PALO ALTO – Dado que la economía global está sumergida en la recesión y la crisis financiera, los encargados del diseño de políticas en todas partes han iniciado una serie de respuestas monetarias, financieras y fiscales. No obstante, las economías se siguen contrayendo, el desempleo sigue aumentando y la riqueza sigue disminuyendo.
Las respuestas de política de los países han sido desde modestas hasta enormes. China ha puesto en marcha un paquete de estímulos del 6% del PIB orientado (principalmente) a la infraestructura; Estados Unidos ha promulgado un paquete de gasto y desgravación fiscal por 800 mil millones de dólares a lo largo de dos años. La Reserva Federal y El Banco de Inglaterra rebajaron sus metas de tasas de interés a corto plazo casi a cero y están aplicando una "flexibilización cuantitativa" –es decir, una inyección continua de dinero.
A pesar de todo esto, quedan grandes reservas bancarias excedentes que no se destinan a los créditos. Durante la “década perdida” de Japón, el Banco de Japón compró principalmente bonos del gobierno japonés, mientras que la Reserva Federal está intentando reabrir los mercados secundarios a los créditos privados titulizados (que en Estados Unidos son tan importantes como los créditos bancarios), la compra de valores respaldados por hipotecas y los créditos al consumo y a las empresas, así como los bonos de la Tesorería estadounidense. El Banco de Inglaterra está comprando bonos del gobierno del Reino Unido (papel del Estado). El Banco Central Europeo ha respondido con más lentitud, lo que refleja su preocupación de desencadenar una fuerte inflación.
El gobierno estadounidense ahora está asegurando, prestando y gastando más de 10 billones de dólares en operaciones que van desde garantizar los fondos del mercado monetario hasta las líneas de swaps de la Reserva Federal para apoyar a los bancos centrales extranjeros, pasando por el rescate de AIG. En otras economías importantes ha habido garantías y rescates bancarios análogos (el BCE no desempeña ese papel en Europa; lo hacen los gobiernos nacionales).
La respuesta fiscal –recortes de impuestos y aumento del gasto—ha variado considerablemente y ha sido algo más tibia en Europa, reacia a la deuda, que en Estados Unidos y China. Estados Unidos intimida a Europa para que dé más estímulos fiscales, mientras que los europeos presionan a Estados Unidos para que haya una regulación financiera más coordinada a nivel mundial.
¿Funcionarán las tasas de interés cercanas a cero, los rescates del sector financiero y los estímulos fiscales? ¿Qué más podría hacerse?
En cuanto a las medidas fiscales, las evidencias empíricas indican que el 75 % del consumo se basa en perspectivas económicas a más largo plazo y no en el ingreso disponible a corto plazo. Así, los descuentos fiscales temporales se ahorran en gran medida, no se gastan. Tomar medidas dirigidas a las personas con problemas de liquidez, especialmente los desempleados, es un poco más efectivo y humano.
Algunos sostienen que el gasto en infraestructura crea un gran “multiplicador” keynesiano, un aumento mayor en los ingresos que el gasto inicial (los cálculos llegan hasta alrededor de 1.5 veces el aumento inicial en el gasto). Pero el gasto en infraestructura suele ser lento – y casi siempre está impulsado por consideraciones políticas localistas. El estímulo anual intensivo en infraestructura de 15-20 billones de yenes en Japón no impidió su década perdida. El gasto del gobierno estadounidense tampoco puso fin a la Gran Depresión (el desempleo era aún superior al 15% en 1939, diez años después del inicio de la depresión).
Un estímulo más efectivo aceleraría el gasto que de todas formas habrá que hacer. También se podrían recortar los impuestos para cambiar los cálculos marginales de las empresas sobre los despidos y de los consumidores sobre el gasto – por ejemplo, suspender durante un año el impuesto sobre las nóminas que pagan las empresas y los trabajadores o suspender en parte o por completo el impuesto sobre las ventas o el impuesto nacional al valor agregado. Incluso sería mejor hacer reducciones permanentes de las tasas y establecer controles sobre el gasto futuro.
Pero los gobiernos deben tener cuidado con los estímulos fiscales costosos. Es probable que rindan un margen escaso para el empleo y el ingreso por dólar gastado, mientras que el servicio de una gran deuda acumulada impedirá el crecimiento a largo plazo, ya sea obligando a realizar aumentos de impuestos sustanciales en el futuro o recortes importantes del gasto o forzando a los bancos centrales a provocar inflación. En efecto, a China le preocupa la seguridad de los bonos del Tesoro estadounidense que posee.
En teoría, una flexibilización cuantitativa suficiente implica inflación a futuro, pues motiva a los consumidores a adquirir artículos caros, como autos y aparatos electrodomésticos, ahora para evitar el aumento de los precios después. (En la práctica, es un experimento.) La inflación alta y en aumento crea grandes costos y es difícil de detener. Después de mitigar la desaceleración, los banqueros centrales deben retirar las grandes inyecciones de liquidez antes de que la inflación despegue, lo que es una maniobra complicada.
Lo importante, sin embargo, es que con políticas mejores se pueden atenuar las consecuencias económicas de esta terrible recesión. No saldremos pronto de este lío. A veces, tras las recesiones viene una recuperación sólida, pero la recuperación después de una crisis financiera siempre es muy dolorosa, traumática y requiere mucho tiempo.
Los economistas Ken Rogoff y Carmen Reinhart sostienen que las principales crisis financieras del siglo pasado duraron generalmente un lustro o más. En muchas de las crisis bancarias anteriores la peor parte la llevó un país o una región (Argentina, Japón, etc.). Esta vez, prácticamente todas las economías están padeciendo sustancialmente y la crisis bancaria es global. Los encargados del diseño de políticas seguirán utilizando todas las herramientas que encuentren a fin de solucionar el problema, pero llevará tiempo para que termine el proceso de desapalancamiento del boom.
En tiempos de problemas económicos serios, los encargados del diseño de políticas buscan soluciones desesperadamente y algunas personas pierden confianza en el sistema económico mismo. En efecto, durante la Gran Depresión de los años treinta, era común que los intelectuales de Occidente se convirtieran al comunismo y la planificación central era la panacea esperada. Algunos nunca regresaron de ese viaje intelectual, a pesar de la caída del comunismo.
Por supuesto, no hay argumentos para volver al socialismo y la planificación central. Cuando los gobiernos retiren las cuerdas de salvamento, necesitaremos un sistema financiero mejor regulado. Cualquier institución financiera que sea demasiado grande o que esté demasiado interconectada para fracasar o que pudiera estarlo pronto deberá estar estrechamente regulada y vigilada en lo que se refiere a los riesgos y la suficiencia del capital en tiempo real o deberá dividirse en empresas menores.
Mientras tanto, esperemos que los señores Bernanke, King, Trichet y los demás banqueros centrales del mundo apliquen políticas monetarias más o menos acertadas y que nuestros políticos no desperdicien enormes cantidades en estímulos fiscales ineficaces.


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