Friday, July 25, 2014
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Poner fin al silencio sobre Chechenia

Resulta extraordinariamente difícil para un observador sincero atravesar las puertas cerradas que separan a Chechenia del resto del mundo. De hecho, nadie sabe siquiera cuántas víctimas civiles ha habido en ese país en los diez años de guerra.

Según cálculos de las organizaciones no gubernamentales, la cifra asciende a entre 100.000 (es decir, un civil de cada diez) y 300.000 (uno de cada cuatro). ¿Cuántos votantes participaron en las elecciones celebradas en noviembre de 2005? Entre 60 por ciento y 80 por ciento, según las autoridades rusas; en torno al 20 por ciento, calculan observadores independientes. El bloqueo informativo impuesto a propósito de Chechenia impide hacer evaluación precisa alguna de los devastadores efectos de un conflicto despiadado.

Pero la censura no puede ocultar completamente el horror. Ante los propios ojos del mundo, una capital –Grozny, con 400.000 habitantes- ha sido arrasada por primera vez desde el castigo infligido por Hitler a Varsovia en 1944. No se puede calificar verosímilmente de "antiterrorismo" semejante inhumanidad, como insiste el Presidente ruso Vladimir Putin. La dirección del ejército ruso afirma estar luchando contra una banda de entre 700 y 2.000 combatientes. ¿Qué se habría dicho si el Gobierno británico hubiera bombardeado Belfast o el Gobierno español hubiese bombardeado Bilbao, con el pretexto de aplastar al IRA o a la ETA?

Y, sin embargo, el mundo sigue guardando silencio ante el saqueo de Grozny y otras ciudades y pueblos chechenos. ¿Tienen las mujeres, los niños y todos los civiles chechenos menos derecho a ser respetados que el resto de la Humanidad? ¿Se los sigue considerando humanos? Nada puede excusar la aparente indiferencia mostrada por nuestro silencio a escala mundial.

En Chechenia, nuestra moralidad básica está en juego. ¿Debe aceptar el mundo la violación de muchachas raptadas por las fuerzas ocupantes o sus milicias? ¿Debemos tolerar el asesinato de niños y el rapto de muchachos para ser torturados, destrozados y vendidos otra vez a sus familias, vivos o muertos? ¿Y qué decir de los campos de "filtración" o la "leña humana"? ¿Y de las aldeas exterminadas para dar ejemplo? Algunas ONG y algunos valerosos reporteros rusos y occidentales han presenciado innumerables crímenes. Así, pues, no podemos decir que "no sabíamos".

De hecho, el principio fundamental de las democracias y los Estados civilizados está en juego en Chechenia: el derecho a la vida de los civiles, incluida la protección de personas inocentes, viudas y huérfanos. Los acuerdos internacionales y la carta de las Naciones Unidas son tan vinculantes en Chechenia como en cualquier otro sitio. El derecho de las naciones a la autodeterminación no entraña el derecho de los gobernantes a liquidar a su población.

La lucha contra el terrorismo está también en juego. ¿Quién no ha comprendido aún que el ejército ruso está actuando en realidad como un grupo de bomberos pirómanos, al aventar los fuegos del terrorismo con su conducta? Después de diez años de represión en gran escala, el fuego, lejos de apagarse, está extendiéndose, cruzando fronteras, incendiando el Cáucaso septentrional y volviendo a los combatientes aún más feroces.

¿Cuánto tiempo más podemos seguir desconociendo que, al alzar el Coco del "terrorismo checheno", el Gobierno ruso está suprimiendo las libertades obtenidas cuando se desplomó el imperio soviético? La guerra de Chechenia enmascara y motiva a un tiempo el restablecimiento del poder centralizado en Rusia, al volver a someter al control estatal a los medios de comunicación, promulgar leyes contra las ONG y fortalecer la "línea vertical del poder", con lo que no deja instituciones ni autoridades capaces de poner en tela de juicio o contener al Kremlin. Parece que la guerra está ocultando un regreso a la autocracia.

Lamentablemente, en Chechenia ha habido guerras durante 300 años. En la época del zar fueron salvajes conflictos coloniales y casi genocidas en la de Stalin, quien deportó a toda la población chechena, la tercera parte de la cual pereció durante su traslado al Gulag.

Como rechazamos las operaciones coloniales y exterminadoras, como amamos la cultura rusa y creemos que Rusia puede florecer en un futuro democrático y como creemos que se debe condenar el terrorismo –ya sea de grupos sin Estado o de ejércitos estatales--, pedimos que se ponga fin al bloqueo informativo sobre la cuestión chechena. Debemos ayudar a las autoridades de Rusia a escapar de la trampa que se han preparado y en la que han caído, con lo que han puesto en peligro no sólo a los chechenos y a los rusos, sino también al mundo.

Sería trágico que, durante la cumbre del G8 que se celebrará en San Petersburgo (Rusia) en junio de 2006, se dejara de lado la cuestión chechena. Se debe hablar abiertamente de esa espantosa e inacabable guerra para que pueda acabar pacíficamente.

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