Slobodan Milosevic engañó a la justicia y con ello demostró la futilidad de intentar abordar los crímenes de guerra y los crímenes contra la Humanidad mediante juicios internacionales. Ésa es al menos la conclusión a la que algunos han llegado después de la muerte de Milosevic en una cárcel de La Haya: se considera que el hecho de que consiguiera prolongar su juicio durante cuatro años y, aun así, librarse de un veredicto es una prueba de que la comunidad internacional está derrochando recursos al someter a juicio a esas personas por sus fechorías.
Incluso los más convencidos partidarios de la justicia internacional reconocen que el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPYAY) ha tenido muchas deficiencias. Todos cuantos han tenido relación con él participaban por primera vez en semejantes juicios y tuvieron que aprender mientras desempeñaban sus funciones, pues no había habido órganos semejantes desde los tribunales de Nuremberg y Tokyo después de la segunda guerra mundial.
Además, los órganos posteriores a la segunda guerra mundial eran tribunales en los que los vencedores de la guerra juzgaron a los vencidos y los procesados ya estaban detenidos. En cambio, el TPIAY carece de atribuciones propias para detener a los acusados. Debe recurrir a la persuasión para conseguir la cooperación de otros... que se le está denegando en el caso de los dos acusados más tristemente famosos de la guerra de Bosnia: Radovan Karadzic y Ratko Mladic.
Hasta que Tony Blair y Robin Cook pasaron a ser Primer Ministro y ministro de Asuntos Exteriores, respectivamente, del Reino Unido en 1997, cuatro años después de la creación del TPIAY, las tropas de la OTAN en Bosnia no lograron detener a sospechosos acusados ni siquiera cuando se toparon con ellos. Naturalmente, ahora 133 acusados de todos los bandos de las guerras de la Antigua Yugoslavia han comparecido ante el Tribunal, acusados de crímenes de guerra, crímenes contra la Humanidad e incluso genocidio.
Se trata de causas muy complejas, que con frecuencia entrañan no sólo cuestiones nuevas con arreglo al derecho internacional, sino también miles de testigos dispersos por muchos territorios y muchos de ellos traumatizados por sus sufrimientos, la necesidad constante de traducciones simultáneas de gran calidad y tácticas perturbadoras por parte de algunos acusados. Aun así, han concluido los juicios de 85 de ellos, incluidas las apelaciones.
En su enjuiciamiento, el TPIAY ha sido un modelo de imparcialidad en todo momento. Las montañas de pruebas que figuran en sus archivos hacen que los horrendos crímenes cometidos en las guerras en la Antigua Yugoslavia comparables por la amplitud de su documentación a los de los nazis. Los inevitables intentos por parte de demagogos de revisar la historia de lo sucedido en la Antigua Yugoslavia en el decenio de 1990 resultarán complicados gracias a la disponibilidad de esa documentación, incluidos los datos compilados durante el juicio a Milosevic.
Lejos de ser un fracaso, el TPYAY ha inspirado la creación de otros tribunales semejantes, incluidos los relativos a Ruanda, Sierra Leona, Camboya y el Tribunal Penal Internacional permanente. Ni siquiera Jefes de Estado se han librado de la actuación de esos órganos.
Milosevic, ex Presidente de Yugoslavia y después de Serbia, murió en la cárcel. Biljana Plavsic, Presidenta de la República Serbia de Bosnia después de Karadzic, expresó arrepentimiento por sus crímenes, se declaró culpable y está cumpliendo una sentencia de cárcel. Jean Kambanda, el Primer Ministro de Ruanda, se declaró culpable de crímenes contra la Humanidad y genocidio y está cumpliendo cadena perpetua en la cárcel.
Así, pues, estamos llegando poco a poco al punto en que algunos de los que acaricien la posibilidad de cometer crímenes como los de Slobodan Milosevic deben reconocer que un día se los podría considerar responsables. Charles Taylor era el Presidente de Liberia cuando el Tribunal para Sierra Leona lo procesó. Tuvo que huir de su país, lo que preparó el terreno para la transición democrática gracias a la cual ha habido la reciente elección de Ellen Johnson Sirleaf. Taylor sigue afrontando la perspectiva de un juicio y otro antiguo dictador, Sadam Husein, es juzgado ahora por un tribunal nacional en el Iraq.
La persistencia por la senda de la justicia internacional seguirá requiriendo recursos importantes. Pese a ser cuantiosos, los costos son insignificantes en comparación con el gasto en ayuda humanitaria, intervención militar internacional y asistencia para la reconstrucción. Naturalmente, lo más importante es la necesidad de prevenir el sufrimiento causado por los crímenes que acaban en procesamientos internacionales y, cuando no se puedan prevenir esos crímenes, debemos dar algún consuelo y reparación a las víctimas y a sus familias haciendo justicia.
Naturalmente, el lento y tortuoso proceso de la justicia internacional resulta con frecuencia frustrante para las víctimas, pero sería peor que los responsables de grandes crímenes salieran bien librados, como con demasiada frecuencia ocurrió en el pasado. Después de la muerte de Milosevic, se debe llevar ante el TPIAY a Karadzic y Mladic para reforzar la labor de aquél y demostrar a las víctimas de estos últimos que la comunidad internacional está decidida a no permitir que se olvide su sufrimiento. La misión del TPIAY es tan válida y tan decisiva como siempre: demostrar que la era de la impunidad para algunos de los peores crímenes de la Humanidad toca a su fin.


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