Exit from comment view mode. Click to hide this space
Email | Print

Abajo los derechos humanos

La relación entre las Naciones Unidas y el movimiento en pro de los derechos humanos siempre ha sido ambigua. Por una parte, la ideología de los derechos humanos –y se trata de una ideología, exactamente igual que lo fue el comunismo o lo es el neoliberalismo hoy- es profundamente legalista, pues debe su legitimidad a tratados y otros instrumentos internacionales y nacionales. Ente ellos figura, como primus inter pares, la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas formulada en 1948. El movimiento moderno en pro de los derechos humanos nació en las Naciones Unidas y en muchos sentidos nunca ha salido de ellas.

Por otra parte, las Naciones Unidas son, más que un apeadero en el camino hacia el gobierno mundial (independientemente de lo que se imaginan algunos extremistas conservadores en las Naciones Unidas), un púlpito excelente para la promulgación de los elevados ideales de los derechos humanos, la igualdad y la libertad económica y personal. De hecho, en su núcleo institucional las Naciones Unidas son un organismo intergubernamental cuyos funcionarios, desde el miembro más reciente de su personal hasta el Secretario General, están al servicio de la voluntad de sus Estados miembros... y, por encima de todo, de la de sus Estados miembros poderosos. A consecuencia de esa profunda contradicción entre ambición y mandato, con frecuencia las Naciones Unidas parecen impedir la consecución de las metas en materia de derechos humanos tanto como la propician.

Quienes lo duden deben recordar simplemente la renuencia de un Secretario General tras otro, desde U Thant hasta Kofi Annan, a reunirse –o, en algunos casos, a permitir incluso su entrada en la Sede de la Organización– a las víctimas de violaciones de derechos humanos que tuvieron la desgracia de nacer en países poderosos. Pese al compromiso intelectual de las Naciones Unidas con el adelanto de los derechos humanos, no se les ocurre desagradar a los chinos o los rusos recibiendo a activistas del Tíbet o de Chechenia.

Para ser justos, hay que decir que ningún Secretario General de las Naciones Unidas ha rendido un mayor homenaje a los ideales del movimiento en pro de los derechos humanos o ha intentado, al menos retóricamente, asociar a las Naciones Unidas con esos ideales, que Kofi Annan. Naturalmente, la retórica no es la realidad y las declaraciones de las Naciones Unidas con frecuencia han parecido muy alejadas de su práctica diaria, pero las palabras no carecen de consecuencias y no cabe duda de que los derechos humanos han ocupado un puesto más elevado en las deliberaciones internacionales durante el período en el que ha ocupado el cargo Annan que en ningún otro anterior. Además, la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la ex Presidenta de Irlanda Mary Robinson, nombrada por Annan, ha desempeñado un papel decisivo en la adopción por parte de muchos países en desarrollo del programa de derechos humanos, que antes se consideraba con frecuencia un pabellón de conveniencia para las injerencias occidentales.

Las personas cercanas a Annan dicen que esperaba intensificar esos éxitos durante la cumbre de las Naciones Unidas recientemente concluida. En marzo de este año, escribió que “la Organización [debe] tomarse la causa de los derechos humanos tan en serio como las de la seguridad y del desarrollo”. Entre sus propuestas principales figuraba la substitución de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, órgano que carece de un mecanismo para excluir ni siquiera a tristemente famosos violadores de los derechos humanos como Libia, Cuba o Zimbabwe y está muy desacreditado, por un nuevo Consejo de Derechos Humanos, en el que en teoría no se tolerarían esos casos vergonzosos.

Existe una coincidencia generalizada en considerar que la cumbre fue en gran medida un fracaso. El propio Annan lo reconoció en el discurso que pronunció en la inauguración de la sexagésima Asamblea General de las Naciones Unidas.

Hay muchas razones para considerarlo así. Hubo la decisión, adoptada en el último momento, del Gobierno de los Estados Unidos de presentar centenares de objeciones a la Declaración Final de la Cumbre, con lo que en la práctica ésta quedó reducida a una serie de trivialidades como mínimo común denominador. También hubo escepticismo entre los países en desarrollo sobre si un compromiso más firme de las Naciones Unidades con los derechos humanos era o no lo que Annan decía ser o si no era más bien un simple pabellón de conveniencia moral... o, peor aún, una justificación legal para la intervención militar occidental.

Se ha prestado mucha atención –y con motivo justificado– a las estratagemas de John Bolton, el diplomático ferozmente enemigo de las Naciones Unidas al que el Presidente Bush nombró recientemente embajador de los Estados Unidos ante la Organización. Pero lo que más bien se ha perdido en esos debates han sido las sinergias negativas entre un tercer mundo receloso de que las supuestas intervenciones humanitarias sean un renacer del colonialismo y el unilateralismo del Gobierno de los Estados Unidos, empeñado en aplicar el concepto de guerra preventiva a enemigos a los que equipara con los Estados que violan los derechos humanos.

En vista de que el Gobierno de Bush, como una y otra vez insisten sus funcionarios, situó la implantación de regímenes democráticos y orientados al respeto de los derechos humanos –por la fuerza, en caso necesario– en el centro de la política exterior de los Estados Unidos, quienes sólo ven imperialismo agresivo en las intervenciones de este país en el Afganistán y en el Iraq adoptan una actitud más escéptica para con  los derechos humanos. En cierto sentido, las Naciones Unidas, Annan y los activistas en pro de los derechos humanos, que tal vez hayan sido sus partidarios más sólidos, se encuentran atrapados entre dos fuegos.

Todo ello recuerda a una de las últimas películas del gran director de cine español Luis Buñuel. La secuencia final muestra a un grupo de guerrilleros españoles, durante la insurgencia contra Napoleón, al que conducen hasta una pared, donde va a ser ejecutado por un pelotón de fusilamiento. En cabeza de dicho pelotón va un soldado francés que adelanta la bandera tricolor. En ella figuran las grandes palabras: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Conducen a los guerrilleros hasta la pared y, en el preciso momento en que los soldados están llevándose el fusil al hombro, un insurgente grita: “¡Abajo la libertad!”. Parece que no hemos progresado demasiado.

Reprinting material from this Web site without written consent from Project Syndicate is a violation of international copyright law. To secure permission, please contact us.

Exit from comment view mode. Click to hide this space

Comments (0)

You need to login in order to leave a comment. If you do not yet have an account, please register.

Show comments of
close

The two commenting options explained

Watch a 1 minute video
to discover how you can comment on the entire article or a specific paragraph. The two images below also explain the two ways of commenting.

1) Entire article comment
Once logged in, simply click inside the comment box where it says "Enter text here." Enter and post your comment.

2) Paragraph comment
Please log in first. Then click to the left of the desired paragraph. Your cursor will automatically move to the comments box. Enter and post your comment.

Top Project Syndicate commentaries

Email this article

Your name is required.

Your email is required.


Your friend's name is required.

Your friend's email is required.


A message is required.