Pero para encontrar una solución no basta identificar las naciones que son capaces de alimentar al resto del mundo. Es cada vez más urgente que todas las naciones obtengan los medios para alimentarse a sí mismas. Esto significa que la agricultura debe convertirse en una prioridad internacional y que se debe ayudar a los países más pobres a proteger la seguridad e independencia de sus suministros de alimentos.
Ya hay países y organizaciones que se están movilizando. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación sostiene que el incremento de los precios de los alimentos podría conducir a un aumento de los conflictos globales. El Foro Económico Mundial de Davos califica a la inseguridad alimentaria como un riesgo importante para la humanidad. El Banco Mundial ha destacado enérgicamente la importancia de la agricultura para detonar el crecimiento económico y romper el ciclo de la pobreza. El Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, ha creado un grupo de trabajo para definir un plan de acción común y el Presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, ha propuesto una asociación mundial para los alimentos.
La asociación propuesta por Sarkozy tiene tres pilares. En primer lugar, un grupo internacional deberá redactar una estrategia mundial para la seguridad alimentaria. En segundo lugar, se debe encargar a una plataforma científica internacional que evalúe la situación de la agricultura en el mundo, que advierta sobre crisis que se avecinen y quizá que facilite a los gobiernos la adopción de herramientas políticas y estratégicas para abordar las crisis alimentarias. Por último, es necesario movilizar a la comunidad financiera internacional a pesar de sus problemas actuales.
La confiabilidad y la magnitud de la producción agropecuaria de la Unión Europea significan que puede y debe desempeñar el papel de reguladora de los mercados globales. Si Europa reduce su producción agrícola, el aumento de sus propias importaciones de alimentos contribuiría significativamente a un incremento mundial de los precios. Por ello es imperativo que los niveles de producción de alimentos de la UE se mantengan constantes –por el bien de los europeos y de los habitantes de los países más pobres del mundo.
Pero Europa no puede fortalecer su propia agricultura en detrimento de los menos afortunados. Por ello, la UE debe armonizar sus políticas con los países más pobres. Actualmente, los subsidios a la exportación y los pagos por concepto de apoyo representan menos del 1% del presupuesto agrícola europeo, y la UE se ha comprometido a eliminarlos cuando reciba compromisos recíprocos de los principales países exportadores de alimentos. Desde 2001, con la iniciativa “Todo menos armas”, todos los productos de los países pobres –salvo las armas y municiones—pueden entrar al mercado único de la UE libres de impuestos. Con ello, la UE se ha convertido en el principal mercado para los productos de los países más pobres.
La UE también está desarrollando formas de responder a los nuevos desafíos globales mediante cambios a su Política Agrícola Común. Esto se reflejó en la decisión de suspender la regla de la “reserva” que exige que una proporción de las tierras agrícolas permanezcan ociosas. Ahora la UE se está preparando para aumentar progresivamente las cuotas de productos lácteos y está evaluando el impacto en los mercados mundiales de sus decisiones sobre los biocombustibles.
Pero Europa se debe concentrar en promover el desarrollo de la agricultura local. Esa es la única manera de lograr una mayor seguridad alimentaria a nivel mundial y de reducir la pobreza. También permitirá asegurar que los elevados precios actuales de los productos agrícolas se conviertan en oportunidades para los agricultores pobres. Esto es vital porque, según el Banco Mundial, el crecimiento en el sector agropecuario elimina la pobreza dos veces más que el crecimiento en cualquier otro sector de la economía. En efecto, la agricultura sigue siendo el principal sector productivo en los países más pobres del mundo, donde da empleos al 65% de la población activa y contribuye en promedio con más del 25% del PIB.
Pero en los últimos 20 años, el apoyo al desarrollo de la agricultura ha disminuido. Sólo el 4% de la asistencia pública al desarrollo se dedica actualmente al sector. Por lo tanto, la Comisión Europea y los Estados miembros de la UE están planeando aumentar la asistencia tanto mediante el Fondo Europeo de Desarrollo como con el diseño de nuevas fuentes de apoyo financiero.
Una mayor liberalización del comercio agropecuario no garantizará la seguridad alimentaria. Ante la naturaleza errática de los mercados agrícolas, se necesita reglamentación para mitigar el impacto de la volatilidad de los precios de los alimentos en los países más pobres. Esto no significa que haya que adoptar el proteccionismo, sino que tal vez sea necesario de vez en cuando tener en cuenta los factores específicos que afectan al comercio agropecuario internacional –clima, volatilidad de los precios y riesgos de salud.
Pero en un mundo donde los diferenciales de productividad pueden ser hasta de uno a mil, sería imprudente depender sólo de los mercados para permitir la expansión de las economías de los países más pobres. Tampoco es probable que la competencia entre los distribuidores multinacionales de alimentos y los productores de los países donde el hambre acecha genere mucho crecimiento económico.
En cambio, es mucho más probable que la combinación de las técnicas externas con los conocimientos locales de la geografía y las limitantes ambientales y económicas a fin de distribuir los riesgos y compartir la gestión de los recursos y los proyectos ayude a los países pobres a lograr la independencia alimentaria. Ese fue el enfoque que en menos de 20 años permitió a la Europa de la posguerra alcanzar la soberanía alimentaria. Los países que han protegido su desarrollo agrícola de las amenazas que representan los mercados internacionales –como la India o Vietnam—han logrado reducciones sustanciales de la pobreza agrícola.
También ha llegado la hora de dar prioridad a la agricultura para asegurar un crecimiento con un rostro más humano. En el corazón de la UE, Francia desea desempeñar su papel en un esfuerzo colectivo que se está convirtiendo rápidamente en un tema de la mayor importancia para todos nosotros.


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