En la economía mundial en expansión de hoy, la mayoría de los países en desarrollo han estado creciendo rápidamente. Sin embargo, esto no ha disminuido la presión para reducir la enorme brecha en materia de ingresos entre los países en desarrollo y los desarrollados que ha configurado los debates globales durante más de medio siglo.
Las desigualdades internacionales, que ya eran considerables hace tres décadas, han seguido empeorando. La característica más preocupante de esta tendencia es el elevado número de “colapsos del crecimiento” de las últimas décadas del siglo XX, cuando sólo unas cuantas economías en desarrollo (Asia oriental, la India) pudieron sostener tasas de crecimiento altas.
Pero hay otra divergencia en los ingresos internacionales que exige nuestra atención. Desde 1980 el mundo ha sido testigo de una creciente brecha en los ingresos entre los países en desarrollo. Como lo subraya un reciente informe de las Naciones Unidas, el Estudio Económico y Social Mundial 2006 , de esta “divergencia dual” se derivan cuatro lecciones claves para el crecimiento económico en el mundo en desarrollo.
En primer lugar, el éxito y el fracaso de los países en alcanzar un crecimiento económico sostenido parecen concentrarse en el tiempo y el espacio. Esto significa que el crecimiento de países en desarrollo individuales no depende solamente de sus políticas económicas internas –que han sido el centro de los debates sobre el desarrollo económico en décadas recientes. También depende de factores que están más allá del control de los países: las condiciones económicas globales y los climas económicos regionales. De hecho, la reciente expansión en el mundo en desarrollo demuestra precisamente eso.
En segundo lugar, mientras la capacidad para ampliar la frontera tecnológica es el elemento crucial para el crecimiento de los países industrializados, en los países en desarrollo lo que importa es la transformación dinámica de las estructuras productivas y de exportación, particularmente mediante la transferencia de recursos hacia actividades con mayores niveles de productividad. La clave para lograrlo es la capacidad de diversificar la producción interna generando nuevas actividades, reforzando los vínculos económicos dentro del país y creando nuevas capacidades tecnológicas nacionales.
El desarrollo de la industria manufacturera y de los servicios modernos es crítico para que la diversificación tenga éxito. Por el contrario, la desindustrialización y la concentración del crecimiento en servicios informales es una receta segura para el fracaso, como lo han demostrado las tristes experiencias de muchos países en desarrollo en décadas recientes.
La forma de integración a los mercados mundiales también juega un papel central en la diversificación económica. Los países que se integran a los mercados mundiales dinámicos de manufacturas y servicios tienen un mejor desempeño que los que se especializan en sectores intensivos en recursos naturales.
Pero las exportaciones no son el único factor clave: aún más importantes son los vínculos del sector exportador con otros sectores internos. La simple extracción de recursos minerales, así como las manufacturas tipo maquila –comunes en México y América Central—generan poca demanda adicional para las industrias internas y por lo tanto sólo tienen efectos limitados sobre el crecimiento. De esta manera, una estrategia de exportación exitosa no sólo depende de cuánto exportan los países, sino de qué exportan y cómo se integran sus sectores exportadores con otras actividades económicas internas.
Esto también es cierto en lo que se refiere a la inversión extranjera directa (IED). Los países que más se benefician de la IED son aquéllos cuyas empresas e instituciones nacionales también ganan, y por lo tanto, aquéllos que tienen la capacidad de absorción necesaria.
En tercer lugar, la estabilidad macroeconómica, la inversión y el crecimiento se refuerzan mutuamente. Pero conservar la estabilidad supone no sólo mantener una inflación baja, sino también, y de manera crucial, evitar grandes oscilaciones en la actividad económica, desequilibrios externos y crisis financieras. Esto explica por qué, en un mundo en el que los países en desarrollo se enfrentan a crecientes conmociones provenientes del exterior, las políticas macroeconómicas destinadas a suavizar el ciclo económico (es decir, las políticas macroeconómicas anticíclicas ) juegan un papel vital en el crecimiento económico.
Sin embargo, en décadas recientes la política macroeconómica de la mayoría de los países en desarrollo se ha vuelto más procíclica , lo que ha exacerbado en gran medida la volatilidad que proviene de los mercados financieros internacionales y de las fluctuaciones de los precios de los productos básicos. Los ajustes fiscales procíclicos tienden a reforzar una orientación cortoplacista de la política económica, que limita las inversiones a largo plazo en infraestructura y capital humano y, por lo tanto, restringe el crecimiento.
Se puede crear más espacio fiscal mejorando la gobernabilidad y fortaleciendo la base impositiva y, en el caso de los países más pobres, obteniendo asistencia oficial para el desarrollo (AOD) adicional y estable, canalizada a través de los presupuestos nacionales. En efecto, cuando la AOD no está determinada por intereses geopolíticos, ésta tiene un fuerte efecto positivo sobre el crecimiento a largo plazo, esencialmente porque apoya la inversión en infraestructura y desarrollo humano.
Por último, las reformas institucionales comprenden más que la creación de mercados y la garantía de los derechos de propiedad. También incluyen la creación del marco normativo e institucional que los mercados requieren para su buen funcionamiento, el suministro de los bienes públicos necesarios y la garantía de equidad de las normas. Sin embargo, las reformas institucionales de choque tienden a generar más daños que beneficios. Por el contrario, los cambios institucionales pequeños y graduales pueden tener un impacto poderoso sobre el crecimiento, si se perciben como el inicio creíble de una reforma más profunda.
Entonces, ¿qué se requiere para empezar a cerrar la brecha internacional en materia de ingresos sin afectar las perspectivas de desarrollo a nivel global? Necesitamos mantener una economía mundial estable, que crezca de manera dinámica, y normas internacionales de comercio que favorezcan verdaderamente el desarrollo –la gran expectativa (hasta ahora frustrada) de las negociaciones comerciales actuales. Esto se debería complementar con la creación de “capacidades de oferta” en los países en desarrollo, lo que requiere políticas productivas y comerciales que impulsen la transformación estructural.
También debemos abrir más espacio para políticas macroeconómicas anticíclicas y abordar la estabilidad de precios como una meta intermedia en el camino hacia el crecimiento económico y la creación de empleo, más que como un objetivo en sí mismo. Necesitamos asegurar niveles sostenidos de gasto público para que se lleven a cabo las inversiones en infraestructura y capital humano necesarias y aumentar la AOD canalizada a través de los presupuestos de los países pobres.
Por último, aunque no por ello menos importante, debemos promover reformas institucionales graduales, diseñadas internamente y específicas para cada país.
Al seguir un programa agresivo pero flexible para el desarrollo interno, facilitado por la cooperación internacional y por normas que garanticen un “espacio de políticas” adecuado para los países en desarrollo, podemos reducir la desigualdad global de los ingresos. Si tenemos cuidado con la brecha, podremos dar el salto hacia una mejor forma de globalización que sea más incluyente.


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