Mucha gente en todo el mundo está permitiéndose lo que los alemanes llaman "schadenfreunde": placer ante el sufrimiento de los demás. El placer parece derivarse del sufrimiento que está soportando Estados Unidos tras cuatro años de esfuerzos por estabilizar Iraq.
En un nivel, esa reacción es predecible. No es nuevo el resentimiento ante los ricos y poderosos. Sin embargo, en los últimos años EE.UU. lo ha agravado por lo que ha hecho y el modo como lo ha hecho.
Para algunos, fue la decisión de ir a la guerra en Iraq; para otros, fue Guantánamo y la percepción de que la justicia estadounidense tiene un doble estándar. Para otros más, fue la falta de un esfuerzo sostenido por hacer que israelíes y palestinos logren un acuerdo de paz, o por la oposición estadounidense al Tribunal Penal Internacional y al Protocolo de Kyoto sobre el cambio climático. El resultado es que el sentimiento antiestadounidense ha crecido, tanto en alcance como en intensidad.
Aún así, cualquier insatisfacción con los problemas que Estados Unidos sufre en Iraq es miope, y es seguro que tendrá una breve duración.
Todo gobierno del mundo tiene que perder o ganar con el futuro de Iraq y la estabilidad en el Oriente Próximo. El terrorismo que crece en Iraq no se quedará allí. Los hombres y mujeres que aprenden a detonar bombas en las calles de Bagdad exportarán sus “artes” a otros puntos de la región, y más allá de ella.
Los terroristas que han probado el sabor del éxito en Iraq estimularán cada vez más a que otros lo intenten. Las expresiones de antiamericanismo no darán protección ni inmunidad a los gobiernos o personas que por buenas razones no estén preparados para apoyar los objetivos radicales de los terroristas.
La guerra en Iraq no sólo exacerbará las fricciones entre la minoría sunita y la mayoría chiíta, las que bien pueden replicarse en otras áreas donde estos grupos conviven estrechamente. Incluso si no es así, la huida de millones de refugiados sunitas debilitará las bases de los estados vecinos, incluida Jordania. Las luchas permanentes en Iraq también podrían llevar a una guerra regional. Por ejemplo, Turquía tiene toda la intención de atacar el enclave kurdo en el norte de Iraq.
También es posible que la resistencia a los esfuerzos iraníes de dominar Iraq conduzca a un conflicto más generalizado que arrastre a Arabia Saudita, Egipto y otros países, y que amenazaría el vital flujo de petróleo desde Oriente Próximo al resto del mundo.
Incluso sin un conflicto de este tipo, lo que sucede en Iraq afectará el precio del petróleo. Iraq está produciendo petróleo a niveles menores de los que producía bajo Saddam Hussein, y tiene el potencial de doblar o hasta triplicar su producción. Hacerlo exigiría una inversión significativa, lo que a su vez exigiría confianza internacional en la estabilidad futura del país.
Sin esa confianza, la producción de petróleo de Iraq no se acercará a su potencial, lo que no hará más que aumentar la brecha entre la oferta y la demanda globales. El petróleo caro es un impuesto sobre los pobres en los países en desarrollo y una fuente de inflación para los países desarrollados. También proporciona recursos a gobiernos que, en muchos casos, promueven políticas exteriores contrarias a los intereses de la mayoría de los demás países.
Al resto del mundo le afecta el resultado de EE.UU. en Iraq. Hay un peligro real de que la percepción generalizada de que se fracasó en Iraq produzca un grave debilitamiento del apoyo político interno en Estados Unidos para que el país juegue un papel internacional activo, en particular en los difíciles pero necesarios despliegues de fuerzas militares.
Probablemente, la alternativa a un mundo moldeado por un EE.UU. fuerte, confiado e involucrado no será uno pacífico, próspero y libre. En términos estratégicos, ningún otro país ni grupo de países tiene la capacidad de reemplazarlo. La alternativa a un orden global encabezado por Estados Unidos es el desorden, en el que el terrorismo, la proliferación nuclear y el proteccionismo económico serían cada vez más la norma.
Esto sugiere, primero, que los gobiernos deberían evitar hacer comentarios públicos describiendo la presencia estadounidense como una ocupación o como carente de legitimidad, a menos que deseen que aumenten las probabilidades de que EE.UU. se retire de Iraq por completo y deje al país y a su pueblo abandonados a un terrible destino.
En segundo lugar, los países deberían apoyar al gobierno iraquí, a pesar de sus insuficiencias. Esto significa ampliar el reconocimiento diplomático, incluyendo la apertura y mantenimiento de embajadas, además de proporcionar ayuda financiera, desde la condonación de deudas a inversiones, préstamos y otras formas de ayuda. También existe un imperativo moral y práctico por prestar ayuda a los refugiados y otros desplazados internos.
En tercer lugar, se hace necesario detener el terrorismo, haciendo todo lo posible por parar la infiltración de terroristas a Iraq y reconsiderando el apoyo a las milicias. Ninguno de los vecinos de Iraq, incluido Irán, se beneficiaría con que un conflicto sectario escalara a una guerra regional.
Finalmente, los gobiernos deberían considerar contribuir con tropas para ayudar a establecer el orden, entrenar a la policía y al ejército iraquíes y ayudar a que Iraq proteja sus fronteras. A medida que EE.UU. inevitablemente reduzca su papel, otros deben estar preparados para dar un paso al frente con el fin de evitar que el gobierno iraquí caiga e Iraq fracase como estado.
La realidad es que el futuro de Iraq no está garantizado, incluso si se adoptan medidas similares. Aún así, hay una gran diferencia entre un Iraq que lucha y otro que se derrumba, entre un Iraq que contribuye a la seguridad energética global en lugar de socavarla, entre una guerra civil y una guerra regional. Puede que sea demasiado tarde como para que EE.UU. tenga éxito en Iraq, pero no lo es para que otros hagan crecer las posibilidades de que no fracase.


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