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Crimen y castigo, en versión de refugiados

El horrible asesinato de Giovanna Reggiani, ocurrido cerca de un campo de refugiados en el suburbio de Tor di Quinto en Roma, causó impacto tanto en Italia como en Rumania. El caso adquirió mayor importancia porque echa leña al fuego del fiero debate público que hoy existe -no sólo en Italia, sino en toda Europa- acerca del estado de los refugiados y los residentes extranjeros.

Algunos italianos respondieron violentamente; algunos políticos italianos y rumanos, ansiosos por ofrecer soluciones rápidas y severas, hicieron declaraciones escandalosas en las que resonaban los eslóganes xenofóbicos y totalitarios del pasado. Estamos encontrando, no sin ironía, un tipo de inversión grotesca del "orgullo nacional" que se ve cuando el estado se apropia de estrellas culturales y deportivas, presentándolas como parte del patrimonio colectivo.

Aunque el asesinato fue un crimen individual, abordar la tragedia de un crimen mediante medidas que se centran en toda una minoría es irresponsable y tendrá serias consecuencias morales y sociales, no sólo para quienes sean castigados injustamente sino también para los castigadores. Después de todo, ninguna minoría es homogénea, lo que quedó demostrado por el hecho de que la persona que alertó a la policía era compatriota del asesino y procedía al mismo campo de refugiados.

El castigo colectivo también significa no sólo un tipo de amnesia por parte de los italianos y rumanos acerca de lo que ocurrió bajo el fascismo, el nazismo y el comunismo, sino también de sus propias historias nacionales. Después de todo, los italianos migraron no sólo del sur al norte de Italia, sino también a otros países en busca de una mejor vida. Ellos también saben lo que es ser un refugiado, un exiliado, un extranjero.

Por su parte, Rumania no tiene un historial muy admirable en lo referido a su minoría romá, cuyas acciones y carencias siempre generan acusaciones pero nunca acciones reales por parte del estado para mejorar su situación. ¡La minoría romá apareció por primera vez en Rumania en el siglo 14, pero sólo en 1856 se abolió su esclavitud!

Hoy la sociedad rumana está enfrentando las consecuencias de décadas de terror y mentiras, de demagogia y pobreza que marcaron a varias generaciones. Estas heridas no se pueden curar instantáneamente. La caída del comunismo liberó una enorme cantidad de energía humana, pero eso comenzó con una cínica y estrafalaria transferencia de privilegios y recursos dentro de la vieja “nomenklatura”, y con una nueva y darwiniana lucha general por la supervivencia del más fuerte.

Aunque en toda Rumania el progreso económico es visible y ha surgido una renovación gradual de una conciencia cívica desde la llegada de la democracia, la farsa de vida política que hay en el país - a pesar de ser miembro de la Unión Europea- muestra los constantes que son sus malos y viejos hábitos de duplicidad, inconsistencia, fatalismo, inercia y corrupción. De hecho, la corrupción parece ser hoy el motor de la sociedad. Hoy en Rumania sigue habiendo grupos en desventaja y abandono que van siendo empujados a los sórdidos márgenes de la sociedad. En la población romá, de hecho, las cifras son de un 41% de trabajadores de temporada, un 33,5% de personas sin ninguna habilidad profesional y un 38,7% de analfabetos. No se trata sólo de un problema rumano, sino que se ha convertido en uno de toda Europa.

Nicolae Romulus Mailat, el joven de 25 años acusado del asesinato de Giovanna Reggianni, había sido internado a la edad de 14 años a una escuela para su reeducación. Más tarde fue condenado nuevamente por robo, pero fue perdonado un año antes de llegar a Italia.

¿Fue la pobreza la causa de sus delitos juveniles en Rumania y su crimen en Italia? En la gran novela Crimen y castigo , de Dostoievski, Raskolnikov se ve empujado a cometer su crimen no sólo por su nihilismo y rebeldía, sino también por pobreza. Su identidad social no es la misma que la de Mailat, su "entidad" espiritual es radicalmente diferente, pero su doble crimen no es menos abominable.

Por ahora, no hay razones para esperar que Mailat encuentre a través de su crimen un nuevo camino de salvación mediante el sufrimiento y la renovación espiritual. Pero quizás debamos escuchar nuevamente las palabras de uno de los interlocutores de Raskolnikov cuando habla de la “detestable Sodoma” en la que habita y dice que la pobreza no es un vicio, sino miseria. En la pobreza uno todavía mantiene un tipo de “sentimiento noble innato”, mientras que en la miseria el colapso moral es inherente y desastroso.

Mailat buscó escapar de su miseria en Rumania y su pasado en ese país, pero no podía imaginar que encontraría en un campo italiano de refugiados tanta miseria como antes; que la imagen en el espejo de su nueva vida cotidiana sería la de un asesino. La gente que conocía el temible barrio de Tor di Quinto donde fue asesinada Giovanna Reggianni tiene duras palabras acerca del abandono y la indiferencia del gobierno de la ciudad de Roma. Por supuesto, esta no es una excusa para este crimen ni cualquier otro, pero tampoco se puede pasar por alto.

Aunque no podemos esperar una reencarnación milagrosa del criminal Mailat, podemos y debemos pedir una radical revisión de la situación que enfrenta la gente marginada como él. Esta reconsideración la deben llevar a cabo no sólo los estados rumano e italiano, sino la comunidad romá en Rumania e Italia, además de la comunidad europea misma, puesto que el homicida es miembro de todas esas comunidades.

Hoy escuchamos voces exasperadas por la ampliación de la UE y las tensiones sociales que provocó. De hecho, el aumento de la migración es un hecho diario de nuestra modernidad centrífuga y global, pero no es un factor únicamente negativo. La libre circulación de personas no sólo significa más conflicto social y criminalidad, sino también una cohabitación gradual y beneficiosa que comenzó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial como un esfuerzo común por ayudar a los países derrotados y mejorar sus posibilidades de tener democracia y prosperidad.

Cuando visité Barcelona y Madrid el año pasado, me complació recibir noticias entusiastas acerca de la creciente comunidad rumana en esas ciudades. Algunos refugiados rumanos ya eran candidatos a las elecciones locales, y eran admirados por su trabajo duro y honestidad. Espero que esto ocurra en el futuro también en otros lugares, y no sólo con rumanos, sino con todas las personas preparadas para enfrentar las provocaciones de nuestro tiempo. Se trata de ejemplos no sólo de éxito individual, sino además de victorias para la comunidad.

Europa merece demostrar que es una comunidad real: una que es diversa, democrática, espiritual, libre y próspera.

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