticos fundamentales y, en consecuencia, nada más que la acumulación de problemas para el futuro.

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