Frontiers of Growth
El espejismo de los “empleos para la paz” en Irak
Keith Crane
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En momentos que las primeras avanzadas del “aumento” de tropas estadounidenses decidido por el Presidente Bush se adentran en Irak, adquiere relevancia otra pregunta acerca de la nueva política del presidente de EE.UU. para evitar una guerra civil abierta. ¿Puede el financiamiento estadounidense para reabrir empresas estatales iraquíes hacer que los jóvenes abandonen la insurgencia y las milicias sectarias? La idea suena lógica: un hombre con un buen trabajo que le permite construir una buena vida no querrá luchar contra los estadounidenses o sus connacionales iraquíes, ¿no es así?
Lamentablemente, es improbable que esa estrategia basada en la creación de empleos logre reducir la violencia. Las empresas estatales iraquíes fueron la piedra angular de la política económica de Saddam Hussein. Sin embargo, impulsadas por contratos militares, estas compañías estatales nunca estuvieron bien gestionadas ni fueron eficientes, tenían un gran exceso de personal y producían poco, en una imagen similar a las fallidas empresas estatales de la antigua Unión Soviética.
Más aún, aparte de los sectores petrolero y eléctrico, las empresas estatales en Irak nunca han sido empleadores de importancia. Por ejemplo, las cerca de 180 empresas del Ministerio de Industria y Minerales, que controla todas las compañías manufactureras estatales, nunca dieron empleo a mucho más de 100.000 personas en una nación de unos 27 millones de habitantes.
Los empleados de las empresas estatales todavía reciben cheques de paga, a pesar de que cerca de un tercio de sus lugares de trabajo han sido destruidos. Por ejemplo, el ingenio azucarero Sulaymaniyah fue bombardeado durante la guerra con Irán en los años 80, pero sus empleados han seguido recibiendo sus salarios desde entonces, a pesar de que aparentemente los únicos siguen trabajando allí son las ratas y las palomas.
De hecho, muchos empleados de empresas estatales muestran poco interés en regresar al trabajo. Cuando la Autoridad Provisional de la Coalición pidió a los empleados de la Compañía de Azufres Mishraq que regresaran a sus puestos en 2004, algunos de los trabajadores quemaron azufre por un valor de $40 millones de dólares y destruyeron las instalaciones. Preferían que les pagaran sin trabajar.
Queda poco que resucitar en las empresas estatales. Un tercio de ellas están dañadas más allá de cualquier posible reparación, otro tercio no tiene perspectiva alguna de llegar a ser rentables, y el resto son un montón variopinto y mal gestionado de plantas, de las cuales unas pocas podrían llegar a producir algo de valor, pero sólo con una gestión adecuada e incentivos. Intentar prolongar la agonía de estas empresas tremendamente ineficientes haría más pobres a los iraquíes, sin por ello reducir la violencia.
No obstante, desde la invasión de EE.UU. bajo el caos y el desorden de Irak ha ido creciendo un sector privado resistente y pertinaz que se ha beneficiado de los altos precios del petróleo y el carácter más liberal de las políticas económicas. Como resultado, los gastos del gobierno y los ingresos de los hogares han aumentado sustancialmente con respecto a los últimos años del régimen de Saddam Hussein.
A pesar de la violencia, también ha habido un aumento de la actividad comercial, ya que ahora los iraquíes tienen libertad para importar los equipos y bienes que necesitan para construir casas, administrar tiendas comerciales y manejar compañías de transporte. Si EE.UU. desea aumentar el empleo, debe intensificar los esfuerzos por trabajar con estas compañías iraquíes privadas para presentar ofertas en licitaciones de contratos. Las empresas estatales también deben poder hacerlo, pero sin favoritismos de ningún tipo.
El problema fundamental de Irak no son los empleos. A diferencia de las revoluciones mexicana, china o soviética, el descalabro económico no es el factor que impulsa el conflicto actual. Se trata de una lucha de poder, no por lograr justicia económica o una vida mejor. Las raíces son políticas, sectarias y personales. Las bombas suicidas y los escuadrones de la muerte no buscan menos horas laborales, salarios más altos ni mejores planes de jubilación.
Todos los indicadores económicos creíbles muestran una mejora en las perspectivas del empleo en Irak desde el fin de la invasión. Los salarios diarios de los trabajadores de Bagdad se han duplicado en los últimos tres años, lo cual difícilmente es una señal de aumento del desempleo.
El único examen decente del nivel de empleo en Irak, el Estudio de estándares de vida de 2004 en Irak , realizado por el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, midió un desempleo del 10,5%. Las estadísticas iraquíes, que definen el desempleo de manera más laxa, muestran un descenso de los índices desde cifras de alrededor de los 25 puntos porcentuales a entre un 10 y un 20% en los últimos dos años.
Muchos iraquíes jóvenes se unen a las milicias porque allí es donde está el dinero. Pueden ganar más merodeando con una pistola en sus manos que trabajando en la construcción o el comercio. Los partidarios de la insurgencia no vacilan en poner una bomba en la carretera a cambio de dinero adicional. En lugar de centrarse en un gran programa de estímulo del empleo, Estados Unidos podría aportar más a la paz en Irak si redujera el dinero que sale de las arcas del gobierno iraquí y las actividades de contrabando que financian las nóminas de los insurgentes y las milicias.
Entonces, ¿cómo debería gastarse el dinero de la ayuda extranjera para Irak?
Estados Unidos debe dedicar más fondos a programas para mejorar el cuerpo de policía. Actualmente, muchos policías destinan sus energías a presionar a los ciudadanos para que les paguen sobornos, y algunos hacen horas extra en los escuadrones de la muerte. En tanto los iraquíes enfrenten la amenaza de ser víctimas de robos, secuestros y asesinatos –particularmente por parte de quienes se supone que deberían protegerlos- buscarán seguridad en las bandas y milicias más cercanas a ellos.
La clave para mejorar las operaciones policiales es incluir más oficiales aliados y estadounidenses en el cuerpo de policía para entrenar y formar mediante tareas prácticas a los oficiales iraquíes. Además, pueden identificar los buenos elementos y distinguirlos de los que están corrompidos o que participan en escuadrones de la muerte o milicias sectarias. También sería útil disponer de más fondos para equipos, la mejora de las instalaciones y entrenamiento.
Al mismo tiempo, es fundamental dar financiamiento y apoyo para ayudar a que los tribunales y las prisiones iraquíes funcionen de manera más eficaz y de acuerdo con los estándares internacionales. Sin avances en esta área, tendrán pocos efectos las mejoras que se logren en la policía iraquí.
Arrojar más dinero a Irak no comprará la paz. Ya es uno de los países que más ayuda ha recibido en la historia de EE.UU. Sin embargo, una asistencia focalizada y diseñada para mejorar las operaciones de la policía y el gobierno iraquíes podría ayudar a reducir la violencia.
Keith Crane es economista senior de la RAND Corporation, una organización de investigación sin fines de lucro, y trabajó en Irak como asesor de la Autoridad Provisional de la Coalición en 2003.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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